Manga de Clavo

 

 

Por Leopoldo Silberman

 

Hace un par de años decidí tomar unas vacaciones en Xalapa con el clarísimo objetivo de visitar la Hacienda del Lencero, que fuese propiedad de don Antonio López de Santa Anna. Ilusionado, ni la maravillosa capital veracruzana, ni los pueblos mágicos que la circundan me desviaban del propósito original: recorrer los pasillos que alguna vez recorriera el Héroe de Tampico. Llámenlo obsesión boba de un historiador, pero ahí estuve feliz en el momento en que comencé el recorrido. Una hacienda pequeña pero muy bien conservada, con un pequeño lago, una capilla, jardines de exuberante naturaleza y en general un ambiente muy tranquilo, el idóneo para pasar un largo descanso (como aquellos que se tomaba don Antonio cuando se cansaba de sus propias intrigas). Pero me quedé con ganas de conocer Manga de Clavo, la segunda y la más famosa de sus propiedades y de la cual apenas y sabía que se encontraba en ruinas. La había visto en libros, la había conocido en fotos circulando por la red pero no había tenido la fortuna de visitarla. Y había dejado pasar un muy largo rato, tanto que debo confesar había olvidado mi propósito.

Al no saber cómo tomar el camino del puerto de Veracruz a la ciudad de Xalapa, opté por la fácil ayuda de Google Maps. La vocecilla española me fue llevando por calles y calles hasta que me encontré en una encrucijada en la cual se me sugería tomar la derecha mientras que mi lógica me llevaba de frente: a la derecha, un letrero señalaba “A Boca del Río”. De frente, otro más me indicaba “A Xalapa”. Así que hice caso omiso de la española y manejé de frente. El resultado: en vez de tomar la autopista, tomé la hermosa (y larguísima) carretera federal. Es decir, la libre. Y conduje y conduje mientras el paisaje y el clima iban cambiando. Eran días de “norte” y el cielo amenazaba con lluvia en todo momento. Recordé que por esos parajes debía estar la hacienda de Santa Anna. En algún sitio llamado “algo” nacional. Mhhh… No recordaba.

Y ahí estaba: Puente Nacional. De inmediato bajé la velocidad y comencé a orillarme. Un letrero enmohecido indicaba el camino de terracería que llevaba a una propiedad del siglo XVIII que había pertenecido al malogrado personaje veracruzano. Estacionamos el auto justo en medio de las ruinas, cubiertas de follaje y desoladas. Una señora se cruzó en nuestro camino. Un señor más caminó como nosotros en mitad de la derruida construcción. Y una bandera enseñoreaba el lugar, único rastro de aquello que alguna vez simbolizó ese sitio. Ahí, durante décadas se decidió el destino nacional. La apuesta eterna de don Antonio se jugó en Manga de Clavo, donde se planearon golpes, se narraron batallas, se pensaron los destinos unidos a los de la patria (que en esos días se construía). Y nosotros sólo observamos desolación. Ni una placa. Ni un letrero. Sólo naturaleza muerta y las sombras de un México que quedó en el olvido.

 

Las ruinas de la hacienda de Manga de Clavo, el espacio favorito de la "Alteza serenísima". Foto: Leopoldo Silberman.

Las ruinas de la hacienda de Manga de Clavo, el espacio que fuera el favorito de la “Alteza serenísima”. Foto: Leopoldo Silberman.

 

>LEOPOLDO SILBERMAN. Escritor. Historiador. Director teatral. Promotor cultural. Mexicano convencido. Nacido en otro siglo (un poco más turbulento, más épico y menos corrupto). Twitter: @POLO_SILBERMAN Facebook: Leopoldo Silberman