Policía bueno, policía malo

 

 

Por Leopoldo Silberman

 

Hace un rato, cuando venía para acá, un perrito Cocker intentaba subirse a una patrulla. Sí, voluntariamente. No sé si le cayeron bien los polis o traían comida o simplemente se le hizo fácil con el frío que ha estado haciendo en estos días. El caso es que el perro movía ese lugar donde alguna vez estuvo su cola y babeaba alegre queriendo treparse en la nave de los servidores públicos. No pude evitar, al verlo, exclamar desde la lejanía de mi auto un vehemente ¡No, no lo hagas! Nadie en su sano juicio se sube por propia voluntad a una patrulla. Es como entrar al castillo de Drácula: si lo hiciste por cuenta propia, atente a las consecuencias…

No. No confío en la policía.

Desde niño aprendí que había que desconfiar de ellos. Y más aún, de los del Estado de México. Y en carne propia, desde que comencé a manejar, he tenido que lidiar con ellos e incluso he caído en las macabras redes de la corrupción. Todavía recuerdo el cinismo de algunos oficiales al pedirme -o sugerir luego de exponer todas mis terribles faltas al reglamento de tránsito- la tan famosa mordida que, por evitar mayores trámites engorrosos, accedí (como muchos de ustedes) a dar. No me siento orgulloso de mi proceder, aunque deba decir en mi defensa que las faltas que he cometido en los últimos años las he asumido íntegramente, sin dejar lugar a corruptelas. Y el rostro de un policía cuando no logró sacarte dinero y tuvo que darte la multa, es algo digno de recordarse.

No todos los policías son corruptos, dicen. Hay algunos que hacen su labor dignamente, con un alto sentido del deber, señalan. Hoy creo que eso es cierto. Que entre tanta basura puede hallarse un diamante. Que hay uno, dos, tres, quince, cincuenta policías que valen la pena, que van a hacer su trabajo y arriesgan el pellejo por la sociedad. Debo reconocer que me ha tocado encontrarme con oficiales que se han acercado a aconsejarme que no deje mi auto estacionado en tal o cual lugar por estar demasiado oscuro; que me han dado su tarjeta y su número para cualquier emergencia y que, cuando he marcado, han llegado de inmediato. Y hace unos días, caminando por la Plaza de la Constitución vi a una oficial no sólo ayudando a una ancianita a cruzar: también le cargaba las bolsas. La imagen habla por sí misma. Tuve tiempo de sacar el celular, buscar un buen ángulo y tomar la foto. Y la acción me hizo el día. Me quedé pensando, a partir de ese día, cuántos policías en realidad sí quieren hacer su trabajo y que dejemos de etiquetarlos, de guardarlos a todos en el mismo costal. Y es que la culpa no es de la policía. Es de nosotros que accedemos a dar dinero cuando deberíamos conocer el reglamento de tránsito y respetarlo. Cuando deberíamos conocer las leyes y respetarlas. Cuando deberíamos reconocer nuestras faltas y asumir las consecuencias…

Los dejo. Que tengan una bonita semana…

(Debo ir a ponerle dinero al parquímetro)

Foto: Leopoldo Silberman.

Foto: Leopoldo Silberman.

 

 

 

> Leopoldo Silberman es historiador especializado en política y milicia en México en el siglo 19, escritor de oficio, gestor cultural, director teatral, editor y trendexpert. Tiene un pug llamado Niuton, un hermoso gato gris de nombre Gedovius y un loquísimo pez apodado Nijinsky. Twitter: @POLO_SILBERMAN

 

Autor: administrador

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