Oh pretty man

 

 

Por Leopoldo Silberman

 

Hace unos días pasé por una crisis tecnológica inusitada: en un par de días dejó de funcionar súbitamente el estéreo de mi auto, quemé una bocina en forma de patito de hule, Gedovius se comió el cable de mi celular, explotó la secadora de pelo y, finalmente, cuando salí a comprar el cable y la secadora y la bocina y a arreglar el estéreo, la llanta de mi auto estaba ponchada (por segunda ocasión, la misma llanta en el mismo mes).

Si bien no faltó el que me recomendó irme directo y sin escalas a Catemaco a sanar mi salación chamoy o al menos a las pirámides a descargar mi energía negativa, yo preferí esperar a que la mala racha pasara. Y así fue: un día, de pronto, el estéreo volvió a funcionar y mis manitas de estómago dejaron de joder las cosas a mi alrededor.

Entonces era hora de ir a comprar una nueva secadora (porque esa sí se arruinó). Luego de unos días con los pelos aplastados y sin forma, emprendí el camino hacia la tienda departamental y pregunté por el área o departamento en que se venden dichos aparatejos. La misión era sencilla: YO-HOMBRE-COMPRAR-SECADORA-SALIR.

Ilustración de Anna Bitskaya.

Ilustración de Anna Bitskaya.

Pero la señorita que amablemente atendía comenzó a hablarme de las maravillas del modelo EQUIS comparándola con el modelo YE y que, a diferencia del modelo ZETA, hacen de la secadora la máquina más extraordinaria de todas aquellas inventadas por el hombre desde la Revolución Industrial. Burlonamente señalé que yo necesitaba una simple secadora, no un Ferrari.

¡Y resulta que hay secadoras con motor de tecnología Ferrari! Que si los iones, que si la nanoturbalina, que si las aspas, que si el peso, que si cable que da vueltas sobre sí mismo como cirquero chino, que si la mamá del muerto, estaba yo a punto de adquirir, si me animaba, un aparato capaz de registrar un cometa en su ingreso a la Tierra (por el espacio aéreo tailandés y de reversa). Y, claro está, a chorro mil meses sin intereses para que termine de pagar la secadora cuando mis nietos ingresen a la prepa. Pero yo sólo quería una chingadera que echara aire.

¿Por qué nos complicamos tanto la vida? Debería hacer máquinas para hombres y otras más para mujeres. Secadoras de iones y protones y neutrones para ellas; sopladoras de metal pa nosotros. Hay cosas en que la humanidad gasta su dinero gustosa: televisores enormes, bocinas que se escuchen a tres colonias, lavadoras que sacan la ropa hasta colgada en gancho, inodoros que te hacen piojito… Pero existimos quienes sólo queremos sencillez, simpleza… Un aparato que sin más adornos, haga lo que se supone que debe hacer.

Compré la jodedera más barata que hallé y salí de ahí.

Hoy regresamos porque mi novia necesitaba unas varitas rizadoras de cabello…

 

> Leopoldo Silberman es historiador especializado en política y milicia en México en el siglo 19, escritor de oficio, gestor cultural, director teatral, editor y trendexpert. Tiene un pug llamado Niuton, un hermoso gato gris de nombre Gedovius y un loquísimo pez apodado Nijinsky. Twitter: @POLO_SILBERMAN

 

Autor: administrador

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