El que escribe no debe ser un tirano

Por Moisés Castillo

 

El escritor Tomás Eloy Martínez decía que con el periodismo presentas al lector una realidad con la mayor honestidad posible, con los mejores recursos narrativos de que dispones. Y las historias de Aquí no es Miami (Producciones El Salario del Miedo, 2013), de Fernanda Melchor (Veracruz, 1982), están escritas con un arrojo notable. Sorprende gratamente que una chica prefiera usar palabras que digan e inquieten a “escribir bonito”.

El periodismo que practica Fernanda está lleno de emociones, atmósferas sofocantes y personajes con miedos y contradicciones como la vida misma. Unos entrañables como el Ojón en “El cinturón del vicio”, y otros temibles como Lázaro Llinas Castro, el Rey de las pastas. Sin duda, el personaje más poderoso es Evangelina Tejera -la protagonista de “La rubia que todos querían”- tanto que es una leyenda urbana en Veracruz. ¿Cómo es posible que una mujer bella, Reina del Carnaval en 1983, cause repulsión?

“Todavía, en su nombre, se exhorta a los niños jarochos a portarse bien y comerse sus verduras: ‘¡Evangelina!’ gritan las madres, exasperadas, y sus criaturas lloran”.

Las 11 historias nos llevan a distintos lugares urbanos y rurales de Veracruz, donde suceden cosas sorprendentes como la aparición de ovnis en Playa del Muerto, o el “fidelazo” que benefició al actor Mel Gibson para filmar en el penal Ignacio Allende la película Atrapen al gringo. El entonces gobernador Fidel Herrera ordenó el desalojo de los más de mil internos para que el productor gringo usara a su antojo el centro penitenciario.

Pareciera que Aquí no es Miami es una colección de historias o “relatos” -como dice la autora- uniforme en temática porque está presente el narcotráfico, la violencia y el Puerto de Veracruz como personaje testigo de la degradación humana. Sin embargo, cada texto ofrece al lector cosas diferentes, tanto en su estructura como en el desarrollo del mismo. El linchamiento de Rodolfo Soler por parte del pueblo de Tatahuicapa, por ejemplo, combina el relato con un corrido en memoria del quemado.

Fernanda no es pretenciosa en el lenguaje, ni le interesa. Por el contrario, es sencillo y preciso. Se preocupa por la forma-fondo a la hora de escribir. Sólo eso: contar bien una historia. Para ello, es muy astuta al utilizar técnicas de la novela o cuento para enriquecer su trabajo periodístico. La veracruzana escribe con una honestidad brutal que le crees todo lo que está contando, por eso casi no incluye datos oficiales o estadísticas para reforzar hechos escalofriantes como los ocurridos en “La casa del Estero” o en “Veracruz se escribe con Z”, sus dos textos de largo aliento. Es decir, no existe esa sensación de que nos está tomando el pelo.

Tal y como lo dice el escritor Eusebio Ruvalcaba en el prólogo: “conoce esos territorios porque ha incursionado en ellos; la seducción es fuerte, pero más la voluntad férrea de no meter la cuchara donde no hay que hacerlo. Mantenerse impertérrito a un género es de lo más arduo a que puede  someterse un escritor”.

Las historias de Aquí no es Miami nos advierten que el pasado aún no acaba con nosotros: el tiempo pasa, pero las cosas no se enfrían. Todavía no hemos observado nada, ni sentido nada. Una buena historia jamás tendrá funeral.

 

 

-¿Cómo surgió la idea de Aquí no es Miami? ¿Cómo fue el proceso de selección de los textos que escribiste en 2002-2011 y que muchos aparecieron en la revista Replicante?

Empecé a escribir crónicas porque no podía escribir literatura. Entre la escuela y el trabajo y la vida y los mil compromisos que me echaba al cuello cuando tenía 20 años no lograba avanzar en la escritura de mi primer novela. No era tanto que no tuviera disciplina sino que me deprimía la falta de tono de mi músculo novelístico. Así que para salir del hoyo decidí ponerme a escribir crónica: recopilaría historias reales que ya estaban ahí, investigaría y le daría forma narrativa al material. Total, me dije, no tengo que inventar nada: pan comido. Ja. La verdad es que fue muy divertido hacer estas crónicas, nada agobiante como con la novela, y hasta por momentos me sentía un poquito detective, algo así como reportera del crimen. Como no eran mis historias, no me clavaba en la inseguridad del escritor, sólo me preocupaba por contarlas de la mejor manera posible; es decir, con la mayor honestidad y claridad posible. A finales de 2010 me di cuenta de que juntas, las crónicas, podían funcionar como libro: poseían una homogeneidad temática -el puerto, el crimen- y al mismo tiempo eran bastante diversas. Hice una selección previa y la mandé al mundo. Escribí dos crónicas más después de haber hecho esa selección, quizás las más personales del libro: “Veracruz se escribe con Z” y “La casa del Estero”, y las incluí cuando J.M. Servín se interesó en publicar el libro bajo su sello. Es un editor muy generoso, y la suya es una verdadera apuesta hacia un periodismo diferente.

