Ramonesmanía en la Pantitlán

 

 

Por J.M. Servín*

 

LA GLÁNDULA TIROIDES segrega una sustancia llamada tiroxina, cuya presencia en el organismo influye en la formación de sujetos altos, delgados, nerviosos e irritables; en ciertos casos, lamentables, de baja capacidad intelectual cuya expresión más aguda es el cretinismo. Un caso aislado engendró a The Ramones.

Todo este breviario pseudocientífico no tiene otra justifica­ción que facilitarle al lector de esta crónica entender lo ocurri­do en un pabellón herrumbroso y con goteras habilitado como auditorio al oriente de la Ciudad de México. El Balneario Olímpico de la Pantitlán, para ser más precisos, donde mi her­mano Eduardo y quien esto escribe pasamos una de las tardes más descabelladas que yo recuerde jamás. Empezando por for­mar parte de una peregrinación de inadaptados que incrédulos aún de la presencia de los santos patronos del forajido musical, sortearon toda clase de peligros y repulsas (desde amenazas de apañón policiaco hasta negativas de venta de cigarros o cerve­za en las tiendas de abarrotes de paso) para llegar a lo que hasta hoy sigue siendo una de las mecas de estridencia roquera en la periferia de la Ciudad de México.

Lo que alguna vez fue un balneario apto para desarrollar anticuerpos contra enfermedades venéreas y gastrointestina­les, se sacude con un violento zangoloteo eléctrico que lite­ralmente pone los pelos de punta. El epicentro es un escenario donde cuatro escuálidos greñudos se aplican obsesivos en ge­nerar descargas voltaicas con guitarras y una voz cavernosa. Recurramos al pasado.

Cuenta la leyenda que este cuarteto de desempleados ori­ginarios de Forest Hills, New York, se juntó para formar una banda de rock. En agosto de 1974 toman por asalto una pres­tigiada catedral: el CBGB. De aquel entonces a la fecha parece que las ganancias por su éxito mundial no les alcanzan para cambiarse de ropa.

Sus antecedentes no podían ser mejores para conmover a una sociedad que convirtió en best-seller la edificante novela Pregúntale a Alicia: Johnny Ramone, guita­rrista, pasó su adolescencia inhalando cemento; Joey Ramone, compositor y cantante, se sobrepuso a sus excesos alcohólicos vía electroshocks (a ello culpo la brevedad y contundencia de las rolas); CJ Ramone, bajista, y Richie Ramone, baterista, en algún momento dejaron de inyectarse heroína. Esto explica el porqué de temáticas sobre desempleo, asaltos, vandalismo ju­venil, riñas callejeras y alienación por drogas: para cualquier púber inadaptado el escándalo de The Ramones se convierte en un gozoso viaje al infierno.

Tan cacofónicos que a su lado The Clash parece una banda sinfónica, y tan longevos como para dejar a los Sex Pistols en calidad de mechas de cohetón, los neoyorkinos llegaron a la Pan­titlán para deleite de quienes ven en el elenco juvenil de las televi­soras abiertas y el salario mínimo un motivo más para mentarle la madre a la modernidad cacareada por nuestros gobernantes.

El ex balneario Olímpico es el único lugar en el DF donde The Ramones podían sentirse a gusto (no los imagino tocando en el Auditorio Nacional). El ataque epiléptico no tardó en comenzar. Las convulsiones de Aquelarre y Yaps hicieron saber a una legión de equilibristas con apariencia estrambótica y alma de bonzo que con tal de no aprender a tocar sus instrumentos, están dispuestos a oírse menos rítmicos que un taladro perfo­rando granito.

Para una ciudad que ha resistido todo tipo de tragedias, las dos presentaciones de The Ramones significaron un aluvión de conjuras monocordes de más de treinta piezas ejecutadas a destajo.

Ciertamente los neoyorkinos ya no son unos nenes, sin em­bargo, su personalidad psicótica, antisocial y propensa a perturbar el orden contiene la energía de un chamaco que, acomplejado por culpa del acné, emprende actos heroicos con tal de llamar la atención.

El tumulto es uno de los recursos más característicos que los inadaptados tienen para manifestarse. La leyenda trágica de The Ramones reunió a un número incuantificable de piró­manos y suicidas dispuestos a sucumbir por sus ideales como buenos héroes wertherianos, bajo toneladas de cascajo sono­ro. De alguna manera, esta incondicionalidad los identifica como cruzados.

Mucho hay de siniestro en el desenvolvimiento escénico de estos anómalos vejestorios punkosos. Sus movimientos son tan ágiles como los de un trascavo y tan impredecibles como las tablas de multiplicar. Sus fans saben de qué hablo.

Los Ramones suplieron por más de dos horas las glándulas suprarrenales del público, que segregó adrenalina y sudor por galones. ¿En qué momento concibió Joey Ramone I Wanna Be Sedated? Lo ignoro pero se lo festejo.

Él y el resto de la banda parecen capaces de preocupar a los responsables del hospital de San Fernando.

The Ramones no vinieron extemporáneos. Locos e incen­diarios siempre han condimentado la Historia.

 

*Adelanto del libro “Del duro oficio de vivir, beber y escribir desde el caos”, de J.M. Servín (Cal y arena, 2012). Agradecemos a la editorial las facilidades otorgadas para la publicación del capítulo.

Autor: administrador

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