No todos los monstruos son terribles

Aurora Venturini (1922-2015)

 

“—¿Usted se presentó con el seudónimo Beatriz Portinari al concurso de Novela Nueva de Página/12?

—Sí, señorita, me presenté con Las primas.

—¿Sabe que está entre las diez finalistas?

—No. Ay, sería muy importante que esta novela ganara. ¿Sabe por qué? Porque Las primas soy yo, señorita, es mi familia. Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas. Yo también.”

La manera como se descubrió a la escritora argentina Aurora Venturini me recuerda “Viaje a la semilla” de Alejo Carpentier; es decir que su historia comienza desde el final. Porque una vez que Aurora gana el premio de Novela Joven de Página/12 en el 2007 se devela la mujer y la autora. Al abrir la plica el jurado conformado por escritores de renombre como Rodrigo Fresán, Alan Pauls y Juan Forn no podían creer que la autora de Las primas fuera una mujer de 85 años.

Su fama empezó un poco tarde en un mundo literario que apuesta por la juventud, pero Aurora no era joven ni en edad ni en trayectoria, resultó ser autora de más de cuarenta libros editados por ella misma. Era licenciada en Filosofía y en Educación, carreras que estudió en la Universidad de La Plata. Fue asesora en el Instituto de Psicología y Reeducación del Menor, donde conoció a Eva Perón a quien admiraba profundamente pues compartía sus ideas políticas y su amor por los “grasitas”. De esa relación nace Eva, Alfa y Omega, publicado por Sudamericana en el 2014. “Si hubiera una inexactitud histórica, pido disculpas al paciente lector, porque no soy especializada en la materia sino novelista deseosa de salvar el recuerdo de La Abanderada de los Humildes”.

eva

A los 20 años conoció a Jorge Luis Borges, de quien recibió el Premio Iniciación por El solitario, un tomo de poesía, desde ese encuentro fueron amigos, dice Venturini entusiasmada. En 1955 se ve obligada a dejar su patria debido al golpe de estado que depone a Juan Domingo Perón y comienza a radicar en París en los que pasa 25 años y tiene la suerte de conocer a Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus, Julio Cortázar, entre muchas otras personalidades del medio literario. Dice haber pasado veladas con ellos, pero no fue intima de ninguno, aunque tiene algunas anécdotas con cada cual que rememora con alegría.

En una entrevista cuenta que una vez fue al cine con Jean-Paul Sartre y lo vio llorar, después se sentaron en un parque y este le habló “de las raíces de los árboles que copulaban bajo la tierra, del sexo de los árboles”, cosa que a los dos repugnó de alguna manera. Ella no era existencialista, dice, aunque estudió a profundidad esa doctrina. No lo era porque siempre fue católica y eso ya le parecía un exceso.

En la primera parte de su novela Nosotros, Los Caserta (1992) la que se refiere a su infancia me recordó Las palabras autobiografía de Sartre, aunque este tuvo una infancia con un exceso de amor y Venturini todo lo contrario, ambos se despreciaban a sí mismos por feos y ponderaban su inteligencia.

Aurora

En la obra de Venturini los monstruos no son solo aquellos con alguna deformidad física, minusvalía o retardo. Los monstruos son aquellos que exceden la inteligencia promedio, los adelantados a su época, los incomprendidos pero sobre todo los no amados. La sociedad genera sus propios monstruos, se ha dicho, en este caso es la familia quien genera sus propios monstruos al no amarlos.

Las primas, la novela que la catapultó a la fama es la historia de una familia disfuncional conformada por una madre severa y poco cariñosa, y sus las hijas: Betina que padece de un corcovo vertebral: “de espalda y sentada parece un bicho jorobado de piernecitas y brazos cortos (mientras come defeca o hace pis, y se pedorra). Arrastra una colita que sale por la abertura del espaldar y el asiento de la silla ortopédica”; y Yuna, la narradora, que es un año mayor, también con retraso, sobre todo en el habla, aunque disimula su minusvalía. Ellas tienen dos primas (a las que llama imbeciloides) hijas de tía Ingrazia: Carina que tiene seis dedos en cada pie y una excrecencia en la mano derecha que casi semejaba un dedito más, y Petra que es liliputiense. Todas adolescentes.

La prosa es parte de la historia, es decir: el texto como algo físico y el sonido de las palabras que se eligen, las que Yuna busca en el diccionario, la puntuación y su ausencia nos dan al personaje. Hace uso de párrafos enteros donde decide no usar comas ni puntos y seguidos. Por medio de la prosa y la adquisición de nuevas palabras somos participes de la evolución de la narradora. Asistimos a su forma de existir por medio de su manera de escribir. No usa puntuación porque es tonta, dice, y si lo hace se cansa y pierde el hilo de lo que está contando. Lo cual remite, por supuesto, a El sonido y la furia de Faulkner, de quien la autora era admiradora.

