Libros y ataúdes

 

 

Por Antonio Ramos Revillas

 

Los velorios. Tema complicado. El dolor por lo general nos paraliza. El tiempo se amotina y los minutos se alargan de más. Adela lo sabe porque lo ha visto en su trabajo dentro de una funeraria en el pueblo de El Porvenir, en Bahía de Banderas, Nayarit. Esas noches cuando hacen guardia en espera de algún doliente, por lo general los ataúdes se venden por la noche, lo único que la acompaña son libros que le han donado o que ha recibido como parte del Programa Nacional de Salas de Lectura y que ahora mantiene en su sitio de trabajo, entre los ataúdes.

Adela Peraza, mediadora de lectura.

Entre libros y ataúdes. Adela Peraza, mediadora de lectura.

Adela había fundado varias salas de lectura, primero en el quiosco de su plaza y después en la playa a la que llegaba con una mesa y sus libros que extendía para que los lectores, por lo general viejos americanos que han hecho del Nayar su segunda casa, se acercaran a leer, de ahí que su sala se llama Adelita La vagabunda. Sin embargo, los libros, que siempre buscan su acomodo, terminaron por llevarla a colocar su sala de lectura en la funeraria en la que trabaja, en una esquina donde también se exhiben los féretros. No tardaron los dolientes de los primeros funerales en escaparse a leer u hojear los libros. Algunos regresaban a solicitar uno en préstamo, como el señor Bello, por ejemplo, pero otros volvían a las sesiones de lectura que ella imparte una vez a la semana. De un lado de la pared se lloraba al ser querido, del otro lado se leía a seres queridos. ¿Qué son sino eso los personajes de las novelas que terminamos?

Una tarde llegó un comprador. Un vecino había fallecido por negligencia médica y necesitaban un ataúd y también la capilla. Adela les dio el servicio. Con los dolientes llegaron también los huérfanos, un chico y una chica, ambos penando ese dolor que nunca más desaparece, el de la pérdida del padre. Después de las primeras horas de ese dolor quieto, la chica se asomó al sitio donde se apilaban los ataúdes y le sorprendió ver una gran cantidad de libros: luminosos, coloridos, libros de formato amplio, libros desplegables o pequeños, ligeras cajitas de papel donde los muertos hablan. Tomó un título y lo hojeó. Se sentó a leer.

Adela supone que en algún momento la lectura la hizo sonreír. Sólo eso puede darle la explicación de que a los días la chica volvió por el libro y lo terminó. Ahora va muy seguido y sigue leyendo. Ese sitio donde despidió a su padre se convirtió también en un sitio de vida. Muchos jóvenes, dice Adela, van y vienen. Se alejan de malos pasos, charlan, toman libros infantiles, los leen ahí en ese ambiente de funerales, pero casi todos salen resucitados, pero de todos nunca olvida a esa chica que se volvió lectora una tarde cuando al momento de despedir a sus padres adoptaba esa otra paternidad que dan los libros y que nunca desaparece.

 

>Antonio Ramos Revillas (Monterrey, 1977). Tiene cuatro libros de cuentos publicados: Todos los días atrás, Dejaré esta calle, Sola no puedo, Habitaciones calladas, y las novelas infantiles Los cazadores de pájaros, Reptiles bajo mi cama e Ixel. La novela El cantante de muertos (Almadía, 2011). Su más reciente libro es La Guarida de las lechuzas (Ediciones El Naranjo, 2013)

 

Autor: administrador

Comparte esta publicación en