Los Malditos

CAPÍTULO 4 Los Caníbales

Por J. Jesús Lemus *

 

Juan Sánchez Limón era jefe del cártel de Los Zetas en Guana­juato, San Luis Potosí, Aguascalientes, Zacatecas y Jalisco; formaba parte del comando superior que acudía a reuniones de trabajo con Heriberto Lazcano, a quien conoció cuando los dos iniciaban su trayectoria castrense en el Colegio Militar.

—¿Entonces tú eras gafe [Grupo Aeromóvil de Fuerzas Espe­ciales] y allí fue donde conociste a Lazcano?

—Sí, lo conocí cuando íbamos al Colegio Militar y luego lo perdí de vista, pero me contactó cuando ya era yo teniente. Me encontraba asignado en Durango cuando me llegó la invitación del Lazca para sumarme al grupo que estaba organizando, por ini­ciativa de Osiel [Cárdenas Guillén].

—¿Y te animaste sin pensarlo dos veces?

—Así como va; no tienes mucho que pensarlo. En el eje [ejér­cito] ganaba 8 mil pesos al mes, y cuando El Lazca me invitó me ofreció 10 mil pesos a la semana… ¿qué le piensas?

—¿Desertaste?

—No, güey, le pedí permiso al Estado Mayor —dice en tono irónico, soltando una risita entre dientes—. Claro que deserté, ya no hay vuelta de hoja cuando te decides a un jale de esos, y El Lazca me lo advirtió, me lo dijo claro: se trataba de una tarea de vida o muerte. Yo pensé que era una guerrilla, pero cuando me explicó que era narcotráfico, me dio risa.

—¿En dónde te entrevistaste con El Lazca?

—Después de que me invitó a través de un amigo mutuo, me citó en un hotel de Laredo; allí estuvimos comiendo y en menos de lo que te lo platico me estaba dando instrucciones para estar dentro del cuerpo de guardias de Osiel Cárdenas Guillén, en el cual me compartió la responsabilidad al lado de mi compita El Hummer [Jaime González Durán].

—¿Tú eras el encargado de la seguridad de Osiel Cárdenas?

—Eso fue sólo al principio, cuando aún Los Zetas éramos úni­camente el ejército del cártel del Golfo…

—Pero El Lazca era jefe de seguridad de Osiel, ¿no?

—No, él nunca fue jefe de seguridad de Osiel, siempre estu­vo a su lado como consejero, como el hombre de sus confianzas, como el responsable de hacer trabajos especiales para el patrón, pero no fue nunca su soldado, en ese papel estábamos otros.

—¿De qué trabajos se encargaba El Lazca?

—De los de más confianza, de los que sólo una persona con la capacidad que tiene El Lazca puede hacer.

—¿Ejecuciones?

—No, más bien encargos de negociaciones, de dinero, de con­tactos de hablar con la gente del Ejército y del gobierno para po­der trabajar bien en la región.

—¿Era como un negociador?

—Más bien… sí, como alguien que llega con toda la autoridad del patrón para hacer acuerdos de dinero y de trabajo.

—¿Cómo era El Lazca en el trato con ustedes, su gente?

—Es un tipo a toda madre. No anda con chingaderas, es estricto pero benevolente. Muy inteligente, tiene una memoria fotográfica, no se le olvida nada y nunca deja a nadie sin darle una respuesta al favor que le pide. Él sabrá cómo le hace pero siempre apoya a su gente. Yo nunca he visto que deje abajo a alguien que le pide un fa­vor. Por eso la gente lo quiere y lo respeta un chingo. Por eso nunca lo van a agarrar, porque la gente lo cuida y primero cae muerto uno que poner al comandante.

—¿Es cierto lo que cuentan de él, que posee un rancho en Laredo, en donde tiene leones y tigres y allí arroja vivos a sus enemigos?

