Prosa sonora III

Por Javier Fernández

 

LA Priest • Inji

 

En la banqueta de Calle Primera esquina con Miguel F. Martínez, ocultando el labro y los palpos labiales, Fungus Shy serenó el trajín de sus seis patas de oscuro, aceitoso tegumento. Qué eran cuatro horas, o diez, una noche más, si supo aguardar décadas. Cubría con su enorme tórax el Blood on the floor de Francis Bacon empotrado en el estuche de caboa que Fungus Shy renovaba cada mes, desde hacía treinta años. [La madrugada propone un mundo lleno de manzanas con ‘Lady´s in trouble with the law’ de LA Priest, uno donde solo caben manzanas y ciervos que se tragan las manzanas.] Fungus Shy plisó escrupulosamente las alas bajo la gabardina. Llevaba cuatro de las seis extremidades en el pantalón, un par a cada lado; con el par restante daba la impresión de codo y antebrazo. Al amanecer entregaría el cuadro a Tånium, su siguiente tenedor en una sucesión que iba a prolongarse hasta el fin de los tiempos. [La madrugada mapea charcos de trip-hop submarino en ‘A good sign’ de LA Priest, con la mirada apoteósica de un pájaro imbécil.] El mesotórax formó una considerable giba cuando Fungus Shy cruzó la calle, jalando tras de sí, con máximo sigilo, el carrilete con llantitas que soportaba el cuadro. Nadie a esa hora iba a prestarle atención. Se internó en un cobertizo, evaluándolo con un gesto diamantino de las mandíbulas abatibles, hasta quedar fuera del alcance del faro mercurial. Era el punto de reunión. Mimetizó con los escombros, devoró una rata, varios escarabajos, un rábano cercenado por dientes chuecos. Le bailó una antena: el ocelo de Fungus Shy se inclinó en dos tramos, como un popote roto. [La madrugada madura hasta corromperse en ‘Lorry Park’, callejón donde LA Priest juguetea al Kid A.]

LA Priest

Beach House • Depression cherry

El cobertizo de la Miguel F. Martínez hedía, ya ni siquiera a mierda sino a cloaca del medioevo, fetidez que empantana los cuerpos con el sosiego, la costumbre, la pachorra de todo ungüento marginal. Fungus Shy reposaba, inmóvil. Dos horas cuarenta minutos después forjó gárgaras en el buche y envainó las antenas. Diligente en lo posible, maternal en lo que cabe, reculó el abdomen de cartucho a manera de almohadón para que en este descansara el Blood on the floor de Francis Bacon, su valioso cuajo. [‘Levitation’ y ‘Space song’ son referencias de Beach House para instituir un código burgués que penaliza el hábito moroso de los clientes PYME, cantadas con ímpetu cerril, vocecilla de abandono, la frialdad confabuladora de un viejo sacamuelas.] Fungus Shy frunció las espinas discoidales y repasó el perímetro del cuadro con activísimos roces del tarso, anticipando el duelo por la inminente entrega, en breve, al amanecer. Se preguntó si antes de que el cuadro desapareciera en la gran cloaca de Tånium podría echarle una ojeada, descifrar su austeridad, curiosear sus formas. [Nada garantiza que ‘Sparks’ y ‘Beyond love’ mantengan su belleza en ratos duros, ya no digamos que la expandan como ojos que se abren y dejan escapar otros ojos, sostén para esos días de yonke y putero.] Hubo un grácil espasmo bajo sus patas. “¡Ay, cabrón…!”, berreó alguien. Fungus Shy descargó en el sujeto que habitaba el cobertizo una mirada severa y múltiple, con aéreos, autoritarios vaivenes en sus numerosos ojos, encendidas con luz remota las minúsculas cabecillas de alfiler que se dilataban, erguían, curvaban. El tipo salió disparado llevando consigo lo que el pánico y el sentido de conservación le permitieron: ganchos de ropa, un cinto, la corona Burger King. [La tríada ’10:37′, ‘PPP’ y ‘Wildflower’ da entrada a cuestionar verdades teologales, preceptos para los que Beach House ofrece dos salidas; te abombas a ellos, o ellos se curvan para amoldarse a ti con flacidez de banderola.]

Beach House

 

Lower Dens • Escape from evil

Tånium pensó en la mermelada. Untar chorros de mermelada con las cerdas de su coraza branquial, o con el apéndice retráctil de su tenaza izquierda. Salivó con malabares en el maxilípedo, anhelando la mermelada: distribuirla él mismo, hundiría el dedo en el tarro de pasta almibarada para esparcirlo suavecito, así, dulcísima, propagar su abundancia en la sábana del pan, sobándolo apenas. Eso vendría después. Ahora debía escurrirse por donde llegó, alejarse de los callejones húmedos sin cascar la funda que cubría el Blood on the floor de Francis Bacon, e iniciar su sacramental custodia de tres décadas. [‘Ondine’ y ‘Quo Vadis’ de Lower Dens representan dos mujeres entradas en años, una es estilista, la otra es adventista, y vienen a cobrarte. Págales.] Tånium escupió emulsiones sobre un perrito que ladraba. Estaba emocionado: más allá de la mermelada, un mero antojo, quería detenerse a escudriñar el Bacon, su vehemente fondo naranja, el polígono arenoso que fungía como motivo único, la caída perpendicular del interruptor eléctrico, la sangre. Conocía la composición, la metabolizaba desde el pedúnculo hasta la inquieta serie de paletas natatorias. [‘Electric current’ y ‘To die in L.A.’ de Lower Dens borran todo desliz tipográfico del saccharin pop con la precisión de un pantógrafo, brazo mecánico con fisuras de diamante que sirve a los impresores para corregir caracteres, añadir espolones u ojales a ciertas letras, acentuar garfios, flecos o astas, resaltar crestas o viaductos.] Arribó Tånium a la central de autobuses. Imitó el alivio de tantos desarrapados que negociaban boleto con atropelladas variantes del castellano. Tenía claro que ni el interruptor, ni el par de focos que pendían, ni la camilla, eran tan relevantes como el salpicón de sangre para dar al cuadro ese espíritu perturbado. Tånium ocupó el asiento 23; pagó del 24 al 26 para llevar a la mano su único equipaje. Horas después, colándose por la cortinilla hilos de luz nívea y atormentada, Tånium dormía. Pararon en un retén. Chingado. [De la prisa a la dejadez, Lower Dens engorda en ‘Your heart still beating’, sus dedos, que ya eran anchos, ganan biomasa y luz, raíces bulbosas que se ofrecen a toda mano amiga.]

Lower Dens


>Javier Fernández es comunicólogo y narrador. Nació en la ciudad de México en 1971. Ha residido en Guadalajara, Tijuana, Mexicali y el poblado tarahumara de Chinatú. Colaborador intermitente en medios impresos y electrónicos, a veces con el seudónimo Mr Phuy, se ha ocupado en la docencia, el comercio, la producción de radio-video, los servicios financieros, la función pública y el desempleo. Su primer libro Si tarda mucho mi ausencia (ICBC, 1993) obtuvo el Premio Estatal de Literatura en Baja California. En 2010 publicó El estadio que naufragó (CreateSpace, 2010) y Señora Krupps (Static Libros, 2010 / CONACULTA, 2013). Seguir a los gansos es su tercer volumen de cuentos. Javier tiene una especial predilección por la música, el cine, la plástica, el cómic y otras manifestaciones de la cultura pop. En el fuero de sus influencias están Camilo José Cela, Julio Cortázar, Fernando Del Paso, Allen Ginsberg, Francis Bacon y los hermanos Coen.

Autor: administrador

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