Aurora Venturini tiene un vocabulario muy amplio del que no puede prescindir y encuentra la manera de hacer uso sin traicionar a su personaje. Así Las primas es una historia de pérdidas. Perder hasta aprender a borrarlo todo.

La mayoría de los escritores cuando hablan del mundo quieren hacerlo sin mancharse. Es decir: lo critican, lo destruyen pero siempre se quedan en una especie de trinchera. Ellos son los que narran los horrores, pero no quienes los cometen. Aurora Venturini no se abstiene de hablar de mierda sin usar metáforas. Es clara, es precisa al hablar de la suciedad del cuerpo y del alma.

Nosotros

En su segunda novela Nosotros, Los Caserta novela autobiográfica como casi toda su obra sucede en una quinta cerca de La Plata. La narradora se llama Chela. La historia empieza con su primer recuerdo que es cuando su madre la lleva a tomarse una fotografía para mandársela a una pariente. Aurora pone mucha atención en los detalles, sus zapatos sucios los cuales quiere limpiar, hecho que hace enojar a la madre quién no siente cariño por ella: una niña de unos tres años que teme profundamente a su padre, quien es un tipo serio, frío y nada cariñoso. Chela no es como Lulita, su hermana, sino todo lo contrario: es una niña sucia y mal educada y es por eso que la odia y cuando era apenas un bebé le pone hormigas en el pañal.  La madre es una mujer muy joven a la que Chela cree haber robado su belleza, en los primeros meses de su tercer embarazo Chela enferma de rubiola y la madre la amenaza, le dice que por su culpa el hijo que viene no va a nacer sano. Es así como Sara, una negra que trabaja para la familia, quien no solo no quiere a Chela sino que además le teme, se vuelve su cuidadora. Chela comienza a vivir en un desván. Desde pequeña es muy inteligente, lee sin que nadie se lo enseñe, adelanta grados en la escuela, hace su primera comunión y se vuelve catequista. Pero nadie la quiere porque es sucia, salvaje. Es una boba genial, escribe. Los padres dicen que será muy lista pero que no sirve para nada. Olvidan su cumpleaños número cinco, también Sara. Chela dice que con ese acto muere su infancia.

Las únicas compañías de Chela son Bartolo, una lechuza que salvó de manos de su primo, al que odia por maltratar a los animales y ser el consentido de la abuela, y su pequeño hermano Juan Sebastian, que parece ser el único en toda la familia quien la quiere. Él es muy pequeño y cabezón, no sabe hablar. Sólo aprende a decir Chela… sí… sí y muy pronto se ve relegado también por su deformidad. Ambos comparten el desván. Ella ama a su hermano “Mi baboso hermanito, un bicho infame, aplaudía desde su oquedad sin remedio, la luz, la suma de la belleza, la perfección”. Su hermano año tras año parece más espantoso. Ambos son unos salvajes que atemorizan a los otros.

La literatura de Venturini está llena de monstruos: Betina, Petra, Carina, Juan Sebastián, tía Angelina, la Bobita de adentro, personaje de un cuento del libro El marido de mi madrastra. Todos ellos son deformes pero son bellos por dentro. Los otros, los que aparentan normalidad son terribles. Creo que Venturini hace una crítica desde su dolor, desde el rechazo, el desencanto de los otros: los que no la quisieron. Aunque de ninguna manera se victimiza. Su manera de escribir el dolor es irónica y hasta lúdica.

Tiene sus obsesiones: los personajes se repiten una y otra vez en sus dos novelas y en su libro de cuentos. También el tema de la infancia perdida y el odio que siente por ser rechazada. Me recuerda una frase de Jean Cocteau: “Todos nos caímos de nuestra infancia, pero algunos nos rompimos”.

Su última novela Los rieles la escribe desde la vejez y la cercanía con la muerte. Comienza con un terrible accidente que tuvo en el 2011. Se cayó en su casa, se fracturo varios huesos y estuvo internada durante un tiempo. Ahí ella dice visitar el infierno. Habla de su decadencia, de su rehabilitación y de las humillaciones que vivió durante ese tiempo en que vio la muerte muy de cerca. Tan cerca que regresa con la memoria a la infancia y es que hay cosas que no se pueden borrar, vuelve a ser una niña fea, sin afecto a la que llaman “harina de otro costal”.

Aurora Venturini muere el 24 de noviembre del 2015 a los 92 años siendo una escritora conocida. Nos deja un último libro llamado Cuentos secretos. Quizá ella cumple esa promesa de que “lo que es bueno terminará por ser reconocido tarde o temprano”. Yo creo que los escritores son seres con un mundo propio que no pueden guardarse para ellos mismos y nos hablan de ese mundo desde el alma. Así ella.

 

 

 

>Gilma Luque nació en la Ciudad de México en 1977. Escribió las novelas Hombre de poca fe (Mondadori, 2010) y Mar de la memoria (Ediciones B, 2013). Su más reciente libro es Los días de Ema (Ediciones B, 2016).

Autor: administrador

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