Los compadres

Por Tanya Guerrero

 

Yo nunca había matado a nadie. Era un hombre bueno y se rumoraba en el pueblo que si matabas a alguien y el muerto caía boca arriba ¡sólo Dios podía ayudarte! El espíritu del muerto se podía levantar con más facilidad y empeño para perseguir a su asesino eternamente en busca de venganza.

Jamás lo quise creer, pero, por si las dudas, me persignaba todas las noches para que Dios me protegiera de aquellos que andaban vagando.

Hacia ya tres semanas que el compadre se había devuelto para el pueblo. Cinco años antes se lo llevaron a la cárcel, que por disturbios callejeros y faltas a la moral. ¡Qué disturbios ni que nada! El día en que se lo cargaron los del reclusorio, el compadre andaba hasta atrás y gritándole a su mujer a media calle. Anselmo era un argüendero, pero nunca indecente… no, hasta que regresó del bote.

Llegando a la tierra polvosa, su señora lo salió a recibir y el pueblo entero casi se pone de fiesta; y eso que ya había pasado la celebración del santo patrono que ojalá y me esté amparando en este momento. Lueguito que llegó, me vino a ver  para agradecerme las visitas y los cigarros que tantos favores le hicieron en ese lugar del diablo. Y es que sí es del demonio mismo ese lugar. Horas y horas me quedaba yo sin sueño nada más de recordar lo que el compadre me contaba en las visitas: “No’mbre, compadre, aquí a los violadores y asesinos nadie los quiere – me decía – nada más para que me entienda: a los violadores al día que entran se los echan y si bien les va sólo eso.  En estas celdas  todos son  puñales o locos”. 

La mera verdad yo no sabía ni qué creerle. Pero fue precisamente por esas fechas cuando me lo comentaba en las que el compadre empezó a cambiar. Primero, ya no quería recibir visita ni de su mujer ni de sus hijos. La comadre, pobrecita, me pedía que le llevara escondidos los frijolitos que tanto le gustaban a Anselmo. Y esto no paró ahí. El compadre preguntaba mucho por mí: que por qué no lo había ido a visitar, que si estaba yo enfermo. Pero había mucho trabajo acá en la sierra y con eso de las espantadas de la cárcel, poquito a poco se me quitaron las ganas de ir.

Un día la comadre me convenció de acompañarla más seguido, pero el compadre cada vez se portaba más raro. Me preguntaba que cómo estaba yo con mi mujer, que si me satisfacía, que si nunca había tenido sueños eróticos. La vez que hasta me hizo pelar los ojos, fue cuando me dijo al final de una visita que me amaba.

Nunca desconfié de él. No, hasta la noche en que Don Julio le organizó una fiesta a su primogénito en el salón comunitario del pueblo. Ese día también se brindaría por el regreso del compadre.  Yo estaba nervioso y asustado porque el compadre desde que empezó a tocar la banda no me soltaba y cada vez bebía más y más. No le paraba la lengua de quien sabe qué cosas que no entendía. De pronto el compadre me jaló hacia afuera, sólo entendí su balbuceo de “aire fresco”.

Caminamos unos pasos. Todavía se alcanzaba a escuchar la música y los tambores resonaban cual golpes en mis oídos. La verdad yo sí tomé un poco, pero no tanto como Anselmo. Tambaleándose gritó que me amaba y quiso tomarme la mano. A mí se me bajó la peda en un minuto, sólo alcancé a tartamudear “No, yo no le hago a eso”. Me jaló y pues sí que el compadre se había puesto fuerte porque con todo mi empuje yo no me podía soltar.

Me agarró los brazos y me quiso besar la boca, yo me quería zafar a como diera lugar. Estaba muy espantado. Sólo con sentir su aliento inundado de tepache en la cara me dieron ganas de vomitar. Me zafó para quererme manosear y ya no aguanté más. El compadre será el compadre pero esas son mariconerías y yo no era ningún joto.

En mi desesperación pensé en matarlo pero, ¿y qué tal si no caía boca abajo y su fantasma me perseguía para siempre? Todo esto estaba pensando cuando el compadre me tiró al piso y se empezó a desabrochar la bragueta. Fue cuando mis dudas se despejaron y me acordé que desde hacía meses cargaba con una navaja en el bolsillo del pantalón y que sería un maricón y un tonto supersticioso si en este momento no la usaba. Los muertos no pueden perseguir a sus asesinos porque son eso: muertos. No pueden moverse ni andar.

Tome la navaja  y justo cuando el compadre se estaba agachando con el pantalón abajo,  sin vacilar, se la encajé hasta que sentí mi puño tocar sus vísceras. Aunque toda la hoja le había entrado, se la enterré de nuevo en el estómago para asegurarme de que se doblara y cayera boca abajo, digo, por si las dudas.

El compadre palideció y se retorció como un gusano. La música seguía adentro y al parecer nadie se había dado cuenta. Regresé en mí para darme cuenta de lo que había hecho. Tenía que correr. Las piernas no me alcanzaron para llegar lejos y descansé en un árbol. ¿Y si cayó boca arriba? Su fantasma me perseguiría todos los días de mi vida.

Decidí no quedarme con la duda y regresé. No sé qué me pasaba, todo me daba vueltas. En la esquina del salón lo vi: tirado y bañado en sangre. Y la comadre, pobrecita, le estaba llorando a sus pies. Me sentía desfallecer de tanto que latía mi corazón que no me di cuenta de que Don Julio me estaba señalando.

Lo demás es historia. Todo el pueblo se enteró de que había matado a mi compadre del alma. La policía vino por mí para encerrarme esa misma noche; y lo peor de todo es que el compadre no cayó boca abajo: yacía en el suelo sobre su espalda, con los ojos bien abiertos y una gran sonrisa en la boca.

 

Ilustración: "El árbol de las almas" por Lorena Contreras.

Ilustración: “El árbol de las almas” por Lorena Contreras.

 

 

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