Sudor añejo y sardina

 

Encrucijada

Por Enrique Blanc*

 

Deambulaba por la ciudad. Así me gusta hacerlo cuando la noche gobierna y la gente se ha ido a dormir. Camino sin rumbo, mirando los edificios con escasa iluminación, las farolas parpadeando, los automóviles transitando por las avenidas. Me gustan los contrastes que hay entre la penumbra y los neones de ciertos clubes nocturnos. O el baño de luz de las gasolineras que abre de tajo la oscuridad. Hago de aquel paraje de claroscuros mi territorio predilecto. Y lo poseo.

Entré en aquel bar. No había estado allí desde hacía varios meses, desde que mi relación con Elena me había hecho que evadiera la calle y mis rondas nocturnas. Me gustaba más quedarme en casa, beber con ella y después meternos a la cama a coger hasta que nuestros cuerpos quedaran satisfechos. Pero eso ya había quedado atrás. Además, la suerte que siempre tiene guardada una coartada como un as bajo la manga me había hecho una jugarreta poniendo a Diana en mi camino. Ahora, de nueva cuenta, por ambas razones, zozobraba por la ciudad a altas horas de la noche.

Miré al hombre tras la barra y ordené un vodka con hielo. Él mencionó varias marcas. Yo repetí la última que dijo. Puso el vaso a mi alcance, lo levanté y bebí de un solo trago. Como si ya supiera qué pasaría a continuación el hombre se quedó frente a mí con la botella entre las manos. Apenas puse de nuevo el vaso sobre la barra volvió a llenarlo hasta el tope. Un escalofrío me sacudió cuando el alcohol cayó en mi estómago. Pensé en Diana, en los suaves sonidos que emitía su boca cuando la penetraba en el motel en el que nos encontrábamos. Me gustaba su manera arrebatada de hacer las cosas, el que no se conformara con tirarse en la cama para abrir las piernas sino que me llevara a lo largo y ancho de la habitación, haciendo de ésta un territorio para estimular la imaginación. Ése era el más claro indicio de que entre ambos se disparaba la pasión. Todo lo contrario acontecía cuando, luego de un largo cortejo que a veces se prolongaba durante semanas, Elena accedía a que intentáramos, desde nuestro mutuo rechazo, poner en juego algunos de los gastados trucos que nos llevaron a enamorarnos el uno del otro. Así estaban sucediéndose las cosas con ella, con todo y que era una mujer sensual. Tan sensual que a menudo peleábamos por la manera en que se manejaba en las reuniones sociales. Le gustaba usar ropa estrecha, los escotes amplios y las faldas cortas. Cuando la conocí esa costumbre fue una de las razones por las que me lancé tras ella sin pensarlo. Ahora que estábamos al borde del final era todo lo contrario. El origen de muchas de nuestras discusiones y tormentas de celos en las que yo solía caer apenas la sorprendía mirando a otro con la misma coquetería con que lo había hecho conmigo en otros tiempos. Diana, en cambio, era diferente. Me gustaba que le diera a las cosas cierto aire de misterio. No era de las que les gusta provocar insinuando su anatomía, pero al momento de irnos a la cama no escatimaba y se ofrecía sin contemplaciones a lo que allí fuera aconteciendo. Elena era flaca, de pocas carnes, elegante debo decir, aunque me duela reconocerlo de cierta manera, con esa dosis de vulgaridad que hace que cualquier hombre desee mirarla y conquistarla a la primera oportunidad. El cuerpo de Diana, en cambio, pese a ser delgado, ocultaba los huesos de mejor manera. Tenía senos grandes, a diferencia de Elena, y era mucho más joven que ella. Ambas me tenían en esa apretada situación en la que es imperioso tomar una decisión y seguir adelante. Si bien mi vida con Elena era áspera y accidentada, no podía ignorar el nudo de sentimientos que tenía hacia ella y la idea que habíamos conseguido mantener viva de alguna manera: de que pasara lo que pasara seguiríamos juntos porque ése era el mandato de nuestro destino. Aquella noche, luego de que el cantinero llenó el vaso por tercera ocasión, supe que confesaría lo que estaba sucediendo y asumiría las consecuencias.

