Misofagia

Por Alfredo Padilla

 

Existían en Mesoamérica tres tipos de canibalismo que podían ser calificados según el lugar que ocupaban dentro del grupo los seres humanos que iban a ser consumidos. Existía el endocanibalismo, que se caracterizaba por comer sólo a personas del mismo grupo; el exocanibalismo, que indicaba el consumo de forasteros y el autocanibalismo, que significaba ingerir partes del propio cuerpo. Yo practico la misofagia, que es el deseo o la necesidad que tienen los hombres de tener una mujer, pero en una apetencia equiparable a la de comer.

Fiel a mis costumbres sólo como hembras inteligentes y perspicaces, que en estos días de Internet y paliativos son irremisiblemente difíciles de encontrar. En verdad no existe relación directa entre el IQ y el sabor de la carne; la hay quizá en la exaltación, que a su vez tiene que ver con el gustillo que interpreta el cerebro, pero no con el registrado por las papilas gustativas; eso decae en una perturbación del gusto, y no creo que sea mi caso. Cuando yo ingiero carne de mujer, mis papilas liberan una sustancia llamada adenosina trifosfato, una especie de neurotransmisor que activa mi sentido del gusto; en todo este proceso, una proteína llamada modulador homeostático de calcio 1 funciona como un canal que libera suficiente adenosina para percibir lo salino de la carne de la hembra, un sabor muy similar a la sangre de cordero; puedo percibir entonces la edad, el tipo de alimentación y las condiciones de almacenamiento que yo mismo le otorgué. Al final, un ligero sabor metálico como consecuencia de su contenido en hierro, y es ahí cuando llega la eyaculación.

¿Significa progreso el que el antropófago coma con cuchillo y tenedor?, preguntaba al aire el poeta Stanislaw Jerzy Lec. El progreso es la realización de las utopías, le respondería un afeminado Oscar Wilde, y mi utopía es el canibalismo. La gente cambia, la luna tiene más cráteres que en un principio y hay más iPhones que personas en el mundo, ¿por qué no debería yo apegarme a los utensilios contemporáneos para conquistar y asesinar? Rudy Eugene utilizó la Biblia y la sobrevalorada Vida de Zoé para devorar rostro y nariz del indigente Edward Poppo en 2012. Nicolas Cocaign utilizó unas tijeras industriales a través de la rabia para propinarle docenas de pinchazos en el pecho, cuello y espalda a su víctima. Y como no estaba seguro de si había muerto, buscó un saco de basura y lo asfixió, cogió una cuchilla de afeitar y le abrió el pecho. Según sus testimonios, metió la mano creyendo que estaba tocando el corazón, pero, como le dijeron más tarde, lo que cogió fue un trozo de los pulmones. Cocaign lo hizo por curiosidad, según él, quería conocer el sabor de la carne humana.

Fritz Haarmann utilizó un hacha de partir carbón ayudándose de una sierra de carnicero para desmembrar 50 cadáveres que él mismo convirtió en “perros calientes” y que después vendería en la estación de ferrocarril en la que trabajaba. Jeffrey Dahmer violó, asesinó, bebió la sangre y se comió –entre otras partes del cuerpo– los cerebros de 17 jóvenes, tras sentir que pasaban a ser permanentemente parte de él, aparte de la curiosidad de saber cómo eran por dentro. Henry Heepe mató a su madre de 77 años y cocinó un guiso con ella. George Hasselberg confesó haberse comido las entrañas de su amante octogenario; al ser interrogado declaró: “Jamás pensé que podría haber llegado a este extremo”. Filita Malishipa, de Zambia, fue condenada a seis meses de prisión tras confesar haberse comido a 7 de sus hijos con la ayuda del “Demonio”. Ustedes disculparán las apologías, pero es que me excita en demasía narrar estas historias. Yo utilizo la lujuria y el Facebook para manipular a mis víctimas, ese progreso con hipo que es la red social.

Conocí a Alejandra en 2011, tras enviarle una solicitud de amistad que aceptó al instante. Nos hicimos amigos de madrugada, frente al monitor. Yo escribía desnudo, ella en pijamas sugerentes de dibujos animados. Pocas veces activaba su cámara en Skype, pocas veces la vi desnudarse, incontadas veces lo hice yo, ella tenía una cara entre horror y excitación.

Platicábamos acerca de cine, ya saben, usualmente de cintas populares, de esas que se ven comiendo palomitas en casa o acompañado de tu pareja en las salas de cine. Yo hablaba sobre Cannibal holocaust de R. Deodato, ella sobre la maquillada y sobrevalorada The silence of the lambs. Yo conversaba sobre Thomas Harris, y aquel Doctor regiomontano llamado Alfredo Ballí Treviño y quien fuera la inspiración detrás de Hannibal Lecter. Habitualmente ella me enviaba links que contenían canciones de Led Zeppelin o Pink Floyd, y hablaba de ellas como si fueran el santo grial de todas las bandas. Por mi parte yo enviaba tangos, o le desplegaba el existencialismo latinoamericano explicado en un bolero ranchero. Ella se mostraba icónica e indiferente, yo solo escribía.

Recuerdo bien hablar sobre aquel bolero titulado Sombras, que interpretaría Javier Solís, pero que fue compuesto para Blanca Rosa por José María Contursi. Escribía fragmentos de la canción en disímiles ventanas de chat: “Quisiera abrir lentamente mis venas / mi sangre toda verterla a tus pies / para poderte demostrar que más no puedo amar / y entonces morir después”. Ella reía en forma de emoticón, yo rompía en llanto gracias a mi TLP, y no había link que pudiera curarme.

No asesiné a Alejandra, si es lo que están pensando, o burdamente, “no me la comí”. Le estaría haciendo un favor, y yo no soy complaciente, soy en todo caso un horrorista. Aunque mis dientes, lengua, estómago y pene me lo pidieran a gritos, no me la comí, sería demasiado bondadoso el acto de hacerlo. Nos vimos solamente una vez, en un café chocante, y me sentí tan insulso que quise azotar su cabeza contra la pared, pero me contuve. Sería yo tan estúpido.

Recién paso por una depresión, además del TLP, el trastorno de personalidad, o la bipolaridad. Ya he probado de todo: Tafil, Sertralina, Onlanzaprina, Epival, Concerta y Rivotril. Se me ha inhibido el apetito y mi misofagía se ha diluido casi por completo. Soy Nabal y deseo ser devorado.

 

*Ilustración: “Cannibal” por Ksenia Panteleeva

>Alfredo Padilla es narrador, periodista cultural y orgulloso papá de André. Estudió comunicación en San Luis Potosí. Escribe sobre literatura, música y cine para varias revistas y periódicos del país. Ganador del Premio Manuel José Othón de Narrativa 2014. Twitter: @_PadillaAlfredo

Autor: administrador

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