True Detective 2 y sus haters

Por Iván Farías

 

Con casi la totalidad de los episodios al aire uno ya sabe qué pasa con True Detective en su segunda temporada. Es inevitable hablar de lo que pasó en la temporada pasada, debido a que creó un fenómeno de fandom poco experimentado por otras series. Si bien hay seguidores de “Breaking Bad”, “The Wire” o “The Sopranos”, nunca se había visto que un nutrido grupo de televidentes se brindaran tanto ante un programa de acceso restringido que, incluso, los llevó a hacer fan art, foros y libros en tiempo récord.

Vayamos en orden. La primera temporada de True Detective (TD1) era fácil de seguir porque recurría a dos de los clichés más requeridos del policiaco: el asesino serial y la pareja dispareja. Así que las legiones de neófitos que por primera vez se acercaban a una serie que se alejaba del formato L&O (La Ley y el Orden, CSI o Mentes Criminales) sentían que estaban viendo avangarde. Si a eso sumas las referencias medio culteranas de Carcosa y de Thomas Ligotti, , pues tenían un orgasmo. El éxito fue tal que Valdemar está haciendo sus agosto vendiendo volúmenes de “El rey de amarillo” a precios de oro. Y Zorro Rojo esquilmando a los fanáticos con el cuento ilustrado en pasta dura al mismo precio con lo que pagarías un trasplante de riñón. De esto no se quejan los fans. Desembolsan las millonadas sin soltar una maldición a estos rapiñeros editores.

En TD1, Martin Hart y Rustin “Rust” Cohle siguen paso por paso la estructura de una serie policiaca de buddies, es decir, se odian al principio pero acaban sellando sus amistad con fuego. Como sucede en todas las historias de este tipo, desde “Rush Hour” hasta “Starsky and Hutch”. Además de sumarle la tan conocida estructura de investigación “procesual”, otro de los grandes clichés del género y una de sus grandes glorias. En el “procesual” el detective va paso a paso siguiendo, al mismo tiempo que el público, los vericuetos de una investigación.

En esta segunda temporada Pizzolato se aleja de eso, decide cambiar de geografía, de clichés y guiños más de cine negro de los setenta y le quita el aura mística. Tal vez sea esto lo que más ruido le hizo a los recién estrenados fans del “noir”. Que no hay referencias culteranas y oscuras a escritores de culto.

Esta trama es más difícil de seguir porque son cuatro personajes que no acaban de estar bien delineados hasta el cuarto capítulo. Además se arriesga a contar otra cosa, utiliza actores de bajo perfil (Vince Vaughn) o con otro tipo de registro actoral (Rachel McAdams). Hace referencia a casos sonados de Los Ángeles que, si no eres norteamericano, desconoces. Si bien esta segunda temporada no está a la altura de la primera es una buena serie policiaca, superior a The Following, Crossing Lines y otras muchas con más reconocimiento.

Pero sus haters no ven eso. No entenderán que uno de los trasfondos es la masculinidad puesta en entredicho, que la paternidad disfuncional está todo el tiempo cuestionándose. Lo atestiguamos cuando el detective Ray Velcoro intenta ser un padre, a pesar de todo, para el que seguramente no es su hijo, ya que es producto de una violación. O cuando la detective Ani Bezzerides debe enfrentarse a su padre medio hippie, medio güevón, que puso todo a disposición para que ella fuera violada de niña. O el gánster Frank Semyon, que tuvo una problemática infancia gracias a su progenitor y que ahora se niega a tener hijos.

Tal vez se les ha ido este contexto porque los haters son adolescentes tardíos que pueden estar todo el tiempo destilando su odio en foros.

La TV británica y danesa desde hace tiempo han venido haciendo series policiacas de alta calidad como Luther, Hinterland, Forbrydelsen, Bron/Broen, entre muchas otras. Y la norteamericana ha dado grandes puntazos, como The Killing, que ha pasado con un mediano éxito en México. O simplemente son desconocidas para el gran público.

Seguramente, la tercera temporada de True Detective será mejor que esta, y Pizzolato, ya sin la presión del fandom, podrá seguir dando rienda suelta a sus obsesiones.

 

 

 

 

>Iván Farías (Ciudad de México, 1976) es narrador y crítico de cine. Ha publicado dos libros de cuentos y dos de ensayo. Con el libro Entropía se hizo acreedor al Premio Beatriz Espejo de cuento en el 2003 y fue considerado por el periódico Reforma como uno de los mejores de ese año. Ha sido antologado en El cuerpo remendadoLados B y Bella y Brutal Urbe. Ha publicado cuentos y artículos en diferentes revistas y periódicos de circulación nacional en México como Reforma, La Jornada, Complot, Replicante, Gótica, Generación y Playboy. Es articulista de La Jornada de Oriente y crítico de cine para Playboy.com.mx.

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