Arte: Enrique Oroz.

Arte: Enrique Oroz.

Pagué al hombre y salí de nuevo a la ciudad. Me interné por una de mis avenidas predilectas, una avenida arbolada con un camellón al centro que dividía los dos sentidos y sobre el que habían colocado una hilera de estatuas de escritores muertos. La decisión que apenas había tomado me impelía a dar pasos firmes. El efecto del alcohol, por el contrario, me hacía vacilar y distraerme con todo aquello que le confería a la noche su peculiar carácter: el silencio levitando a mi alrededor, la oscuridad arañando todo rincón, los árboles meciéndose al ritmo de la ventisca de otoño como si alguien los quisiera arrullar. Salí de la avenida y caminé hacia el centro de la ciudad por una calle estrecha. Un par de cuadras me separaban del departamento en el que vivía con Elena. De pronto, sentí el impulso incontrolable de orinar y me vi obligado a cambiar de rumbo. Viré a la izquierda y aceleré el paso. Sabía que al final de la calle había una gasolinera en la que el despachador no me negaría el uso del baño. Abrí con prisa la puerta y entré a un estrecho cuarto. El tufo a almizcle me recibió de mala gana. Estaba tan urgido por liberar mi vejiga que no noté al hombre que también orinaba en el mingitorio y, sin quererlo, rocé su espalda haciendo que perdiera el equilibrio y se manchara el pantalón. Decidí no reparar en ello. Cerré los ojos y sentí el líquido correr por mi interior y salir al aire libre placenteramente. Pensé en el vodka por el que había pagado en el bar y en lo que había terminado. Sacudí mi verga por unos instantes dejando caer unas últimas gotas, la acomodé en mi calzón, subí el cierre de la bragueta y salí huyendo de la peste del lugar.

Las calles seguían vacías. Retomé el paso y volví a pensar en Elena, en el episodio que estábamos por representar. Imaginaba las palabras que iba a decirle aquella noche cuando sentí un golpe por la espalda que me hizo tropezar. Enseguida, otro golpe seco aterrizó en mi cara, haciéndome tambalear. Tuve que reponerme con rapidez. El hombre con el que había chocado en el baño de la gasolinera masculló un par de palabras y se me vino encima. Con un movimiento pude esquivarlo y entonces le asesté un puñetazo en el rostro. El hombre estaba más ebrio que yo y era mucho más corpulento. Dudé en echarme a correr y ése fue el instante que él aprovechó para tomarme de la cintura y hacerme caer de bruces. Sentí su peso encajarse en mis costillas y luego el aliento penetrante a licor que exhaló su boca. Rodamos sobre la calle forcejeando y el pleito terminó cuando él consiguió golpearme en el estómago y yo perdí el aire. El hombre se incorporó y salió huyendo del lugar, con todo y que me había dominado fácilmente. Una vez de pie sacudí mis ropas y miré a mi alrededor, cerciorándome de que el loco se hubiera marchado. Fue entonces cuando, muy cerca de mis zapatos, vi el pedazo de carne sobre el pavimento. Al principio me pregunté qué podía ser esa media luna de pellejo sangrante a mitad de la calle. Muy pronto me di cuenta de que se trataba del lóbulo de mi oreja. Seguramente, en la trifulca, el hombre la había arrancado de una mordida. Quizá por eso se había largado con tanta urgencia. Levanté el pedazo de cartílago y lo guardé en la bolsa de la camisa. Supuse que a esas horas de la madrugada sería difícil encontrar alguna clínica abierta para curarme y resolví que lo haría una vez que amaneciera. Llegué al edificio de departamentos, abrí la puerta y me dirigí a la recámara. Como Elena dormía profundamente decidí no despertarla. En el espejo del baño vi el hilillo de sangre bajando por mi cuello y manchando la camisa. Luego me encaminé a la alacena y busqué algún remanente de licor. Serví tequila en un vaso y me senté en el sillón de la estancia. Saqué el pedazo de oreja y lo puse sobre la mesilla de luz. Enseguida me quedé dormido.

