Sobre la enfermedad

Por Jorge Alonso Espíritu

 

No todos los vivos son tan fuertes como otros que sí lo son

Gonçalo M. Tavares

 

Abuela sufrió un infarto. El tercero en los últimos años. Fue ingresada en una habitación de hospital público. Me pierdo entre los pasillos rumbo a su cama. El ambiente es apabullante. El  hospital, como siempre,  está saturado. Los pacientes gimen en voz baja, sólo un par sollozan. Los familiares se tragan la preocupación. La luz sucia molesta. En una habitación lóbrega, junto a otras camillas, está la Abuela. El clonazepam cumple su labor. Abuela duerme profundamente. Me siento a un lado, mirando por una ventana con manchas acumuladas por años, al cielo nublado sobre una ciudad que depende de la rutina que los enfermos perdieron. Los hospitales están en las ciudades, pero son una parte excluida de ellas. No hemos sabido integrar la enfermedad a la vida.

Abuela tenía las uñas largas. Cuando éramos niños nos hacía cosquillas con ellas. Siempre reía. La vida para ella siempre fue una broma. Incluso cuando uno de sus hijos agonizaba, se refugió en el humor y la religión. Pero el primer infarto le borró la sonrisa, paralizó buena parte de su cuerpo, torció sus músculos, sus manos se doblan en formas grotescas. La enfermedad la volvió agresiva, berrinchuda. Decidió no ser fuerte y el esqueleto, la piel y los órganos le cobraron la decisión. El deterioro por su falta de movimiento se profundiza. Al despertar del tercer infarto llora. Días después me dice que ya no quiere nada.

Foto: Guillermo Rodríguez

Foto: Guillermo Rodríguez

El 28 de marzo de 1941, Virginia Woolf se suicidó. El episodio es conocido, lo recrea Stephen Daldry como prólogo en su película Las Horas: después de escribir dos notas de despedida, la escritora camina hacia el río Ouse, llena los bolsillos de su abrigo con piedras y se entrega a la corriente, hasta ahogarse.

En la vida y obra de Virginia Woolf, y también en su muerte, la enfermedad juega un papel primordial. Un análisis de su escritura no podría estar completo sin ubicar el trastorno bipolar  como una presencia permanente, una motivación o un lente a través del cual mirar el entorno. La carta que Virginia escribió a Leonard, su marido, tal vez el documento más leído de cuantos escribió la autora de Las olas, lo confirma:

Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices de lo que fuimos nosotros hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo.

El estudio de las notas póstumas de los suicidas ayuda a esclarecer las motivaciones de las personas que optan por terminar así su tránsito por la vida. Hay argumentos que aparecen una y otra vez en ellas: una disculpa, un mensaje de amor, un marcado sentido de la responsabilidad (contrario a la creencia generalizada de que el suicida es incapaz de poseerla) y un reclamo en el que el suicida se reconoce de forma consiente o no como víctima. El texto de Virginia es paradigmático y al mismo tiempo especial por tratarse de una persona que tenía en el trabajo intelectual, reflexivo, no sólo su fuente de empleo, sino una de las principales motivaciones vitales. De tal suerte que, ya desde la primera línea expresa con autentico temor: “Siento que voy a enloquecer de nuevo”. Virginia escribe con sus últimas fuerzas, vencida en vida por la enfermedad, pero dispuesta a ganar su propia muerte.

virginia_woolf

El deterioro  de la salud, física, emocional y mental, agota al enfermo corporal y anímicamente. En las enfermedades degenerativas este agotamiento es constante; el enfermo puede regresar temporalmente a una normalidad que lo haga apto para una vida social, física o intelectual acorde a las exigencias de su tiempo, pero sabe que eventualmente habrá una recaída. La memoria del cuerpo puede ocultar el recuerdo de la dolencia, un enfermo puede pensar que está curado, pero el miedo al dolor es persistente. Como cada persona, cada cuerpo se manifiesta de forma diferente. Los síntomas pueden ser confusos, pero cada paciente conoce, teme, respeta los propios, “Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme”, explica Virginia Woolf sabiendo que una crisis mayor es inminente.

Al sentirse relegados de la “normalidad”, donde el resto de las personas se ocupan de las cosas cotidianas sin apenas darse cuenta de ello, los enfermos sienten el peso de la “inutilidad”. En su  Diario del dolor, la escritora María Luisa Puga, asimilando el dolor que provoca la artritis reumatoide en un estado avanzado, como un huésped molesto, pero inseparable, ensaya el instructivo para hacer la cama: “… y con el bastón alise la sábana. Alísela de manera que no quede la menor arruga. Nada más doloroso que una arruga en la sábana. Puede ser una tortura que dure toda la noche. Empújela con convicción hacia el costado opuesto. Lo que sobre métalo de su lado utilizando la mano del brazo que duele menos. Que sus movimientos sean breves, lentos, casi placenteros. Hacer una cama puede ser todo un arte”.