—Ay, pinche periodista, tú y tus mamadas —dice en medio de una risita que apaga de inmediato para no hacer enojar al guardia del diamante, que ya dos veces nos ha gritado que guardemos silencio—, todo es imaginación de la gente, no pueden ver a un hombre que crece dentro de la sociedad porque luego lo hacen mito. Al rato van a decir que se come vivos a los niños.

—¿No es cierto entonces lo que se cuenta del Lazca?

—Sé que tiene un rancho con un zoológico, pero no he sabido que aviente a sus enemigos a los leones; a esos más bien los ejecuta en forma rápida. A sus enemigos más bien se los come él.

—Los tortura mucho…

—No, se los come. Lo que es comer. Tragar pues, para que me entiendas.

—¿Come carne humana El Lazca? —pregunto dudando a to­das luces de la veracidad del comentario.

—Lo he visto.

Portada del libro Los Malditos, de J. Jesús Lemus.

Portada del libro Los Malditos, de J. Jesús Lemus.

—¿Tú has estado en reuniones donde El Lazca ingiera proteína humana?

—He estado en reuniones en las que luego de enjuiciar a alguien y sentenciarlo a la pena de muerte, antes de ejecutarlo le ordena que se bañe a conciencia, incluso que se rasure todo el cuerpo, y lo deja que se desestrese por unas dos o tres horas; hasta les daba una botella de whisky para que se relajen mejor. Después ordena su muerte en forma rápida, para que no haya segregación de adrenalina y la carne no se ponga amarga ni dura.

—¿Y a poco tú también has comido carne humana? —le pre­gunto acosándolo un poco.

—Sí —contesta enfático, sintiendo mi incredulidad—, cuando he estado en reuniones con El Lazca; como en tres ocasiones comí carne humana.

—¿Cómo preparan la carne para comerla?

—He visto que al Lazca le gusta comerla en tamales y cocida en limón, en tostadas, como si fuera carne tártara.

—¿Qué parte del cuerpo es la que se come? —pregunto asombrado por el curso que ha tomado mi interrogatorio.

—Sólo la nalga y el chamorro; de allí se sacan los bistecs para preparar la comida. Una vez estuvimos en una reunión en la que juntó a toda la gente; fue en una posada que se hizo en Ciudad Victoria, y esa vez se mandó hacer pozole y tamales. Los que colaboraron con la carne fueron tres centroamericanos que se pasaron de listos. A mí me tocó ver cómo los prepararon para ponerlos en el pozole y en los tamales.

—¿Todos los que estaban en la reunión le entraron a la comida de carne humana?

—Todos sabían que era carne humana y yo no vi a nadie que le hiciera el feo al pozole ni a los tamales; incluso los militares que llegaron a la reunión, invitados por El Lazca, le entraron con mucho apetito.

—¿Hubo militares en esa posada?

—Sí, casi siempre que había festejo con toda la gente del cartel llegaban autoridades del Ejército con las que se estaba en negociación o con las que se tenían acuerdos para trabajar. Por lo general siempre había un general o por lo menos nos mandaban un coronel para que diera los premios a los muchachos que mejor se desempeñaban.

—¿A poco daban reconocimientos en esas fiestas?

—En la fiesta de fin de año siempre se daban incentivos y regalos a la gente que mejor había desempeñado su función.

—¿Qué tipo de incentivos?

—Se daba desde un reloj, una cartera, hasta una pistola o algo de dinero, dependiendo de los trabajos que la persona llevó a cabo. Pero cada año, a cada uno de los jefes de plaza regional se les entregaba una medalla de oro, con una zeta en el centro. Es una medalla que se hace en un centenario, y que tiene 19 diamantes dentro de las estrellas que rodean a la zeta, en alusión a cada uno de los 20 zetas que están en la estructura de mando del cártel.

—¿Entonces Los Zetas funcionan como una empresa normal, en donde se protege y se incentiva a los trabajadores de base?

