Una road movie a la mexicana

Por Raúl Olvera Mijares

 

Cobijado bajo la amplia y gruesa capa de fieltro de Guillermo del Toro y otros productores, Celso García (Ciudad de México, 1976) se anima a presentar La delgada línea amarilla (2016), una road movie o película de carretera, al igual que Güeros (Alonso Ruizpalacios, 2014), realizada en blanco y negro por cierto, una ópera prima que también se hizo acreedora a varios premios y nominaciones, o bien 600 Miles (2015) de Gabriel Ripstein. Hecho en China (Gabriel Guzmán Sánchez, 2012) constituye otra muestra nacional del género. Alfonso Cuarón despegaría su carrera internacional con Y tu mamá también (2001), otra película de carretera, sin negar el éxito nacional obtenido con Sólo con tu pareja (1991). Desde luego, hay una evolución que salta a la vista de la road movie de los cincuenta y sesenta, con ejemplos paradigmáticos como Rebel without a Cause (Nicholas Ray, 1955) con James Dean y The Wild One (László Benedek, 1953) con Marlon Brandon, cintas en que la violencia de toda una generación de jóvenes, que cobrara conciencia de su identidad tras la Segunda Guerra, se convierte en una búsqueda por encontrar la propia meta y afirmarse a sí mismos, más que nada a través de la violencia, lo estrafalario de la ropa, el estruendo de la música, el lenguaje soez y sin miramientos. La música es importante en una road movie.

Si se quieren buscar antecedentes remotos, You Only Live Once (1937), segunda película que dirigiera en América Fritz Lang, protagonizada por Henry Fonda y Sylvia Sidney, está basada en la historia de la famosa pareja de asaltabancos Bonnie y Clyde. Con este mismo tema seguirían Gun Crazy (Joseph H. Lewis, 1970), The Bonnie Parker Story (William Witney, 1958), y finalmente Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967). El tema de la fuga, especialmente emprendida en un auto, se remonta al cine negro, con criminales al volante. Incluso los estupefacientes han figurado como móvil de la huida como sucede en Easy Rider (Dennis Hopper, 1969), mezclándose siempre con nuevos estilos de vida. En la evolución subsiguiente de la road movie, la violencia será una nota frecuente como Mad Max (George Miller, 1979) y Faster, Pussycat! Kill! Kill! (Russ Meyer, 1965).

La delgada línea amarilla

Algunos han querido ver en la Bildungsroman germana la fuente remota de inspiración de estas cintas que, por otro lado cuentan con un precedente americanísimo manifiesto en la generación beat, con novelas como On the Road (1951) y Big Sur (1962) de Jack Kerouac. El aspecto que entroncaría con la novela de formación alemana sería la historia del protagonista, que es uno al principio y otro al final. El espectador más que atestiguar un viaje en el espacio o el tiempo constata la evolución interna de un personaje. Desde luego, hay tentativas abiertas y experimentales, que se quedan más en la contemplación o en la búsqueda individual de ciertos personajes, no tanto generacional como era a un principio, por parte de un grupo de jóvenes rebeldes o bien de motociclistas enfurecidos, con ejemplos tales como Paris, Texas (Wim Wenders, 1984) o bien Wild at Heart (David Lynch, 1990). Con todo, perdura la presencia de un hecho violento que empuja a los protagonistas al camino.

La violencia no es, sin embargo, conditio sine qua non de la road movie. Existe una corriente soft o moderada dentro del género, como Into the Wild (Sean Penn, 2007) y Little Miss Sunshine (Jonahtan Dayton y Valerie Faris, 2007), cintas en que de manera respectiva se explora la idea del moderno ermitaño, émulo de le bon sauvage de Rousseau, que decide dejar la vida cómoda en la civilización e irse a vivir en medio de la naturaleza, si bien lo hace en una deteriorada casa móvil, o la historia de una familia disfuncional y posmoderna, cuyo benjamín, una chica, pretende ganar un concurso de belleza que tendrá lugar en otro estado, motivo por el que toda la tribu (con Steven Carell) se trepa a una simpática combi amarilla y emprende el camino. Los ejemplos podrían multiplicarse, elemento indispensable es el viaje por carretera de preferencia en un vehículo, aunque hay cintas que una sola caminata larga y la evolución de un personaje bastaría para clasificarlas como road movies.

