Kamasi Washington y la batalla

Parte Dos

Por Eduardo Medina

 

La presencia del número tres en la obra de Kamasi Washington es recurrente: tres álbumes, tres personajes del dojo, tres protagonistas musicales: ensamble, coro, orquesta, etc. Pero centrémonos ahora en el ensamble, a su vez, compuesto por tres tríos: el trío straight jazz: Tony Austin en la batería de lado derecho; Cameron Graves en el piano; e Igmar Thomas en la trompeta. El trío funky: Brandon Coleman en teclados, Thundercat en bajo eléctrico; y Ronald Bruner en la batería de lado izquierdo. El trío central: Ryan Porter en el trombón; Leon Mobley en percusiones; y Miles Mosley en contrabajo. Y por supuesto Kamasi Washington al frente de todos en el saxo tenor.

Por extravagante que esta alineación pueda resultar, en The Epic es siempre efectiva. Los músicos, aunque algunos en el mismo instrumento, nunca se mezclan. Nunca se interponen o se estorban. Nunca, de hecho, están en el mismo lugar. Esta representación tripartita la encuentro recurrente también en otra figura del jazz: Ornette Coleman. Como sabemos, su teoría de las harmolodics era precisamente mezclar tres elementos musicales –armonía, melodía y movimiento– dentro de un mismo marco de referencia –un álbum, una pieza musical– sin que reinara el caos y procurando que dentro de esa interacción ascendiera hacia la superficie el alma del músico. El alma, en la teoría de Coleman, era la responsable de todo. The Epic en un sentido es una re visitación a las harmolodics: los músicos nunca se estorban precisamente porque sus almas son autónomas; su enfoque musical nunca es el mismo, por lo tanto nunca resultan antagónicas. The Epic parece un espacio en donde todo cabe, todas las voces tienen su lugar, y todas son necesarias.

Kamasi Washington. Foto Facebook.

Kamasi Washington. Foto Facebook.

“Change of the Guard” es el track que abre toda la obra. Es una pieza que tiene una fuerza, tonal, melódica, armónica, necesaria para ser un nuevo standard. El piano enmarca la instrumentación y las cuerdas hacen una presentación; una declaración de principios. El arreglo orquestal recuerda por momentos al Skies of America (1972) de Ornette Coleman, pero de forma más particular a Lord Of Lords (1972) de Alice Coltrane. Éste es de hecho un buen antecedente para entender el estilo de K. Washington, pues la intención del The Epic y del Lord of Lords es la misma: convocar a los espíritus para una elevación. “Change of the Guard” y “Askim” son, en este sentido, tracks que guardan una misma personalidad: la elevación del espíritu, el ascenso de la vibración y del alma. “Isabelle”, por otro lado, es un blues. Una lluvia. Una balada a lo Dexter Gordon. Para estas alturas del The Plan, volumen uno de la obra, ya podemos entrever la narrativa que va corriendo por debajo de la música: El Drama: el hombre enfrentado a sí mismo; La Épica: el hombre enfrentado a los otros. “Final Thought” con ese toque latino, un sabor a Fela Kuti y su Zombie (1976), nos muestra una poética: el hombre conectado a los elementos. En este track todo se desenvuelve, y los elementos musicales, cromáticos, mágicos, que se han venido armando, toman vida: se enfrentan al oyente y lo obligan a entregarse al juego musical. Encuentro muy poco probable que para estas alturas del álbum algún oyente permanezca indiferente. Todos los que lleguen hasta aquí ya tendrán alguna postura ante lo que están oyendo. Esta entrega y complicidad del espectador ante el objeto artístico crea una suerte de clímax que se libera en “The Next Step”. Aquí Kamasi Washington demuestra que es un pesado del saxofón, dibujando en los primeros minutos del track figuras otoñales y tersas que después constriñe, colisiona, en complicadísimas estructuras y geometrías. Aquí el estilo de su saxofón recuerda mucho a Something Else (1958) de Cannonball Adderley: la tesitura de la pieza es otoñal y fría como lo es aquel álbum. El coro, por su parte, funciona, no sólo como un acompañamiento, sino como un soporte, un diálogo. El coro responde a las vibraciones del saxofón, y lo acompaña en una travesía a veces enloquecida, de forma muy similar a como lo hizo Donald Byrd en su pieza “Noah” del I’m Tryin’ To Get Home (1965). Éste álbum, de hecho, nos da buena luz sobre el uso de la orquestación y coro, y nos puede ayudar a entender mejor The Epic y este track del que vengo hablando.

La pieza final del primer volumen, “The Rhythm Changes”, es la primera pieza vocal de la obra. Es una pieza fundamental y hermosa. Washington en lugar de escoger por la explosión musical, por la desmesura, opta, una vez más, por la espiritualidad; por un final que invita a la conexión, que recuerda a Nina Simone en “Ain’t Got No… I Got Life”, y a George Harrison en “Here Comes The Sun” o “All Things Must Pass”. Aquí, Patrice Quinn, nombra lo que poseemos, y como si la voz fuera la de una madre-diosa, se entrega y promete:

