Sobre la atrocidad del mercado y otros mitos fundacionales

 

 

Por Joaquín Segura

 

Uno de los argumentos utilizados de manera más recurrente para descalificar, una y otra vez, la multitud de manifestaciones que conforman las prácticas artísticas contemporáneas reza así: El mercado es voraz, oligopólico y neutralizante. Eso sólo sonaría razonable si el mercado fuese una entidad autopoiética e impenetrable, aunque para concebirlo así hace falta mucha ingenuidad y una notoria propensión a la respuesta fácil. En honor a la verdad, nunca he encontrado mayor lógica en esta absurda problematización. Si un productor cultural no está de acuerdo con la manera en que su quehacer se inserta en estos circuitos ni con el proceso de deriva que ineludiblemente emprende al integrarse a un modelo de difusión masiva, la respuesta es muy simple: no participa de él y se apega a los canales que responden de manera más fiel al espíritu de su producción, o al menos, aquellos en los cuales pueda ejercer un control directo y constante que imposibilite cualquier desviación de un hipotético sentido único, aunque esta última solución se antoja no sólo fútil sino un tanto patética.

Sin embargo, es cierto que en aquellos creadores que apuntan a entrar en este circuito más amplio –sean las razones cuales sean que les animen-, el proceso inherente de asimilación es pocas veces afortunado; el resultado habitual se aprecia en casos evidentemente más lastimeros. Por ejemplo, me cuesta trabajo creer que en estos momentos alguien pueda hablar de Marina Abramović sin un dejo de ironía o un bostezo reprimido. Aquí la cuestión se torna difusa: dudo bastante que el descrédito automático con el que el público especializado se ha referido a ella en los años recientes, haga alguna mella en quien alguna vez fue efectivamente una artista esencial para entender territorios inciertos de avanzada, de manera específica, algunas prácticas post-conceptuales de los setenta tempranos. Ahora se le ve bastante cómoda como un desatino viviente; una personalidad altamente mediatizada que se regodea en un proceso de fagocitación fomentado por ella misma a través sus inconexos coqueteos, ya sea con un rapero con  evidentes delirios de grandeza, un actor con pretensiones de artista contemporáneo de muy corto alcance o una estrella pop convertida en incondicional discípula de esta gran matrona del ridículo.

Todo esto a cuenta para decir que “el mercado” no tiene la culpa. La adhesión ciega a estas argumentaciones maniqueas se debe dejar a aquellos ‘críticos’ de medio pelo que ahora proliferan en las redes sociales y que son sólo otra manifestación de un fenómeno de fondo: los detritos de un proceso especular en el que la rutinaria desvaloración de las propuestas innovadoras o arriesgadas no viene desde una estructura institucional o mercantil, sino desde el mismo creador que fomenta este tipo de desviaciones con una falta propia de rigor e incapacidad en el momento de dotar a su práctica de una estructura conceptual que resista el embate de los grandes públicos y su apetito por una cultura de consumo inmediato.

La independencia y la marginalidad, al menos en el campo de la cultura contemporánea, no constituyen un fin en sí mismo. Son instrumentos discursivos que ofrecen un territorio enormemente fértil a cualquier agente cultural cuando son la consecuencia lógica de una serie de decisiones concretas y sostenidas. Cuando son el resultado de una estrategia para capitalizar la alternativa o una posición crítica en búsqueda de la propia visibilidad y una inserción fast-track en circuitos establecidos a los que no se hubiera tenido acceso de otra forma, como en casos de algunas iniciativas recientes en nuestro circuito local, son tan despreciables como Marina Abramović ofreciendo abrazos por un dólar para financiar su propio mausoleo. Si un creador no entiende de manera puntual y profunda a la institución, al mercado y a las instancias de legitimación que sostienen el aparato de consumo cultural y a partir de ellos, hace de estas fallas y fisuras sus propias herramientas de trabajo, no es mucho más que un simple actor de una comedia de enredos, no muy diferente a aquel que fotografía balones de futbol o busca usos alternativos para armas de fuego confiscadas ad nauseam. Risas enlatadas, sí, y no mucho más que eso.

 

Joaquín Segura (Ciudad de México, 1980) Artista visual. Vive y trabaja en México, DF. Su obra se desarrolla en plataformas como la instalación, fotografía, acción o video y ha sido mostrada en exposiciones individuales y colectivas en México, Estados Unidos, Europa y Asia. Ha expuesto en recintos como la Sala de Arte Público Siqueiros, Museo de Arte Carrillo Gil, La Panadería, Museo Tamayo Arte Contemporáneo en México, así como El Museo del Barrio, Anthology Film Archives, White Box y apexart, New York, NY, LA><ART, MoLAA, enLos Angeles, CA; Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid, España, National Center for Contemporary Art, Moscú, Rusia y el Museo de Arte Moderno de Fort Worth, TX entre muchos otros. Es miembro fundador e integrante del consejo de SOMA, México, DF.

Autor: administrador

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