Arte: Enrique Oroz.

Arte: Enrique Oroz.

Cuando desperté Elena estaba frente a mí escandalizada por la escena. Tenía en una de sus manos el pedazo de carne y con la otra revisaba mi oreja como si fuera un cirujano. Hizo que me levantara y de la mano me condujo hasta la calle, obligándome a subir al auto.

Regresamos a casa dos horas después. En la clínica una enfermera había estado sermoneándome mientras el doctor trataba mi oreja. De seguro Elena había conversado con ella, haciéndole saber detalles de mis ausencias cada vez más constantes y de lo mal que iba nuestra relación. No era la primera vez que la persona más ajena a mi vida, acicateada por las confidencias de Elena, venía a reprenderme como si se tratara de mi madre.

Enrique Blanc, escritor y periodista. Foto: Editorial Moho.

Enrique Blanc, escritor y periodista. Foto: Editorial Moho.

Aquella tarde se tornó inusual. El episodio de la agresión parecía haber estimulado el lado samaritano de Elena, quien ahora exageraba sus mimos. Preparó una sopa de pasta. Luego nos recostamos en la cama para hacer la siesta. Sentí que quería estar más cerca que de costumbre, pero yo no podía concentrarme en nada. La sola idea de que tendría que posponer el desenlace de lo nuestro me pesaba. No quería herirla cuando se interesaba por mí como en nuestros mejores días. Encima, el celular no dejaba de sonar, así que resolví apagarlo. Diana marcaba con insistencia. Había quedado de encontrarme con ella en el motel de siempre. Elena encendió el televisor y se acurrucó en mi regazo, prestándole atención a las imágenes que iluminaban la oscuridad del cuarto. Yo me quedé mirando el techo en silencio por un largo rato. En el aparato proyectaban aquella película con Gary Oldman en la que encarna a un policía corrupto de Nueva York que se divide entre tres mujeres. Su diligente esposa, la amante torpe pero irresistiblemente bella, y una loca y ambiciosa criminal con la que se relaciona por asuntos de su profesión y que termina por arruinarle la vida por completo. Me quedé viéndola, tendido sobre la cama, hasta que los ronquidos de Elena me hicieron saber que la noche profunda se precipitaba sobre la ciudad y que allá afuera las calles estarían desoladas, en espera de alguien que las recorriera de nuevo y las arrancara del anonimato.

Antes de incorporarme examiné el lóbulo de mi oreja. Estaba duro al tacto, como si fuese de plástico. El hombre de la clínica había dicho que si tomaba esa consistencia tendría que volver a cortarlo. Me resigné a reconocerme en el espejo con una oreja mutilada y dejé que mi instinto se encargara de tomar decisiones. Me puse de nuevo el pantalón, me calcé los zapatos y abotoné la camisa. Caminé hasta el armario a mitad del pasillo y elegí uno de los sacos allí colgados. Luego me dirigí hacia la salida. Un escalofrío se apoderó de mí al llegar a la puerta.

 

*Adelanto del libro Sudor añejo y sardina, de Enrique Blanc (Moho, 2012). Agradecemos a la editorial las facilidades otorgadas para su publicación.

 

Autor: administrador

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Comentarios

  1. Ossiris Mun dice:

    su pequeño fragmento me ha enganchado, y ansió ver como se desenvuelve lo siguiente felicidades , espero, pronto ver el libro completo, y ver que la cobardía nos invade al tomar ciertas decisiones.