Mommy

El chico terrible del tableau vivant

 

Por José Manuel Arriaga

 

Una nueva legislación canadiense estipula que un chico con problemas de comportamiento puede ser confinado bajo la tutela de un hospital psiquiátrico. Debido a que Stevie (Antoine-Olivier Pilon) es expulsado de la institución a su cargo, debe regresar a casa junto a su madre quien tiene que sobrellevar la volatilidad incorregible e impredecible del adolescente. Diane (Anne Dorval), la madre, asume demostrar a los escépticos que el amor podrá salvarlo antes de que sea encerrado por la nueva ley.

Con ese dilema -quinto en la filmografía del joven director-, nuevamente Xavier Dolan recurre a personajes que luchan con su propia existencia dentro de las condiciones adversas que les rodean; los muestra ambivalentes entre el rechazo y la entrega; completamente expuestos a intensísimos procesos de adaptación y periodos de eclosión, con total naturalidad de mostrar su disfuncionalidad al relacionarse entre sí. El vínculo madre-hijo que presentara anteriormente en Yo maté a mi madre (Dolan, 09), coincide de nuevo en esa misma simbiosis de aversión y adhesión afectiva, complicando así con puentes y trincheras una histeria maternal cuya inmadurez funge un rol insuficiente para la inestabilidad del joven cuyos conflictos y cambios acrecientan el estigma de ser un chico problema. A este binomio se suma la vecina tartamuda y taciturna Kyla (Suzanne Clément), afianzándose estrechamente con ambos para formar una amalgama de complicidad fraternal con la que escapa de su hogar enfrente, donde se deja entre ver las repercusiones y huellas de la misma problemática. La triada de excelentes actuaciones consolida la incidencia que tiene una tercera persona como detonador crucial en el choque de dualidades frecuentes en la mayoría de las películas de Dolan. En esta ocasión la disyuntiva suscitada entre tres personajes es retomada con mayor intensidad, vitalidad y vigor estilístico.

El ritmo de la película es simplemente exquisito, del mismo modo que Serguéi Eisenstein prescribiera la inmersión de los sentidos abocada a la afección consecutiva del montaje: desarrollando paso a paso el pensamiento sensual en elementos de la forma estructural, conduciendo al espectador al nivel de la estructura psicológica que corresponde a la estructura social. La trama atrapa desde las primeras secuencias incrementando dosificadamente la tensión hasta el involucramiento a un amplio discurso sobre la identidad psicológica e interacción entre sus componentes. Tal es caso de Diane y Kyla quienes son reflejo de la incapacidad a prueba para hacerse cargo de aquello que la maternidad ha emprendido como hogar. Stevie, además de encarnar hiperactividad, déficit de atención, impulsividad, y trastornos afectivos, es el símbolo del espíritu adolescente, rebelde e ingobernable, como reminiscencia de la regañada disposición insubordinada y traviesa de Los 400 golpes (Truffaut, 59), la confidente declaración insurrecta e incomprendida de C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 05), la generalizada fragilidad y peligrosa confusión juvenil de Fish Tank (Andrea Arnold, 09), pero retratado siempre desde una equilibrada perspectiva que humaniza y confronta la manifestación patológica con veracidad y fascinante virtuosismo del modo que lo hace We need to talk about Kevin (Lynne Ramsay, 11).

Mommy

La evolución de su inimitable enfoque confesional y la fuerza dramática del director canadiense provee a los tres personajes cierta vehemencia que les hace estallar intermitentemente al tejer su cautivante trama de tono catártico y exposición autobiográfica. De ahí el sorprendente talento del joven autor al construir conflictos siempre al asecho de la catarsis. Los protagonistas buscan liberarse de las crisis que parecen acabarlos. Tanto en Mommy como Laurence Anyways (Dolan, 12), la motivación emblemática se expresa con la grandilocuente tipografía y el desenfrenado grito de: ¡LIBERTAD! Tal cometido lo vuelca a su lenguaje cinematográfico valiéndose de una eficiencia en el dominio de la técnica para evocar y envolver al espectador una mutabilidad interminable de emociones. Los hábiles movimientos de cámara son enriquecidos por una precisión dinámica y sagaz énfasis en los detalles que impresionan por su audaz, disruptivo, fresco y genuino estilo de Xavier Dolan. La multiplicidad de matices y tonalidades en su paleta de colores acentúan la temperatura anímica de los personajes y estadios circunstanciales del filme; del mismo la colorimetría y dirección de arte consolidan la prolífera fuente de recursos con los que el director sella la poética de sus encuadres. En Mommy es inevitable rememorar el colorido inagotable en los filmes del honkonés Kar-Wai Wong; en su filmografía notablemente se aprecia la insistente búsqueda del esteticismo que comparte con Derek Jarman; sus películas exteriorizan el alcance conmovedor en los dramas de Gus Van Sant o la cautivante absorción de afecto y contacto humano de las historias de Jim Jarmusch; todo ello cimentado en la herencia del Tableau vivant y el atrevimiento de la Nouvelle vague.

Su excepcional uso del aspec ratio como medio expresivo cumple con el propósito del director: enmarcar de manera que todo sea un retrato privado, tan íntimo que hace inevitable situarse dentro de la mirada de los personajes, habitar sus gestos, experimentar sus mundos, conciliar sus deseos, alegrías, inseguridades, goces, ansiedades. Como deleite de ello se encuentra la entrañable secuencia donde la cúspide decisiva del filme contagia una gozosa liberación expandiéndose hasta alcanzar un full screen del formato 1.1 mantenido hasta ese momento.

En esta película la ecléctica selección del soundtrack, lejos de ser una añadidura sustitutiva, invita a la sinestesia amplificando determinantemente el brío diligente de los actos en pantalla. La música es un partícipe coprotagonista. Complementa aún más el prolífero repertorio de su destreza narrativa. Mommy es hasta el momento la obra mayor lograda del director. Frente a nuestros ojos tenemos un precoz prodigio del cine que pese a su corta edad la frescura revitalizante que aporta al cine el apodado enfant terrible permite dar certeza que su avasallante talento augura continuas experiencias emocionales extraordinariamente filmadas.

 

 

>José Manuel Arriaga. Psicólogo de profesión e insubordinado de vocación, escribe novelas mientras observa clínicamente el mundo a su alrededor. Actualmente dirige un largometraje documental e incursiona en la poesía y el teatro.

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