Los enfermos luchan batallas diarias por realizar conquistas nimias. Fallar en alguna de ellas rompe el ánimo, descorazona: no poder  caminar, abrir un frasco, recordar una calle, montar una bicicleta, ensartar un hilo en el ojo de una aguja. La desesperación crece cuando se ven afectadas las funciones primarias del cuerpo, ya no lo que nos hace humanos, sino lo que compartimos con los animales: no poder respirar, comer, orinar o  defecar por cuenta propia. La enfermedad representa una serie de fracasos, incluso evolutivos.

La religión brinda uno de los enfoques preponderantes cuando de enfermedad se trata, al menos en nuestra sociedad. En el canon judeocristiano, el libro de Job muestra a un hombre inocente que en una disputa entre Dios y el Diablo pierde todo lo que tenía. El límite de su sufrimiento llega con la enfermedad. Envuelto en llagas, Job debe resistir el dolor para alcanzar también la purificación más completa: ser digno del creador. Condicionada por los relatos bíblicos y por el culto a la vida, más que a la dignidad de vida, nuestra cultura estira la enfermedad robando calidad a la experiencia vital. Abuela fue cristiana pero el dolor puede más que ella.  Algunos familiares se enojan por su esfuerzo nulo por mejorarse. Yo veo en su desidia la voluntad de no continuar. No todos los vivos son tan fuertes como otros que sí lo son, escribió Gonçalo M. Tavares.

hospital

La enfermedad descompone, reduce. Ataca los órganos, pero también la personalidad. La enfermedad no siempre limita, pero siempre delimita. Enfrentada al sufrimiento físico, María Luisa Puga se pregunta: “¿En dónde quedo yo? Porque tengo bien definida su presencia, su territorio, sus recovecos (del dolor), pero ¿y yo? Perdí mi imagen.”

Mientras escribe, Virginia Woolf, buscadora constante de la pulcritud literaria, rompe la corrección de su texto y se muestra de forma más amplia, transparente, débil. “Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer.” Consciente de que aquella simbolizaba su mayor pérdida, decide terminar con su vida. Terminar antes de que el trastorno bipolar (cuyo primer término, “enfermedad maniaco-depresiva” apareció por primera vez en 1958, casi veinte años después de la muerte de Virginia) acabe con ella. Se trata no de una rendición, sino de otra forma de la necesaria resistencia del enfermo hacia la enfermedad: proteger la consciencia, antes que la enfermedad tome por completo el cuerpo del paciente.

Abuela salió del hospital, pero regresa por un cuadro de neumonía. El diagnóstico del doctor no da esperanzas: el tiempo que viene estará lleno de episodios similares. El desuso del cuerpo provoca degradación, la degradación provoca dolor. El cerebro de la abuela transita entre un estado de lucidez incompleta y la pérdida de la realidad. Cuando regrese a su casa pensara que permanece en el hospital.

La abuela está por morir, eso dicen los médicos. Yo espero que sea pronto. Sus hijos se aferran a la poca vida que le queda, pero la mayoría evita su presencia. Aunque esa actitud puede, sin duda, reclamarse, me parece más compleja de lo que a simple vista puede interpretarse. Subyace un miedo a la muerte ajena, pero también un terror a la propia decadencia. Tememos a la enfermedad porque nadie nos enseñó a morir.

Mientras tanto como sociedad estamos lejos de un cambio legislativo y cultural que dignifique la vida y la muerte. La eutanasia, el suicidio y la voluntad anticipada se discuten en foros muy pequeños, aplastados por la moral religiosa judía y católica (por algo la imagen de Jesús ensangrentado y sufriendo se encuentra por todas partes). El trato al paciente durante la enfermedad y rumbo a la muerte debería darse desde la más elemental empatía, esa que nos duele cuando vemos sufrir a nuestro ser querido, y que nos hace preferir su muerte pronta a un dolor extendido.

 

 

 

>Jorge Alonso Espiritu. Estudió la Licenciatura en Comunicación y Periodismo en la UNAM, y se tituló con la crónica “Cada ciudad es un cuerpo: crónica de un viaje a Medellín”, donde recoge su experiencia como becario en Colombia. Originario de la ciudad de Puebla, radica en la Ciudad de México. Como reportero independiente ha publicado notas, crónicas, entrevistas, reseñas y relatos sobre la ciudad, sus personajes y dinámicas en diversos medios de comunicación. Actualmente labora como monitor y profesor en escuelas del Distrito Federal.

Autor: administrador

Comparte esta publicación en