Mudanzas

 

 

Por Leopoldo Silberman

 

Mudarse de casa siempre es complicado. Súbitamente, aquello que considerábamos “pocas cosas” se vuelve un mundo de ropa, discos, películas, cajas inoficiosas, enseres, zapatos, herramienta, despensa… El proceso es terriblemente engorroso por el lado que deseemos verlo.

Me mudé porque mi casero decidió echarme a la calle debido a que no pagué un mes de renta. No pagué un mes de renta a causa de que mi casero decidió hacerse pendejo y no reparar las goteras que inundaban mi casa. Y entre que son peras y son manzanas, decidimos dejarla por la paz en vez de iniciar una querella que sólo nos iba a desgastar anímica y económicamente.

Regresé a los rumbos en los que vivía hace un par de años: calles arboladas y silenciosas donde se yerguen casas de estilo californiano y una infinidad de edificios de apartamentos… el verdadero corazón de la urbe. Y sí: soy feliz de haber encontrado un techo cercano a mi trabajo, una casera amable, un par de vecinos desconocidos y silenciosos y un espacio pequeño pero coronado por una hermosa buganvilia y un romántico farolito.

Gedovius fue el primero en adaptarse: la cercanía entre la cornisa, la ventana, el librero y el refrigerador le han dado una infinidad de posibilidades de trepar y observar desde las alturas un reino del que sólo él tiene dominio. Desde ahí vigila a Kitri, su hermana, quien no tiene posibilidad más que de trompear celosamente aquello que quede a la altura de sus ojos, pero que disfruta cuando ambos, avalados por un padre consentidor, juguetean en la cama, sin duda el sitio más caliente del departamento.

Yo me siento en el sillón una vez terminada (varios días después) aquella terrible monserga que fue la mudanza y observo como todo está en su sitio, como cada cosa adquiere una nueva dimensión al hallarse en un nuevo espacio. Y como nosotros nos adaptamos a esta nueva vida que no es mejor ni peor que la anterior: simple y sencillamente es diferente.

Y esa paz, esa inmensa paz que sentimos, es sólo interrumpida por mis uñas rascando mi brazo, mi pierna, mi pie. El cuello, la cabeza, la espalda… todo invadido por ronchas del tamaño de una canica. Al parecer, la china (o coreana) que vivía en este espacio no era del todo limpia. Y comenzamos de nuevo (ahora en busca de la chinche o pulga o lo que sea) a sabiendas de que no faltarán los detalles que arreglar, los pedos que resolver, las vidas que continuar.

 

Ilustración por EriCKa Lugo.

Ilustración por EriCKa Lugo.

 

 

> Leopoldo Silberman es historiador especializado en política y milicia en México en el siglo 19, escritor de oficio, gestor cultural, director teatral, editor y trendexpert. Tiene un pug llamado Niuton, un hermoso gato gris de nombre Gedovius y un loquísimo pez apodado Nijinsky. Twitter: @POLO_SILBERMAN

 

Autor: administrador

Comparte esta publicación en