Me voy a tirar sin pedir permiso

 

 

Por Alfredo Padilla

 

Charly lo hizo el 3 de marzo del año 2000 en las instalaciones del pomposo hotel Aconcagua, en Mendoza, Argentina. Se encontraba en el noveno piso, a 20 metros de altura sobre el sector de una pileta con tres metros de hondo –a medio llenar- como le señalara un joven bañero siete pisos más abajo. Eran las 12:30 hrs cuando García se instaló en el balcón, enfundado en unas mallas rojas, drogado hasta el culo, acicalado como una geisha y flanqueado por un par de muñecos -una repisa para CD con una cabeza de gato siamés y un inflable del gato Silvestre- próximo a saltar.

Primero comprobó la elipse que ejecutarían los dos muñecos al volar. Examinó el impacto de los objetos al desplomar sobre el escaso bloque de agua: el gato de madera golpeó el costado de la piscina y se quebró, el inflable de Silvestre descendió en medio de la pileta. Por último, el aire sería cortado por el descarnado cuerpo del flaco, quien aleteaba queriendo sortear la corriente que parecía hacerlo volar. Cayó de espalda casi sentado y subió a la superficie como si nada hubiese pasado. Pidió Coca-Cola con hielos y respondió a un par de preguntas que le hicieron los medios: “Esta es la primera cosa deportiva que realmente estoy disfrutando”.

Durante mucho tiempo no pude dejar de ver aquel video del demoledor de hoteles saltando desde el noveno piso. Sin alcoholizarme, a la postre, me producía una especie de exaltación etílica, de fruición axiomática. Codiciaba aquella zancada, me imaginaba a mí mismo surcando por los aires con nada más que alcohol en el cuerpo, whisky y un par de porros para afinar el espíritu. Un salto que me hunda en el agua y me despeje la cabeza de los problemas cotidianos, los trabajos cutres y las preocupaciones frecuentes. Vencerme en la pileta, librarme y volverme a hundir, cada vez más hondo.

Ahora, cuando me encuentro en el borde de una terraza en un hotel tedioso, y el reflejo del sol en el agua denuncia la existencia de una piscina, lo pienso irasciblemente. Arrojar el ventilador, el televisor o la computadora portátil; estudiar su vuelo, su holgura, su caída para después llenarme de valor y brincar de una buena vez. Pero nada, una frecuencia, la nota de una canción, el gemido de una mujer, un par de copas al chocar me regresan de vuelta a la realidad y a mi pesimismo.

Sé que lo voy a hacer con piscina o sin ella, de 10 a 30 metros, con whisky o mezcal. Brincaré y será un salto homérico, fuera de las circunstancias, inmediato; entonces sonará como cameo aquella canción, la corearé en el aire, besando la tempestad: “Me voy a tirar sin pedir permiso / Me voy a tirar al mar / Me voy a tirar aunque sea por vicio / Me voy a tirar igual”. Y aunque el hombre no puede saltar fuera de su sombra, sí es posible saber -como lo dijo Oscar Wilde- que la única forma de vencer una tentación es dejarse arrastrar por ella.

 

> Alfredo Padilla es narrador, periodista cultural y orgulloso papá de André. Estudió comunicación en San Luis Potosí. Escribe sobre literatura, música y cine para varias revistas y periódicos del país. Twitter: @_PadillaAlfredo 

 

Autor: administrador

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