El ocaso del periodismo de fondo

Por Raúl Olvera Mijares

 

Si hay una nota que destaca en la trayectoria de Efraín Huerta (1914-1982) es el logro de haberse sostenido, a lo largo de la vida, merced a las bondades de la pluma. No fue ciertamente la vena poética sino la más prosaica de la infatigable labor periodística, justo esa actividad que le procuraría el pan cotidiano para él y para los vástagos incluso de dos matrimonios distintos, la que lo mantuviera en pie. Esa época en que un escritor podía vivir exclusivamente de los recursos que se allegaba mediante el libre ejercicio de su capacidad para dejar plasmadas sobre el papel ideas ha quedado atrás, sin remedio, en la historia de la humanidad. Hoy los escritores sobreviven gracias a los puestos estatales o universitarios, a las becas de creadores (quienes tienen ese raro privilegio) o bien al juego mercenario y propagandístico de las editoriales, una división que quiere pasar inadvertida pero forma parte de rama más amplia de los medios de comunicación masiva. Al menos así son las cosas mientras que no sobrevenga el caos, la escasez de todo, en otras palabras, el inminente colapso del sistema capitalista, en medio de esas guerras fratricidas para apoderarse de los escasos recursos que aún queden a la mano. La opinión del hombre común, no precisamente un miembro del mundo académico ni mucho menos un cofrade literato, sino alguien que por medio de la palabra, la historia y los conceptos más universales pretende establecer un diálogo con un semejante, ese anhelado y casi inexistente lector, no parece contar mucho, no al menos en esa forma desnuda de la palabra y el simple discurso, sino ataviada, enjaezada, ilustrada con innúmeras imágenes y hasta con sonidos ambientales y música de fondo. El video ha venido, de hecho ya desde hace tiempo, a ser la forma más socorrida de transmitir no sólo entretenimiento sino incluso información de la más alta calidad que se quiera. Ésa sería, poco más o menos, la idea.

Desde el punto de vista de la cantidad, que no va necesariamente en detrimento de la cualidad, el grueso de la obra escrita de Efraín Huerta son textos de prosa informativa acerca de la actualidad literaria, cinematográfica, política y cultural de su tiempo. El ideal de reunir la obra completa en prosa de Huerta es, hoy por hoy, más un sueño, un proyecto largamente acariciado en la mente de ciertos escrutadores de archivos hemerográficos, que una realidad. Una antología, sin embargo, que engloba libros editados en vida del autor, con artículos de diversas columnas, selecciones anteriores de textos suyos, de manera señalada las de Mónica Mansour y Guillermo Sheridan, así como los comentarios fílmicos recopilados por Alejandro García, amén de otros hallazgos no aparecidos en forma de libro hasta ahora, hace de El otro Efraín. Antología prosística (FCE, México, 2014, 673pp) una obra imprescindible en el conocimiento y la lectura a fondo de este sorprendente autor y para muchos ‒sobre todo entre los jóvenes‒ insospechado prosista.

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¿Por qué un poeta gastaría más tinta en sus artículos que en sus versos? En primera instancia, porque debía sobrevivir de su oficio de escritor. En segundo término acaso, porque perseguía llevar a otros lectores hacia la contemplación de ciertos paisajes mentales, de una variedad tan pronunciada como los contrastes en la geografía que pueden descubrirse entre Yucatán y Sonora, Jalisco y Michoacán, Querétaro y Chiapas, en otras palabras, los tonos, los temas, los tratamientos son múltiples y diversos: desde las conmemoraciones en tono casi áulico y solemne de autores clásicos de la lengua, el comentario de los coetáneos (compañeros de peña literaria o bien los otros, los contrincantes), el intento de mover a una preocupación grupal acerca de los intereses comunes, teñido de matices ideológicos inclinados más bien hacia al humanismo de cuño marxista, el cultivo del humor, la ironía, la sensualidad, el regodeo en el cuerpo de la mujer, el goce de la vida en general.

El estilo de la prosa huertiana es sobrio, escueto, desprovisto de ornamentos superfluos o bien de una engañosa profundidad conceptual. Escritos que fueron pensados como piezas aisladas y no como libros que labraran la fama, la reputación del autor como agudo ensayista. Algunas cosas por necesidad han envejecido. Ni siquiera hace falta abundar más sobre el particular. La disputa entre el grupo de Taller y el de Contemporáneos se antoja tan lejana como la sin par hermosura de las piernas de la entonces joven Lilia Prado o el enaltecimiento, contra cualquier ataque hacia los compañeros de cine, en particular Rosaura Revueltas y Emilio Indio Fernández. Lo que permanece es la animación de aquella vida. Textos semejantes, en tal profusión, no es posible avizorar en la actualidad. El empeño ahora es meter todo en cápsulas inocentes y seguras. No se trata de hacer pensar, llevar a estar despiertos sino, al contrario, arrullar, sedar, adormilar con una serie de nociones que convienen al todopoderoso aparato de Propaganda que, desde luego, ha cambiado de nombre desde tiempos de Göbbels, si bien el concepto continúa siendo el mismo, operante y altamente eficaz, ante el cambio de liderazgo ‒que no de ideología‒ en el seno de la imparable superpotencia del norte.

La prosa de Efraín Huerta es llana y en ocasiones juguetona. El donaire, el gracejo y hasta el sarcasmo se hallan puestos al servicio de algo superior: evocar las cosas por su nombre, expresar una verdad, la propia, procurar la unión entre todos los seres humanos. En un lapso de tiempo relativamente breve, el periodismo ha sufrido un vuelco innegable, un revés desafortunado para los escritores. Son raros ya los medios donde es posible encontrar ambas versiones de los acontecimientos: la oficial y la contestataria. Es también posible perderse encandilados entre los fuegos fatuos de la izquierda oficial, esa amiga ‒por abajo del agua‒ de la derecha. Los nombres de los medios y la supuesta filiación ideológica no constituyen garantía de nada. Hoy precisamente que las ideologías parecen haberse extinguido, no así por desgracia los graves problemas que intentaban zanjar. Efraín Huerta a lo largo de medio siglo fue testigo elocuente de su tiempo. Leerlo no es sólo volver los ojos al pasado sino fijar la mirada en el presente y, sobre todo, el porvenir. Plantearse por qué hoy no existen escritores así. ¿Acaso se vive en el mejor de los mundos posibles? Es claro que no conviene que ni siquiera unos cuantos hombres lean, reflexionen, comiencen a pensar. El camino del control de las mentes se obtiene de otra manera, a punta de consignas breves y lapidarias, casi esa hipnopedia, preconizada por Aldous Huxley en sus novelas futuristas. Poco falta para llegar a eso. En la medida en que el periodismo de fondo se eclipse por entero, surgirá una nueva luz, enceguecedora e irrefutable: la de la opinión única, la verdad evidente, el legítimo castigo y, finalmente, el hallazgo de la tan anhelada seguridad, el blindaje más firme contra cualquier ofensa posible, es decir, la pesadilla fascista.

 

Autor: administrador

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