En La delgada línea amarilla hay drama, tensión, aunque no violencia gratuita. Ya el título evoca no sé por qué la expresión that thin yellow line en inglés. Ése es quizá el lado más flaco. El lado más fuerte, en cambio, es la historia, sencilla pero verosímil y, sobre todo, la actuación de los nombres más prominentes de la cinematografía mexicana, hoy por hoy. Para comenzar Toño (Damián Alcázar), es velador en un deshuesadero de autos a quien, por diversos descuidos y por costar demasiado su sueldo, se sustituye por un rottweiler. En su búsqueda de chamba acaba en una gasolinera donde se topa con un antiguo conocido, el ingeniero (Fernando Becerril), que le ofrece trabajo. La tarea es sencilla pintar la raya amarilla que sirve de señalamiento y separación entre ambos carriles por una distancia de 213 km en una parte del desértico estado de San Luis Potosí (digo también tienen la Huasteca, si bien esa región no aparece en la cinta). Para una road movie, baste recordar el ya citado ejemplo de Paris, Texas, hacía falta un espacio abierto, con llanuras, lomeríos, matorrales y naturalmente las letales curvas, situadas precisamente al final del tramo que tienen que cubrir.

La cuadrilla de trabajo, que mucho tiene de reparto shakespeariano por la calidad de los intérpretes, está integrada por un hombre mayor y algo cegatón Gabriel (Joaquín Cosío), un bajito barrigón, Atayde (Silverio Palacios), el algo amenazador y reservado Mario (Gustavo Sánchez Parra) y el jovial, despistado y buenazo de Pablo (Américo Hollander). El casting, es decir, el reparto quedó perfectamente estudiado e integrado por actores que de inmediato dan el personaje; todos, a excepción de Hollander, por su edad, con amplia experiencia en el trabajo de la pantalla mexicana. Tener presupuesto y un buen productor es algo indispensable para contar con un buen reparto. La inversión ha redituado, a causa de los premios obtenidos, y la cinta debería permanecer más tiempo en exhibición, sólo así podrían verla más espectadores. ¡Qué contraste con las producciones que tienen a las grandes televisoras comerciales detrás! Las salas están repletas. Las actuaciones son pésimas. Más que algo humano, semejan hologramas los actores y su desempeño.

Toño, amargado por perder a su mujer y no hallar a su hijo, quien huyó ante sus borracheras y su ausentismo del hogar, es el jefe de obra. Deberá enseñar a la cuadrilla a hacer el trabajo. Tendrá que mantener la disciplina. Una peripecia digna de mención ocurre cuando Mario, el ex presidiario sabremos más tarde, desaparece llevándose la camioneta Chevrolet de Toño. En carretilla deberán cargar los enseres necesarios. Eso no detiene al equipo de trabajo para completar la misión. Atayde trabajó de mozo en un circo y sabe cómo tratar a los animales. De hecho hasta una víbora de cascabel le toca quitarle de encima a Mario. No se mata al bicho, sólo se lo pone en libertad donde no haga daño. Don Toño odia a los perros y una hembra comienza a seguir a Pablo, el joven enamorado que, por oír música a todo volumen con los audífonos, pagará un precio considerable. De hecho el tema que oye con la noche estrellada es uno de los momentos más líricos del filme.

El final del recorrido, que lleva al espectador a contemplar esas estribaciones de la Sierra Madre Oriental, sus tierras rojas, sus cañadas y sus laderas rocosas, cambiará a todos los personajes. Don Toño, a pesar de que le ofrecen más trabajo en la construcción, lo rechaza. Quiere buscar a su hijo, que hace años emigró a Estados Unidos. Atayde volverá al lado de su mujer. Gabriel, con la paga de la obra, piensa costearse una operación de cataratas que lo pondrán de nueva cuenta al volante de un tráiler, el oficio que quiere hacer por toda la vida. Mario, acordándose de su jefecita, ya muerta, pero que se le aparece en la carretera, devuelve la camioneta y promete no robar. El único que hallará el amor de una joven muchacha, en una ex hacienda donde se guarecen de la lluvia, es Pablo, precisamente el personaje que también carga la nota trágica.

 

>Raúl Olvera Mijares (Saltillo, 1968) cursó estudios de filosofía en Monterrey y Liechtenstein. Autor de novelas, ensayos y textos breves. Ha publicado en La Jornada Semanal, La Tempestad, Tierra Adentro, Milenio, Cuadrivio, Axiomathes de la Universidad de Trento, Anuario Filosófico de la Universidad de Navarra, La Siega de la Universidad de Barcelona, Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana, La Palabra y el Hombre de la Universidad Veracruzana, Luvina de la Universidad de Guadalajara, Armas y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Puntos cardinales (Instituto Coahuilense de Cultura, 2003), Dramaturgia de Monterrey (Universidad de Durango, 2007) y Las influencias expuestas (Calygramma, 2013) se cuentan entre sus libros. En la actualidad se encuentra al frente de Lingua Franca, agencia de servicios lingüísticos y editoriales, especializada en la traducción de alemán, inglés, francés, italiano, polaco y portugués, así como la edición y revisión de textos en castellano.

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