-¿Cuál fue el principal reto a la hora de escribir estos textos que llamas “relatos”? ¿Por qué te interesan este tipo de temas donde la constante es la violencia-la decadencia humana, lo esotérico?

El principal reto a la hora de escribir es justamente ese: escribir, darle forma a las historias. Investigar es muy divertido, igual entrevistar a los informantes, pero lo duro viene cuando tienes todo el material, todos los datos, y no sabes cómo empezar a narrar. Yo quería hacer algo distinto, porque las historias eran buenas y merecían ser tratadas como narraciones, no como recuentos. No quería hacer algo aburrido, manido, estereotipado como lo que lees a diario en la prensa. Y como no tenía la presión del tiempo ni un editor sobre mi hombro dándome “línea”, y el dinero ni siquiera era un estímulo, podía darme el lujo de confeccionar un esquema narrativo algo más complejo. Lo mismo pasó con la elección de los temas: elegí contar las historias que me interesaban en lo personal, las que me daban curiosidad y me parecían sorprendentes. Casi todas son historias de “nota roja” porque tengo predilección por las historias funestas. Siempre he pensado que las notas rojas son historias buenas -en el sentido en que resumen los conflictos humanos universales- contadas muy mal, con mucha prisa.

-¿Cuál fue la historia que te costó más trabajo reportear-escribir?

La del “Quemado de Tatahuicapan” fue quizás la más difícil de reportear, sobre todo porque los caminos que llevan a esa zona al sur de Veracruz son muy malos y peligrosos, además de que los informantes me odiaban. Es un lugar donde cada dos o tres días aparece una muchacha muerta. La última vez que fui, en el 2009, la zona estaba llena de retenes con encapuchados que portaban cuernos de chivo (y el cuerno de chivo no es un arma oficial del Ejército ni de la Policía Federal; es el arma emblemática, como lo ha escrito Alejandro Almazán, de los malos).

-¿También es culpa de Carlos Salinas el declive del Cinturón del vicio? ¿Se puede decir que quisiste retratar la época de oro de esas cantinas y ambientes a través de sus protagonistas?

Los jarochos son muy melancólicos y siempre están extrañando un Veracruz que nunca ha existido. La clase social más alta generalmente pone por delante su supuesta ascendencia europea y tiene en la mente esta idea de progreso asociada a la construcción de hoteles de lujo, franquicias gringas y centros comerciales. La clase media y baja, gente como el Ojón, el protagonista de la crónica, añora los tiempos del priismo desarrollista, cuando los hombres eran hombres, los Tiburones Rojos ganaban y los chicos podían soñar con, algún día, obtener un “hueso” sindical que les permitiera vivir sin mover un dedo.  Son dos caras del mismo Veracruz: la que admiró a Salinas por la valentía de disolver el corruptísimo Sindicato de Estibadores del puerto y la que aún fabrica efigies calvas y de bigotito para quemarlas el primer martes del carnaval. Por supuesto, en “El cinturón del vicio” le di más visibilidad a esta última cara.

Evangelina Tejera, Reina del Carnaval de Veracruz en 1983.

Evangelina Tejera, Reina del Carnaval de Veracruz en 1983.

-En La rubia que todos querían, ¿por qué esta leyenda urbana sobrevive en el imaginario colectivo de los habitantes del centro de Veracruz? ¿Dejar la historia abierta es una forma de contar e involucrar al lector para que también invente su final “alternativo”? 

