“Quiero ser tu Joey Ramone”

 

Especial_NaviDark_2014

 

Por Tristana Landeros

 

Diciembre es el mes del perdón y las reconciliaciones, pero Navidad no es la mejor fecha para entregarle a tu marido los documentos a firmar para que se rompa el vínculo legal que hace cinco años se firmaron con devoción, lealtad y algo que le llamamos amor.

Con esa consigna llegué a Reynosa, en ese entonces era una zona de relativa paz, aunque lúgubre prostituta como cualquier ciudad fronteriza que sirve de escupidero a los white trash que bajan del gabacho. Hernando estaba ahí, huyendo de la relación, de la realidad y de mí.

En la madrugada, desde la central de autobuses apestosa y desolada, marqué varias veces desde un teléfono de moneditas a su casa, colgando para evitar la voz de su madre o su padre. No sirvió de nada, me senté en unas bancas anaranjadas que invitaban a no consumir los alimentos antihigiénicamente preparados en ese local y pedí unos burritos. En el noreste los burritos son de huevo con jamón, frijoles y arroz, chicano style.

Ya había amanecido y decidí llamar una última vez y enfrentar a la familia. Contestó Hilda, la madre, que en un tiempo me había querido como -así dicen todas las suegras solitarias y engañadas- “la hija que nunca tuvo”.

-Hola, soy Wendy, acabo de llegar a Reynosa, ¿me pasas a Hernando?

-…

-No te preocupes Hilda, no volveré a llevarme a tu niño. Esto ya se terminó pero tenemos que hacerlo bien.

Ni siquiera me respondió mi aún suegra, a los pocos segundos contestó Hernando todo amodorrado.

-Nenita.

-Hola, estoy en la central de autobuses, ¿puedes venir por mí?

-Mmm, me baño y voy.

-No, ven ya. No te voy a quitar mucho tiempo. Sólo estoy de entrada por salida.

-Okey.

Esperé. Llegó. Nos abrazamos y él lloró.

-Eres una culera. Pero te perdono, quiero que volvamos.

-A eso vine. Yo también me equivoqué.

Nos besamos. No podía evitarlo, era el hombre con el que pasé los primeros cinco años de vida reproductiva. Cargó mi maleta, me tomó de la mano y volví a ser la morra de dieciocho años con la que se casó, la que necesitaba protección.

-No te puedo llevar a la casa, mis papás te odian.

-¿Les dijiste la verdad?

-¿Qué querías? Después de cinco años te fuiste, no te encontré por ningún lado y hubiera empezado por buscarte en la cama de tu mejor amigo.

-Él no tiene nada qué ver.

-Vamos a entrar a este motel.

-No.

Y me jaló hacia adentro. Como siempre mi “no” era un “sí” para él. Así fue como tuvimos sexo por primera vez, yo dije “no” y a él no le importó. A los dos meses vivíamos juntos porque “me extrañaba mucho”, pero yo no. Y a los cinco meses ya estábamos casados porque tenía que irse de la ciudad, pero yo no. La dependencia hacia un hombre se paga alto, lo aprendí y por eso quería el divorcio.

 

Winter

 

Un hotel de paso. Yo era su esposa y me llevaba a un hotel de paso, ni siquiera intentó justificarlo con una frase cachonda como: “para acordarnos de cuando éramos novios”. Se quitó los lentes de fondo de botella, me desvistió y yo lo dejé hacer pensando en el momento oportuno para… Lo olvidé, me seguía gustando, no lo podía evitar pero.. Ahí viene otra vez… ¿Será que podamos volver?

Terminó y me besó con ternura, como quien se despide de una mascota.

-Tengo que ir a trabajar.

-Pero es 24 de diciembre, en unas horas será Nochebuena. Si te vas no vuelves a verme.

Se metió a bañar y yo saqué un sobre manila. No quería vestirme, no podía irme aún. Al salir le extendí el sobre, pensó que era una cursi carta de amor como las que le escribí para que se diera cuenta que me gustaba. Como las cartas diarias que le mandé mientras estuvo fuera y lejos. Desnudo y con agua aún goteando de su cabello se puso los lentes verdosos para leer mejor. Se sonrojó pero de ira, como nunca lo había visto.

-¿Por qué?

-Ya son cinco años de ir y venir, de pelearnos, gritarnos y luego reconciliarnos. Te quiero, pero te drogas un día y otro también.

-Y tú no quieres tener hijos míos.

-Y tú intentaste embarazarme aunque yo no lo quería. No cuento para ti. Es porque tus papis quieren un nieto de su hijo favorito y yo no quiero que mi hijo salga mal. Además leíste mi diario…

-Confiaba en ti y en tu amigo.

-Es como mi hermano. Tú no estabas, tenías que trabajar…

-No puedo perder mi plaza en la refinería, a mis papás les costó mucho conseguirla.