—Mejor que cualquier empresa —ataja emocionado—; somos una organización eficiente, puntual y exacta en los encargos que se nos hacen: desde el trasiego de drogas hasta la eliminación de los contrarios.

—¿Por qué son mejor que una empresa normal?

—Porque en una empresa común no te dejan crecer, te tienen muerto de hambre y los salarios están pa’ la chingada. Acá la cosa es distinta. Cada uno de los zetas tiene un sueldo seguro, vacaciones cada tres meses, servicio médico de primera para él y su familia, préstamos y seguro de vida por dos millones de pesos, más una pensión para la familia y los hijos, cuando se muere en combate o toca cárcel.

—¿A ti te pagan mientras estás en la cárcel?

—Me pagan, le dan una pensión a mi familia y me pagan el abogado. El cártel se hace responsable de mis gastos familiares hasta que salga de la prisión.

—¿En todos los cárteles son así las prestaciones para la gente que trabaja con ellos?

—¡No! ¡Qué te pasa! Hay cárteles muy méndigos, como el del Chapo Guzmán, en donde sólo los jefes de plaza tienen prestaciones buenas, porque al resto de la gente la tienen siempre con hambre, dándoles de comer una sopa Maruchan al día o unos tacos de cabeza en la noche. El Chapo paga a cada jefe de plaza sólo dos mil pesos a la semana y por eso los batos tienen que sobrevivir y se dedican a la extorsión, al robo y al secuestro. Nosotros no hacemos eso.

—¿Entonces la disposición de un buen trato a la gente que trabaja en el cártel de Los Zetas viene desde El Lazca?

—Claro, siempre ha sido él quien ha visto por la raza de abajo; él como buen soldado no deja sola a la gente que está en la primera línea de combate y que se parte la madre por hacer bien el trabajo.

—¿Desde cuándo conoces al Lazca?

—Ya hace rato que tengo de tratarlo. Casi siempre estuve en la misma compañía en la que él estuvo durante los siete años que permanecimos en el Ejército. Según me contó él se dio de alta ahí a los 17 años de edad [5 de junio de 1991] y se dio de baja a los 24 años con el rango de teniente de infantería [27 de marzo de 1998].

—¿El Lazca fue fundador de Los Zetas?

—A mí, como a muchos de los que estábamos en el mando de la organización, fue él quien me invitó a trabajar para formar parte del ejército del cártel del Golfo, pero dicen dentro del cártel que El Lazca fue invitado inicialmente a esa organización por Arturo Guzmán Decena, al que se le conocía como Z-1, que era el jefe de escoltas de Osiel Cárdenas Guillén.

—¿Entonces el jefe de Los Zetas era Arturo Guzmán Decena?

—No, fíjate lo que te estoy diciendo: el que invitó al Lazca a formar parte de Los Zetas fue Arturo Guzmán Decena, pero en cuanto Lazcano llegó con Osiel Cárdenas, luego de ver su capacidad dio la orden de formar un grupo de soldados a su mando de élite para las tareas especiales, que eran desde cuidar al patrón hasta hacer trabajos de ejecución de enemigos del cártel. El que siempre ha tenido el control de Los Zetas es Lazcano.

—Entonces el mero chingón es Lazcano, porque la Procuraduría General de la República (PGR) dice en los periódicos que el Lazcano está a las órdenes de Miguel Treviño, el Z-40…

—Pos la PGR dirá misa, pero la realidad es que el mero chido de Los Zetas es el Lazcano, porque él está por encima del Z-40 [Miguel Treviño], del Hummer [Jaime González Durán] y del Cachetes [Daniel Pérez Rojas], que vienen siendo así como su estado mayor, y debajo de ellos está toda la gente, todos los jefes de plaza y encargados de cada región.

 

> Adelanto del libro Los Malditos, de J. Jesús Lemus (Grijalbo, 2013). Agradecemos a la editorial las facilidades otorgadas para su publicación.

Autor: administrador

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