Creo que la leyenda pervive por varios motivos: uno, tendemos como sociedad a idealizar la figura materna y por eso nos horrorizan tanto los casos que parecen ir “a contra-natura”. Dos, Evangelina fue reina de carnaval, un puesto reservado a las muchachas de la alta sociedad que son lo bastante guapas -y generalmente lo bastante huecas- como para creerse verdaderas reinas, y esto hace que, por contraste, su posterior “decadencia” resulte más abyecta. Tres, la mayoría de la sociedad presta más atención a los crímenes cometidos por la gente rica o de buena posición social porque representan una especie de excepción que pone en duda la regla de que los pobres son siempre lo más violentos. Hablar de este caso, recordarlo, volverlo leyenda es una especie de venganza colectiva contra la clase explotadora. Dejé abierto el final de la historia para darle al lector la sensación de que Evangelina, más que un personaje o un mito,  es una mujer de carne y hueso con la que uno aún puede toparse en cualquier esquina (sigue viviendo en Veracruz y, dicen, todavía es muy guapa y le gusta juntarse con mafiosos).

-En la historia de Lázaro Llinas Castro pareciera que el narcotráfico es el tema central pero más bien es el escenario de tus protagonistas, ¿cómo desligarte de la llamada narcoliteratura o de los cientos de crónicas que se publican continuamente?

No sé si en el momento en que escribí ese relato quería ligarme o desligarme de la producción literaria o periodística que tiene como tema el narco. Creo que ese asunto no me preocupaba mucho, aunque por la manera en como presento a los involucrados podría parecer que les hago apología. Lo mismo sucede quizás en “Un buen elemento”, que habla sobre un chavo que se volvió zeta porque se quedó sin trabajo y la lluvia destruyó el techo de su casa. En aquel entonces sólo quería hablar de Lázaro Llinas y reconstruir el contexto al que posteriormente se insertaron los Zetas.

¿En qué momento se alteró la vida cotidiana de Veracruz ante el poder corruptor y sangriento de los narcos? ¿El narco es la única opción de sobrevivencia ante la falta de oportunidades?

Quiero pensar que Veracruz no ha cambiado del todo su forma de ser, que ha sabido resistir a la ola de violencia que inició con la muerte de El Gonzo en 2009, pero lo cierto es que sus habitantes y turistas sí han tenido que cambiar de hábitos para adecuarse a las nuevas circunstancias. Ahora, el verdadero horror, está en las zonas rurales, en las rancherías, en los poblados fronterizos con Tamaulipas y Oaxaca, y las víctimas no son porteños ni turistas, sino mujeres, migrantes y campesinos.

-Dices que las historias pudieron ocurrir en cualquier parte pero por quien sabe qué destino inexorable, nacieron en Veracruz, ¿la realidad del estado sólo destila Zetas, brujería y un Puerto que “quieren que se parezca a Miami”, usando la expresión del Ojón?

Casi nadie usa el término “Los Zetas” en Veracruz. La gente suele decir los de la última letra o los de La Compañía, pero yo creo que a las cosas hay que llamarlas por su nombre; no se trata de volver a esos cabrones una especie de Lord Voldemort. Decidí hablar de Los Zetas porque en el momento en que escribí estas crónicas eran ubicuos en el puerto: salían a relucir hasta en la más banal de las conversaciones, ¿cómo no escribir sobre ellos? Sobre la brujería, bueno, es un tema importante, omnipresente en la cultura veracruzana, no sólo en el puerto sino en esta región más amplia llamada Sotavento. No conozco un jarocho hijo de jarochos que no crea en las “malas vibras”, en la utilidad de las “limpias” y “rituales de sanación”, en “espíritus chocarreros”, en maleficios. Etnógrafos como Juan Antonio Flores Martós y Guido Münch ya han escrito cosas muy interesantes sobre este tipo de creencias, que provienen de la siempre citada amalgama de culturas que tuvo lugar en el puerto.

Fernanda Melchor, autora de Aquí no es Miami.

Fernanda Melchor, autora de Aquí no es Miami.

-¿Has sufrido algún tipo de amenaza o represalias al investigar estos casos?

Lo bueno de que nadie lee en este país es que a nadie le importa lo que escribas. Digo, ninguna de estas crónicas salió en Proceso o en medios de circulación tan amplia, así que nunca llegó a nadie que pudiera sentirse amenazado por lo que yo escribía. Era más la preocupación de mi familia que la mía. Yo no podía evitar contar estas historias, ni siquiera por prudencia. Y no es que sea chivatona, es que las historias son tan buenas que compartirlas se vuelve una obsesión, y como no soy muy buena hablando decidí escribirlas. En general nunca pensé que me fuera a pasar nada. Me decía a mí misma: “nadie lo va a leer, a nadie le va a importar” y los subía a mi blog http://olasdesangre.wordpress.com/. Lo curioso es que después las entradas recibían un montón de comentarios de gente que yo ni conocía, gente que había buscado información sobre esas historias y que sólo la hallaba en mi blog. Siempre he dicho que la mejor parte de este blog son los comentarios: gente del puerto que completa las historias, que da su propia versión, y es chido, como periodista, que te digan “si es cierto, así como cuentas pasó”.