-Pues quédate con ellos. Que aguanten tus bajones y tus pálidas. Que te lleven cargando de regreso a casa.

-Te escribí canciones.

-También golpeaste paredes.

-Me rompí la mano haciéndolo y ahora no puedo tocar la batería.

-Ya lo habías dejado, creíste que tenías voz para ser el vocalista de tu banda. No me eches la culpa también de eso.

-Me cacheteaste cuando te reclamé lo del otro, se me salieron mis lentes de contacto.

-¿Por eso volviste a usar esos horribles vidrios?

-Ajá… Engordé por ti.

No era cierto, engordó porque se desbordó en excesos de todo tipo. Me tomó la cara entre sus manos y me volvió a besar. Ahora era yo la que lloraba mientras él se vestía.

-¿Me vas a dejar aquí?

-Salgo a las seis, vengo por ti y vamos a comer algo. No puedo llevarte a la cena de Navidad de mi familia, no quieren volver a verte. Duerme, lee… aquí te dejo esto para que te entretengas.

Otro beso en la frente, el iniciático, la bienvenida a la hermandad del club fifí. Fue al baño y descolgó el espejo, lo dejó sobre el tocador, al lado un encendedor y su tarjeta de débito.

–Sé que no te vas a gastar mi aguinaldo. Usa el encendedor, hay mucha humedad en este cuarto. Te quiero.

Se fue llevándose la llave del cuarto y dejándome con una bolsita de coca. La primera vez que la compartía conmigo, como cuando un gato te deja una lagartija en la almohada, quizá por cariño o como un gesto de arrepentimiento. Quería irme pero no debía olvidar que estaba ahí por el divorcio. Inhalé y me sentí mejor, poderosa, me sentí bella al verme desnuda en el espejo y, lo que es peor, aún amada. Leí un libro de vampiros de Poppy Z. Brite, tanta sexualidad en sus personajes potenció mi euforia, me masturbé una y otra vez. Sentí hambre. Nochebuena y yo en un motel asqueroso, desnuda, sin comer, como una prostituta que vale lo mismo que un molotito de cocaína.

Me vestí e intenté salir a la calle para buscar algo de comida, me entró la paranoia: ¿y si me topaba con Hilda, o con mi suegro, o con Hernando con otra mujer? ¿Cómo iba a explicar que iba saliendo de ese lugar? ¿Y la llave?

Esperé. Calculé que ya eran las seis, quizá en media hora más llegaría Hernando. Aspiré hasta terminarme toda la merca, leí, me excité pero quería esperarlo a él.

En el baño, bajo la regadera, brinqué varias veces para alcanzar ver la calle a través de una ventanita, quería ver a la gente, vislumbrar que Hernando ya regresaba por mí. No lo logré. Me vestí, de gala claro, es Nochebuena y soy talla cero gracias a la constante evasión a la maternidad.

Los ruidos exteriores apagaron su euforia poco a poco hasta que no tuve la duda de que ya se acercaban las doce de la noche. Las campanadas en una iglesia cercana confirmaron la hora. Otra noche más estaba sola. Y tan drogada como el hombre que me hizo llegar ahí. Lloré como la niña de las cerillas al sentirse tan abandonada y darse cuenta de su muerte por el frío, mis lágrimas caían en mi boca abierta, también mis mocos, anestesiándome los labios y la lengua. A pesar de tanta humillación, me quedé dormida.

Me despertó con un beso, olía a sidra barata y pierna agridulce. No sabía la hora, lo abracé y me desnudó, estaba arrepentido y yo lo necesitaba. Mientras me platicaba con detalles la celebración en casa de sus padres, al llegar al menú, mis intestinos me recordaron que casi cumplía 24 horas sin alimento. Salimos a las calles frías y polvosas del centro de Reynosa. Sólo encontramos un puesto de tacos abierto, un taquero sonriente, un mesero ebrio como único cliente y un perro que merodeaba. Ahí sobre cubetas de pintura vacías que usamos como asientos, me volvió a besar la frente y ya no pude reclamar el divorcio cuando dijo:

– Te quiero, nenita.

 

 

* Ilustración: “Winter Cage” por Alex Dang

 

> Tristana Landeros escribe, dirige y enseña teatro. Por ser hija única se volvió multitasking y ahora anda de novedosa escribiendo cuentos para dejar de hacer drama. Su obra de teatro “Perros contradictorios devoran mi cadáver”, sobre músicos underground en México, fue mención honorífica en el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2013 en la categoría de Dramaturgia y será publicada este año por el Fondo Editorial del Estado de México. Su obra completa se publicó bajo el título “Dramaturgia a domicilio” (UANL, 2011). Forma parte de “Teatro en bici” y colabora con el fanzine “Punkroutine”. Edita la revista electrónica “El Culo del Mundo”. Después de años en el rocanrol, escribió su primer libro de cuentos sobre la escena.

Autor: administrador

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