Our minds, our bodies, our feelings

They change, they alter, they leave us

Somehow, no matter what happens

I’m here

The time, the season, the weather

The song, the music, the rhythm

It seems, no matter what happens

I’m here 

Ya en este volumen, y posteriormente en los otros, encontramos que en The Epic trabaja una narrativa. Que hay algo contándose dentro de las piezas musicales, algo que está misteriosamente funcionado además de los sonidos, por debajo de ellos. Count Basie es otro referente para entender y explicar este fenómeno. Las piezas que componen su Basie Meets Bond (1966) tienen la misma fuerza y el mismo suspenso que sostiene The Epic. Allá, como aquí, la intención del ensamble, de la orquestación, es mover a los espectadores para que hagan lo que su nombre les indica: tengan una reacción, hagan una lectura, esperen algo de la obra. Como en la teoría literaria, hay también en la música un horizonte de expectativas, una forma de leer la música y un límite en esa lectura. Kamasi Washington, como otros literatos de vanguardia, rompe con ese horizonte y les entrega a sus lectores, a sus escuchas, una forma enriquecida de música. El gancho de The Epic es precisamente esa ruptura. Ese algo más; elemento plus ultra, que dota a la obra de una aparente novedad y de una profunda originalidad (que han logrado otros, sin embargo). The Epic funciona en este sentido como un cómic vacío, en blanco, sobre el cual nosotros vertimos nuestra imaginación, historias nuevas, historias que ya traíamos dentro, y se nos cuentan, se nos revelan. En el molde, no obstante, impera el tema de la elevación.

La parentela que sostiene The Epic con el spiritual jazz (responsabilidad en buena medida de Ornette Coleman y sus harmolodics) no es, pues, tangencial, ni sólo una etiqueta. En el volumen dos de la obra, The Glorious Tale nos encontramos con un track que ofrece buena luz al respecto: “Seven Prayers”. Un track profunda y estimulantemente luminoso: la crónica de un nacimiento. Vemos, aquí, además, que el estilo particular del saxo de Kamasi no es sólo una exaltación: es un auténtico canto de cisne, un torcerle el cuello al cisne, y un llanto. Un trompetista polaco, Tomasz Stánko, en su debut como solista Music for K (1970), presenta una pieza monumental que nos ayuda a entender el estilo individual de Kamasi. Su pieza, “Cry”, es también la crónica de un nacimiento, el lloro del recién nacido. Pero aquí en “Seven Prayers” el nacimiento es luminoso, es un nacimiento rodeado de amor. Esta pieza es el estilo de Kamasi Washington en su totalidad, en su máxima expresión. Los gritos de cisne presentes en otros tracks, sus plegarias, aquí se responden; y funciona así “Seven Prayers” como el centro de gravedad de la obra entera, su ombligo; prueba de que aspira a llevar a sus escuchas, a sus lectores, a una forma de renacimiento, de purificación.

El spiritual jazz aspiró a hacer lo mismo (el movimiento hippie en Estados Unidos encontró sendas antorchas en estas músicas): estallar la conciencia; la victoria de Dionisio. Una pieza del género, Spiritual Unity (1964), de Albert Ayler, nos puede ayudar a entender el estilo de Kamasi Washington y esta parte de la estética de The Epic.

Pero hemos de decir también que este volumen dos es un trago exquisito de agua para las secas gargantas del hard bop. Tanta locura, como orden y concierto hay en Kamasi Washington: la reclamación de Apolo. Tracks como “Miss Undestanding”, y la pieza fundamental “Re Run”, de este volumen, son claros ejemplos de ello. Son melodías tan perfectamente bien construidas, con un tema tan fuerte y tan fácil de cachar que no me queda ninguna duda de que serán nuevos standards. Lo profetizo: una larga fila de músicos pagará tributo a Kamasi en sus propios materiales con variaciones y reconstrucciones de estos dos temas. Una gloria de la ejecución. Si el volumen uno fue el plan, el primer boceto de la gran batalla, este volumen dos es la batalla. Una locura de notas y una delicia de la velocidad.

“Henrietta Our Hero”, es el segundo track vocal de la obra. Una vez más, una aspiración a la divinidad: la historia de una mujer sola en el amor, pero llena de poder, de justicia, cuya luz llega a nosotros. La canción finaliza rezando: “Can you see her? Her light is here”. Y para cerrar “The Magnificent Seven”, un guiño cinematográfico al cine de Kurosawa, la épica de los siete samuráis cierra con una explosión psicodélica de colores y de futurología a lo Sun Ra. El momento estelar es el de la batería, pero todos los instrumentos tienen su momento y cada momento añade a la imaginación, a la gran batalla: Apolo contra Dionisio; al duelo de los espíritus: hard bop (Art Blakey se oye por dentro y por fuera de la obra; escúchese Moanin’ [1958] de los Jazz Messengers y compárese con este track y dígame si miento) contra spiritual jazz, free jazz, todos ascendiendo en una locura de Kunf Fu, mientras nosotros, los espectadores, los residentes de la aldea, lo acontecemos. Pero no termina, algo queda suspenso en el aire…

 

>Eduardo Medina (Estado de México, 1989) es escritor y melómano, estudió la carrera de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Ha colaborado en diarios como El Universal y La Jornada; revistas impresas como Castálida de Literatura y Variopinto; y suplementos como La Cultura en México; también en revistas virtuales como Spleen Journal!, Letrina, y Registro. Ha obtenido menciones y premios en concursos como el Letras de mi primera vez (FCE/Tusquets) y Punto de Partida (UNAM). Publicó su primera novela bajo el título Half Light (Septiembre, 2013, Sediento Ediciones). Twitter: @lalitro211 

Autor: administrador

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