Los fantasmas de Victorio Drogorio

 

 

Por Tristana Landeros*

 

Victorio Drogorio se retorcía en la cama, ya sin gritos ni jadeos, se le había acabado la fuerza. Esperaba su muerte, tendido, postrado entre sábanas apestosas y llenas de excremento y orina, señal inequívoca de que el cuerpo, su propio cuerpo, había dejado de pertenecerle y la enfermedad lo reclamaba como tributo largo y doloroso para cubrir la cuota de la vida.

Ahogado por el resentimiento y la injusticia, no debía morir de esa forma, no a los treinta y ocho años. Pero los pellizcos diabólicos continuos que lo atosigaban, reclamándole faltas previas, hacían que fuera preferible dejar de respirar.

Pensaba en sus dos hijos, Yin y Yang, hombre y mujer, menores de cinco años, ¿en qué momento especuló con su existencia? ¿Por qué tuvo hijos? ¿Para someterlos a un abandono gradual hasta dejarlos desamparados por completo? Su mujer, cansada de cambiar sábanas sucias, comprar pañales, ir y venir al médico, observar el deterioro de su cuerpo junto con el de su concubino, decidió irse, agarró de la mano a las crías y mejor se regresó a Chiapas, de donde no debieron salir.

Todo comenzó con una probable apendicitis, ese dolorcito que impide que apoyes por completo tu peso en la pierna izquierda. Victorio tenía un tufo con olor a manzana oxidada, se lo decía su mujer, y a él le valía, cosas peores le había olido ella en el cuerpo y no se había quejado previamente. La punzada se volvió mordida y las mordidas, puñetazos al vientre. Habían pasado un fin de semana de tachas caciqueadas, sound system y cheve azorrillada, una rutina que seguían fielmente desde los veinte años hasta ese día. “Pero antes tomábamos agua loca y lo cambiamos por cerveza, la cheve no hace daño”, repetían continuamente. Así que cuando la resaca se volvió insoportable, Victorio rengueando fue al doctor.

El gesto de asco al revisarle la boca confirmó lo que su mujer había notado. “Su aliento huele a manzana oxidada”, dijo el médico y le levantó la playera para revisarle el bajo vientre ahora ya inflamado. Los dedos se sumían en los pellejos flacos y Victorio gritaba por la tortura, completando así el cuadro médico. “Probable apendicitis. Llame a sus familiares, que lo lleven a urgencias, le voy a dar la orden para transferirlo a cirugía, tiene que ser hoy por la noche”, ese fue el dictamen, confirmación de una sentencia que había empezado a cumplirse.

La apendicectomía fue laparoscopia y ahí se vio la porquería que Victorio cargaba consigo en las entrañas, el apéndice estaba bloqueado por heces fecales. Al removerlas encontraron un tumor, lo que ocasionaba el estreñimiento continuo de Victorio, pretexto para probar toda la gama cromática que existía en las anfetas. El cirujano alarmado creyó ver rasgos humanos en los órganos internos, sí, algunas caras malévolas de minúsculas dimensiones habitaban el intestino grueso de Victorio.

La rehabilitación post-operatoria no fue tal, más estudios, tomografías, murmuraciones entre médicos, vientre hinchado y un dolor infernal. Sí, Victorio no tenía duda, demonios habitaban su cuerpo y el campo de juegos era su estómago. Por las noches la fiebre subía y entonces soñaba, un viaje introspectivo muy diferente al que le provocaba el elesedé. Los fantasmas de su interior se manifestaban y le reclamaban la vida pasada llena de abusos, crueldad, negligencia y muerte.

Por ahí vio a los primeros campesinos indígenas que mató, un par de borrachos ocasionales que le gritaron piropos a su novia adolescente por la calle, Victorio se sintió ofendido y los siguió varios días hasta la siguiente parranda, donde los atrajo con alcohol de caña, los derribó y ató para golpearlos, patearlos y posteriormente tirar sus cuerpos al río Cuilco. Las autoridades no atendieron la búsqueda de esos dos hombres y hasta la fecha sus familiares los buscan sin resultados.

El rostro aniñado de Anairda, su novia por diez años, aparecía entre las imágenes más feroces, mordisqueando sus intestinos hasta arrancarle pedazos y dejándolos en carne viva. Había ahogado a Anairda en un tinacal de pulque cuando viajaban por Puebla, iracundo, celoso y borracho; combo detonador para golpear una y otra vez a la novia con la que no quería casarse. El único error de la chica fue confesarle que se había tirado a su mejor amigo… en su casa… en la cama que compartían. Victorio no le creyó, hasta bromeó sobre los rumores de impotencia del su casi hermano, Anairda le siguió la cura y rió también, lo besó probando la baba del pulque de su boca, se sintió perdonada, aliviada y siguieron el recorrido hasta llegar a una hacienda semi derrumbada, ahí Victorio Drogorio enfrentó a su novia y la golpeó con el puño cerrado, acostumbrada al maltrato, ella ya no trató de defenderse, lo que enfurecía más al joven, en ese entonces, Victorio; la agarró de los cabellos y la arrastró de una hacienda a otra que servía de tinacal. Anairda gritaba pero la lluvia y la madrugada no ayudaron en su defensa, ahogada en el aguamiel apareció al día siguiente y Victorio había desaparecido, dejando los remordimientos en Puebla sumergidos junto con la novia.

Huyendo llegó a Tamaulipas, donde trabajó en lo que se podía para sobrevivir y un mal día ayudó a construir una zanja en San Fernando, sin preguntar sólo estiró la mano para recibir la paga junto con otros cuatro hombres con el compromiso de regresar en unos días a cubrir lo que habían destapado. Decenas de cadáveres, en su mayoría de hombres, tirados como basura yacían sin mirar el sol, Victorio los cubrió lo más rápido que pudo con paladas de tierra, en silencio, en alerta por el miedo de terminar igual que los subterráneos. Ellos se le aparecían en los sueños y ahora vivían dentro de él. “Son fantasmas”, se decía, “no es cáncer, son los puros fantasmas que me están comiendo por dentro”.

El doctor le pidió que dejara sus supercherías y se sometiera a quimioterapias, pero Victorio necio lloraba en silencio como única forma de pedir perdón a los difuntitos que fue dejando a su paso. Por no encarar su enfermedad a tiempo, perdió el intestino grueso por cachitos, desde el apéndice hasta el recto. Los fantasmas lo mordisqueaban por dentro, decía, se vengaban de él. Hasta que falleció a sus treinta y ocho años pesando sólo cuarenta kilos, solo, abandonado y revolcado en su mierda.

Ilustración: Alejandro Silva.

Ilustración: Alejandro Silva.

 

*Relato publicado originalmente en PUNKROUTINE#9 “Halloween”. Si les interesa leer todos los números de Punkroutine pueden escribir a punxroutine@gmail.com o seguir sus textos en Punxroutine.

 

>Tristana Landeros. Sangre huasteca, corazón sonorense. Escribe, dirige y enseña teatro. Ahora anda de novedosa escribiendo cuentos para dejar de hacer drama. Su obra Perros Contradictorios devoran mi cadáver sobre músicos underground en México, fue mención honorífica en el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2014, también se reeditará su obra completa bajo el título Dramaturgia a Domicilio. Después de años en el rocanrol, decide escribir su primer libro de cuentos sobre la escena. Forma parte de Teatro en Bici.

 

Autor: administrador

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