Méjico

Una playa de Veracruz, 1946

Por Antonio Ortuño *

 

Al abrir los ojos tuvo que ver al gordo. Enrojecido por el sol salía de las aguas, chorreante como un Neptuno, una capa de pelo cano, hirsuto, recubriéndole el cuerpo y afeándole brazos y espalda. El calzón de baño negro no lograba contenerle el blando animal del abdomen. Lo escoltaban dos muchachas sonrientes; el gordo les hacía afirmaciones tajantes, inaudibles a la distancia: las muchachas aplaudían. El día en la playa era cálido y ventoso, ideal para los bañistas. Infernal.

— ¡Pero si ahí está el rey del exilio!— gruñó María y lanzó al gordo la mirada más rencorosa de su arsenal — ¡El hijo de puta! ¿Lo ves, Yago? Nuestro rey. ¡Míralo!

Yago debió contorsionarse, arrastrándose sobre la pierna medio inútil y seca, para obedecer a su esposa. Miró a don Indalecio Prieto, honorable presidente de la Junta de Ayuda a los Republicanos Españoles, con el tibio asombro de quien ve materializarse un retrato del periódico. Le pareció más hinchado que en los últimos cromos que había visto de él, mucho tiempo atrás, en un ABC.

—Y qué importa.

Volvió a recostarse y ocultó el rostro en la toalla. Prefería mirar las piernas de su esposa o el cielo antes que el vientre invencible de don Indalecio. O, mejor: mirar nada, pensar nada, escuchar el redoble de olas grasientas y dormir al sol.

Los niños se habían fijado en el gordo, quien, ahora, ponía los brazos en jarras e infligía algún bondadoso reclamo a sus acompañantes. Lo señalaron. María les ordenó que regresaran a la sombra del toldo: les estaba prohibido acercarse al agua hasta que no hubieran pasado tres horas desde el desayuno y el decreto tenía apenas veinte minutos de promulgado.

—Deberías ir—sugirió ella —Dile algo. In-ven-ta-lé, Yago. Dile que eres gente de Franco y verás que se caga… Dile que su Junta de mierda no hizo nada por nadie, que no ha sido para darnos una puta lata de leche— la rabia le detuvo la voz.

Y una mierda de Franco, quiso replicar Yago. La pereza lo contuvo. No le hablaría a don Indalecio. Para qué. Pero tampoco dormiría: María no iba a permitirlo. Se talló el rostro contra la toalla alquilada y se puso de pie con dificultad. La cojera, siempre la cojera. Se encimó la camisa y el sombrero de paja que había comprado la mañana anterior, al llegar a Veracruz.

—A caminar— les dijo a los niños.

María se recostó en la toalla, crispada estatua, y estiró las piernas. Los dejó ir.

Sus piernas, pensó Yago. Por sus piernas nos jodieron los fascistas de mierda y los comunistas de mierda, los franceses hijos de puta y los tipos del barco, todos los locos en España, Santo Domingo y Méjico. Por ellas, el hambre y la metralla que me arruinó. Pero, quizá, de no ser por sus piernas habría sucedido algo peor y estaría muerto, sepultado bajo dos metros de jodida tierra. Allí está, echada, como Helena de Troya: el cuerpo tibio por el que hui de la guerra.

Yago tomó a la niña del hombro y se apoyó en ella a modo de bastón. Al niño lo dejó trotar por delante, como un perrito que paseara. Era domingo y decenas de bañistas habían desnudado sus cuerpos al sol. Carnes en exhibición, sí, pero con el recato propio de la moral mejicana.

Debieron esquivarlos en un zigzag cansino, secuela de la maldita cojera, porque los niños querían acercarse al agua. Pero permitir que se mojaran los pies significaba alejarse de la mirada de María o enfrentar su ira. La playa estaba abarrotada, sucia, el olor a pescado revolvía el estómago. A Yago no le gustaba el mar ni sabía nadar. La última vez que había tenido el agua hasta el cuello fue en mitad de una escapatoria. Una más. El agua le traía mala suerte. Siempre. Mala suerte, pésima.

Tardó en reconocer al tipo.

Yacía a la sombra de un toldo, camisa de manga corta, como exigía el protocolo del sol, pantalones de calle y zapatos. Fumaba y lo miraba sin comodidad. Y sin pausa. Rubio y mal rasurado, con el aire rapaz de siempre, Benjamín Lara jugueteaba con una pistola, armado incluso en aquella improbable playa de Veracruz.

Yago alcanzó toscamente a los niños y los retuvo. Fue una torpeza: ellos notaron su temor y se alarmaron. Lara se puso en pie con cansancio. Se guardó la pistola en los pantalones con alguna flema, como quien se enfunda el miembro luego de orinar. Yago jaló a los niños hacia su espalda, las piernas bien abiertas para evitar que algo repentino los atacara. Como si pudiera, el cojito, protegerlos de lo que fuera.

—Qué tal.

Lara increpaba con la mirada. Los ojos limpios. La quijada en reposo. Un vestigio de labios, otro de barba en las mejillas.

—Y tú eres el que cuida a Prieto o qué. ¿No estás ya con los comunistas?— respondió él.

Lara inclinó la cabeza para asentir y luego se encogió de hombros. Había estado con mucha gente antes y estaría con mucha más, declaró. A unas docenas de pasos, Indalecio Prieto, el honorable presidente de la Junta de Ayuda a Republicanos Españoles, saludaba a una pareja de veracruzanos sonrientes, mofletudos como él, rodeados todos por unos españolitos asilados, escuálidos y mugrosos.

—Y qué sabes de tu hermano, dime— Lara dejó que el cigarro le colgara del labio inferior con el aire canalla que procuraba.

—Nada. ¿Tú?

Por respuesta, un bufido que había que entender como risa.

—Y qué coño voy a saber. Que se robó el oro que llevábamos a Barcelona y que, si llegamos a verlo, le metemos dos tiros.

—Ya. Pues eso sé yo.

Yago supo que los niños comenzarían a asustarse de verdad si prolongaba el encuentro. Los hizo caminar y se acercó a la vez a Lara, sosteniéndole la mirada para que no tuviera tiempo de fijarse en ellos.

—Lo saludo, si lo veo.

—Claro. Y a la parienta, recuerdos, ¿eh?

Las sombras alargadas en la arena: espadas entrecruzadas.

Yago arreó a los niños y se alejó. Caminaría unos metros y luego giraría en redondo para buscar a la María. Mejor irse antes de que su enemigo se desembarazara del honorable don Indalecio y tratara de seguirlos. Lo urgente era dejar atrás al tipo, su silueta armada. Pero había vuelto a la sombra. Ni siquiera se esforzó en cazarlos con la vista. No había que ser un genio para averiguar que sonreía.

Un pájaro, pequeño y desplumado, cruzó el cielo y se posó en mitad de la playa. Yago se afanó en desandar el camino. La cojera, la pierna demasiado lenta para defender a nadie. A unos pasos de la María se atrevió a observar a los niños: cuatro ojos redondos le devolvieron la mirada.

—Es Lara. El de Madrid— la niña ya tenía edad suficiente para recordar la historia, mil veces referida.

María los esperaba, de pie. Había empacado las cosas y devuelto las toallas a la caseta, lista para la escapatoria. Su mirada era aguda, decididamente.

 

Méjico_novela_Antonio Ortuño

 

 

Fragmento de la novela “Méjico” de Antonio Ortuño (Océano, 2015). Agradecemos a la editorial las facilidades otorgadas para su publicación.

Autor: administrador

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