Muerte en el Flamingos

 

 

Por Testigo Colaborador

 

Cada agente federal tenía un solo y certero tiro en la cabeza, disparado por la pistola de cargo de uno de ellos. Sentados en un par de sillas, los cuerpos de ambos tenían las manos atadas hacia atrás con las agujetas de los tenis del que llevaba una llamativa bermuda de colores fluorescentes. Fue la mucama, al entrar a la habitación 303 del Hotel Flamingos de Acapulco, la que los descubrió con horror al ver sus sanguinolentas cabezas perforadas.

Eran dos agentes de la subdelegación metropolitana de la PGR, uno había pedido el día y otro estaba de franca. Muy temprano, de acuerdo con los tickets de las casetas hallados en el vehículo en el que llegaron al hotel, habían salido de la Ciudad de México y en su trayecto sólo se había detenido a desayunar a orilla de la carretera en un Italian Coffee. Un par de capuchinos y dos trozos de panqué. Llevaban prisa.

Aunque desde el principio la prensa supuso que el asesinato había sido resultado de un “mal baile”, no se supo sino hasta años más tarde, por el testimonio de un narcotraficante lo que había llevado a la desgracia a ese par de elementos, reclutados bajo el nuevo modelo de policías con perfil universitario y sin experiencia previa en las tareas policiales.

Seis meses antes de que sus cuerpos aparecieran en el Flamingos, los agentes participaron en un operativo en el que la PGR, en coordinación con la Policía Federal e Interpol, aseguró 500 kilos de cocaína que llegó al aeropuerto de la Ciudad de México procedente de Bogotá, Colombia, en un vuelo de Copa Airlines.

En el parte policial se asentó el hallazgo de la media tonelada de droga, pero en realidad eran 750 kilos que el Cártel del Norte del Valle había enviado a sus socios mexicanos vía el puente aéreo Bogotá-Panamá-México, que controlaban sin apenas tener problemas. El aseguramiento y el robo enfureció a los socios, éstos ordenaron asesinar a los principales operadores de la maniobra y uno a uno fueron cayendo durante los tres meses siguientes.

Los dos agentes asesinados en Acapulco, habían acudido de apoyo al operativo y en la camioneta que tenía asignado uno de ellos se depositaron los 250 kilos de coca que habían obtenido como botín. Los policías sudaron frío durante la ola de ejecuciones, sin embargo, medio año después se sintieron aliviados y afortunados, pues tenían un cuarto de tonelada de coca para vender.

Se fueron a Tijuana a ofrecer la mercancía, un contacto le dio precio, 12 mil dólares por kilo pero les pidió un tabique de muestra para calarla. Se la entregaron. Experto en el negocio, sabía que la droga no había aparecido por generación espontánea y cruzó varias llamadas hasta que alguien reconoció, por la forma del empaquetado, que era su parte de su pedido. El contacto aceptó la compra de la droga con la condición de que fuera entregada y pagada en Acapulco. Al lugar llegaron los ejecutores, no llevaron los tres millones de dólares, sólo sus armas, que ni siquiera utilizaron, las dos balas incrustadas en las cabezas de los agentes eran de la dotación oficial. La droga, con su estela oculta de sangre, volvió a su ruta hacia Estados Unidos.

Fotografía: Elke

Fotografía: Elke

 

>Testigo Colaborador ha sido en los últimos años reportero de la fuente policíaca para dos diarios capitalinos. Se forjó profesionalmente a finales de los noventa, cuando el Distrito Federal registró la tasa de criminalidad más alta de todo el siglo y era la ciudad más insegura de México. Desde hace cinco años cubre narcotráfico y las secuelas de la llamada “guerra” contra el crimen organizado. Conocedor de la diferencia entre periodismo y ficción, ha dejado para esta bitácora sus elucubraciones personales, a la espera, como ocurre en las investigaciones ministeriales, de que surja un dato que un día las saque del Archivo Provisional y las convierta en una obra resuelta.

 

Autor: administrador

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