Queremos biblioteca

 

 

Por Antonio Ramos Revillas

 

El trabajo es cansado. Hay que llegar temprano el día de la partida y volver muy tarde cuando finalmente regresan a la ciudad. Además, el camión que los transporta siempre avanza con lentitud por las transitadas carreteras del estado y cuando no, por los angostos caminos de asfalto que lo mismo serpentean por las sierras medianas que por senderos que necesitan una buena mano. Después, al llegar al municipio, Ricardo tiene que preparar todo para que el espacio esté disponible. El espacio. ¿Puede llamarse así? No, es más que eso. Además, tiene un nombre, se llama La Vagabunda: un inmenso centro de lectura que guarda las proporciones de un camión de más de tres toneladas y que también tiene la habilidad para transformarse como esos robots que cambian de autos a seres mecánicos y viceversa. Aunque la gran diferencia con éstos es que si los autobots tienen entrañas de metal y cables, el interior de La Vagabunda está compuesto por estanterías de metal o madera, cojines, pufs, mesas plegables de trabajo y sobre todo libros infantiles, de terror, de misterio; libros álbum, libros para armas, libros donde lo mismo hay una ardilla miedosa o un cuervo llamado Ricardo o un libro sobre los esqueletos de los animales. Ricardo se enroló con La Vagabunda casi desde que inició operaciones. Le gusta el trabajo. Siempre conoce a personas interesantes. Cada pueblo es un misterio, como puede irles bien, también mal.

Un día en La Vagabunda. Foto: tomada del blogspot de Claudia Altamirano.

Un día en La Vagabunda. Foto: tomada del blogspot de Claudia Altamirano.

En Tepoztlán, el famoso pueblo mágico, los locatarios del mercado ambulante aprovecharon que los talleristas se fueron a comer para, con una grúa, cambiar a La Vagabunda de lugar y se pudiera colocar un puesto. En otros sitios ha habido tan poca asistencia de adultos que es una lástima. Ricardo recuerda la vez que en una escuela hubo tal caos a la hora de recreo, porque todos los niños querían subirse a La Vagabunda para leer, que tuvo que imponer orden… Aunque aquella historia terminó con un sonoro grito de los chicos: ¡Queremos biblioteca! ¡Queremos biblioteca! ¡Queremos biblioteca! Subieron con desorden al fin, pero todos los chicos se sentaron a leer. Ahora, el camión que transporta a La Vagabunda, que por lo general se queda tres días con los chicos, organiza talleres con ellos y con los adultos, además de obras de teatro o espectáculos de lectura en voz alta.

Ricardo observa las maniobras cotidianas de desenganche de la gran casa de lectura ambulante y espera. Cuando al fin puede subir a ella despliega los libros, los cojines por todo el sitio y espera. Pasan los minutos. Nada. Más minutos. Nada. Y entonces, allá en la esquina de la plaza, aparece un niño. Se acerca corriendo y pregunta: ¿Ya llegó la biblioteca? Ricardo, aún medio desesperado, asiente. El niño sonríe y se va. A los cinco minutos, allá, en la esquina de la plaza, aparecen dos niños. Se acercan. Vuelven a preguntar si ya llegó la biblioteca. Ricardo repite la oración. Se van. Entonces allá, en la esquina de la plaza, aparecen cuatro, cinco, seis, muchos niños. Y estos traen a más niños y al rato en el interior de La Vagabunda, en los cojines, en los pufs, en las mesas hay niños que leen y ríen; y Ricardo sólo escucha las carcajadas y ve los libros que se comparten.

Cuando La Vagabunda se va al tercer día hay dos recuerdos que Ricardo se lleva. El primero es de un taller: iban a jugar una ronda pero eran tantos que la ronda alcanzó todo la plaza. Pero el más importante, el que ahora lo obliga a seguir haciendo su trabajo con más insistencia, es que el último día, cuando ya se iban, un niño les dijo que no quería que se fueran. Ricardo dijo que no era posible, debían irse. El niño insistió y poco a poco más y más chicos que estaban ahí en La Vagabunda empezaron a gritar: ¡Queremos leer, queremos leer, queremos leer! Y luego fueron a la esquina para taparla, tomándose de las manos e impedir que esa gran Vagabunda se fuera. Prometieron volver. Lenta se fue La Vagabunda por la carretera, pero aún de lejos esos niños seguían gritando o Ricardo creía escucharlos que, tomados de la mano, exigían, como en un himno, lo que dicen no ocurre en este país: ¡Queremos leer! ¡Queremos leer! ¡Queremos leer!

Mediador Ricardo Arce, Morelos. Vagabunda es un proyecto del Instituto de Cultura de Morelos.

 

>Antonio Ramos Revillas (Monterrey, 1977). Tiene cuatro libros de cuentos publicados: Todos los días atrás, Dejaré esta calle, Sola no puedo, Habitaciones calladas, y las novelas infantiles Los cazadores de pájaros, Reptiles bajo mi cama e Ixel. La novela El cantante de muertos (Almadía, 2011). Su más reciente libro es La Guarida de las lechuzas (Ediciones El Naranjo, 2013)

 

Autor: administrador

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