-La novela y el cuento tienden hacia la veracidad, no hacia la verdad. Si bien aclaras que tus textos no los consideras “crónicas” sino “relatos”, ¿cómo no traspasar esa barrera entre lo periodístico y la ficción? ¿Aquí no es Miami es una colección de ficciones verdaderas?

No existe una barrera entre periodismo y literatura porque ambos son discursos, palabras, y el mundo de verdad, la mentada realidad, no está hecho de palabras; es una experiencia continua a la que otorgamos sentido mientras la vamos viviendo. Lo único que distingue la realidad de la ficción es la honestidad del autor. Presentar una historia como imaginación en el caso de la literatura, y presentarla como testimonio en el caso del periodismo: un “fui, vi y regresé para contártelo”. En este sentido, el lector está indefenso, no le queda más que creer en la honestidad del autor. Y el que escribe debe hacer hasta lo imposible por no abusar de su poder. No ser un tirano sino presentar la realidad de una forma comprensible, verosímil, con evidencias.

-Hay unos que presumen que hacen “periodismo narrativo”, ¿qué tipo de periodismo hace Fernanda Melchor? ¿En qué estado de salud se encuentra la crónica en México?

Yo cuento historias y trato de contarlas de la forma más honesta posible, es decir, reconociendo la diferencia entre mundo y lenguaje. En mi adolescencia leí mucho nuevo periodismo, luego mucho periodismo tradicional; ahora no leo casi nada que no sea literatura o ensayo, así que no estoy muy actualizada. Me gusta lo que hacen Alejandro Almazán y Diego Osorno; lo que hace Gerardo Lammers, Leila Guerriero, Magali Tercero. Todos ellos ya son periodistas reconocidos, muy ambiciosos, con algunos incluso he tomado talleres. Respeto mucho a quienes ejercen el periodismo de manera cotidiana y no por mero capricho como yo, porque es realmente arduo escribir algo memorable bajo la presión y el peligro.
Hace tiempo alguien -no recuerdo quién- hablaba del “excelente estado de salud” de la crónica en Latinoamérica. Me falta leer más para evaluar esta declaración, pero en términos generales, yo aún sigo viendo en las crónicas mexicanas relaciones demasiado timoratas con la literatura: crónicas que siguen pareciendo reportajes, llenas de datos duros, salpicadas apenas con uno que otro adjetivo, con muy poca narración, con muy poco trabajo de contexto. O por el contrario, crónicas muy voladas que se inventan lo que no pasó, lo que no se pudo investigar; crónicas en donde el autor habla demasiado con su voz y quiere hacer como que no. Ambos tipos de cronistas dan por sentado que al lector le da igual cómo le cuente uno la historia, y no es así: el lector puede darse cuenta de cuando algo está contado de una forma amena, “sabrosa”, pues, y cuando no. El lector de crónicas necesita que le hagamos sentir las cosas para que realmente pueda creerlas, para que realmente crea que estuvimos ahí; quiere sentir que el mundo de las palabras -el único que podemos presentarle- tiene peso y dimensión. Ese es el periodismo -y la literatura- que me gusta y que intento hacer: el que hace sentir cosas, el que trata de producir experiencias fuera de lo cotidiano.

-¿Existe algún personaje o historia que aún no has entrevistado-contado?

Me gustan las historias y me produce un placer enorme -y muy egoísta, es cierto- buscar la manera de contarlas; es como un reto. A la mayoría de los periodistas lo que les interesa son las implicaciones y las reacciones a lo que cuentan; la política, pero no la narración en sí misma. Los escritores, en cambio, prestan demasiada atención a sus contenidos, a sus obsesiones, y a veces se les olvida contar cosas: tenemos entonces estas aburridas novelas en primera persona, en donde no parece ocurrir nada, en donde “el lenguaje es el protagonista” y no hay persecuciones en lancha. Boring, como diría mi hermano. Hay varias historias que aún no he contado y otras que me gustaría trabajar, sobre todo historias de Veracruz, crímenes famosos de los años 70 y 80; hay unos muy buenos. Pero a veces no depende de mí o de mis ganas. A veces simplemente las crónicas no salen.

 

Autor: administrador

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Comentarios

  1. marcemars dice:

    ¿Dónde se puede conseguir el libro?

  2. isis dice:

    En el Péndulo, en el sótano y en Fondo de Cultura económica. También por internet.