Las cosas no se hacen así en Nicaragua

 

 

Por Joaquín Segura

 

El 10 de marzo pasado abordé en la Ciudad de México un vuelo rumbo a Managua vía San Salvador. El objetivo principal de mi viaje era la producción de un proyecto de sitio específico para la IX Bienal de Artes Visuales Nicaragüenses, con Omar López-Chahoud como curador en jefe, y estaba planteada para desarrollarse de forma simultánea en distintas sedes dentro de Nicaragua. Todo transcurrió con aparente normalidad hasta mi paso por el control de pasaportes del Aeropuerto Augusto C. Sandino. Una vez realizado el trámite migratorio, dos agentes en atuendo de civil, que dijeron pertenecer a la Policía Nacional, me cortaron el paso e informaron que estaban aguardando mi llegada debido a un boletín expedido desde El Salvador. Sin especificar a qué obedecía dicho reporte me condujeron a una pequeña sala sin ventanas, fuera de la vista del resto de los usuarios del aeropuerto. Ese fue el preámbulo a una detención ilegal por espacio aproximado de dos horas, aunque aquello tenía pinta más de lastimera comedia tropical que de una operación de inteligencia orquestada impecablemente. De manera paralela a un interrogatorio lerdo pero exhaustivo, me fue retirado temporalmente el pasaporte a pesar de mi negativa explícita. Tanto los agentes que me detuvieron en un inicio como los que se unieron posteriormente a la sesión –hasta llegar a seis individuos- permanecieron sin identificarse. Tampoco me permitieron contactar al equipo organizador de la Bienal para que pudiesen corroborar el motivo último de mi estancia en el país. Posteriormente, todos los equipos electrónicos que llevaba conmigo fueron también solicitados y examinados a conciencia.

A la mitad del interrogatorio y después de una acuciosa, pero torpe, revisión de las actividades específicas que realicé en los países en que he llevado a cabo proyectos en los últimos meses, se me informó que estaba siendo detenido oficialmente por vinculación con grupos anarquistas y “conspiración contra la revolución”. Lo que sea que eso signifique. Tales acusaciones son tan absurdas que no tuve ni tengo aún comentario alguno al respecto. El sinsentido llegó a tal punto que uno de los supuestos agentes me pedía cooperar con ellos corroborando la información que poseían en agradecimiento a que no había sido golpeado ya que “las cosas no se hacen así en Nicaragua”.

Foto Especial

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Aquello acabó de forma tan ridícula como comenzó: haciéndome saber repentinamente que estaba libre y sin disculpas de por medio, pero insinuando que estaría monitoreado de forma constante durante toda mi estancia en el país. A pesar de que me desplazo de manera constante por motivos similares al de este trayecto en particular, con seguridad puedo decir que jamás había estado en una situación remotamente cercana en ningún otro sitio del mundo. Todo esto podría terminar como una simple anécdota sin mayor interés si no fuera porque, dejando de lado las circunstancias personales de este suceso, el hecho resulta revelador en el sentido que ejemplifica la característica torpeza y atroces contradicciones en que incurren las grandes estructuras de poder para aproximarse no sólo a producciones artísticas con interés en ciertos temas que resultan sensibles, sino a la realidad misma que tienen frente a sí. Esta polarización resulta aún más extrema e incongruente para sistemas políticos que proceden de un marco ideológico cercano a la izquierda radical, como es el caso del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua.

Si un gobierno teme a aquello que pueda decirse a través de cualquier manifestación artística, se pueden extraer dos conclusiones inmediatas -que en realidad terminan siendo la misma-: el arte está cumpliendo con su función y el Estado no. Resulta aún más evidente ahora que es obligación para todo artista contemporáneo, en este momento particular, el disentir en cualquier oportunidad al tiempo de colaborar en la construcción de rutas alternas para aproximarse a un contexto sociopolítico engañoso y complejo, que desafortunadamente parece ser lo único que en realidad nos une en un panorama global.

Uno de los principios operativos básicos de cualquier estructura política radica en su capacidad de control a partir de un proceso continuo de administración y manufactura del miedo. Si algo tan inocuo y frívolo como el arte contemporáneo -según sus detractores- es aún capaz de generar este tipo de reacciones y delirios paranoides en aquellos supuestamente encargados de mantener el orden público –de nuevo signifique eso lo que signifique-, logrando operar así como un agente de desestabilización en cualquier sentido, tal vez el acto de creación no sea tan fútil y ensimismado como parece.  Si esto nos acerca a entender nuestro contexto próximo a partir de una reflexión continua sobre el fracaso y la imposibilidad de la permanencia de toda ideología no es poco. El poder en cualquiera de sus manifestaciones siempre terminará siendo una caricatura. La batalla estará ganada si a través de hacer y pensar podemos vislumbrar de donde vendrá la carcajada. Así al menos podremos reír en la cara del absurdo.

 

Joaquín Segura (Ciudad de México, 1980) Artista visual. Vive y trabaja en México, DF. Su obra se desarrolla en plataformas como la instalación, fotografía, acción o video y ha sido mostrada en exposiciones individuales y colectivas en México, Estados Unidos, Europa y Asia. Ha expuesto en recintos como la Sala de Arte Público Siqueiros, Museo de Arte Carrillo Gil, La Panadería, Museo Tamayo Arte Contemporáneo en México, así como El Museo del Barrio, Anthology Film Archives, White Box y apexart, New York, NY, LA><ART, MoLAA, en Los Angeles, CA; Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid, España, National Center for Contemporary Art, Moscú, Rusia y el Museo de Arte Moderno de Fort Worth, TX entre muchos otros. Es miembro fundador e integrante del consejo de SOMA, México, DF.

 

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