La última escalera

 

 

Por Antonio Ramos Revillas

 

Graciela es una promotora de lectura en Ciudad Juárez. En su pelo encanecido asoma también rayos dorados del último tinte. Animosa, tranquila, nos cuenta una experiencia que tuvo promoviendo la lectura.

Ella trabaja en un Centro de Readaptación Juvenil, el más importante del norte de México no por la cantidad de presos sino por la forma como se han dedicado a trabajar con los jóvenes, con talleres, pláticas, espacios libres, “algo que sí ayude a su readaptación”. En días amargos en los que la adolescencia es la primera víctima de los cárteles de la droga, estar en una prisión puede ser una forma inesperada de ocultarse.

Ilustración: "Break free" de Daniela Villafuerte.

Ilustración: “Break free” de Daniela Villafuerte.

Graciela cuenta que en las instalaciones del Centro hay cubículos para psicólogos, talleres, una capilla, espacios al aire libre y que, subiendo una escalera, se encuentra su sala de lectura en donde se acomodan casi todos los libros que ha ido comprando por aquí y por allá, en las librerías de usado o libros donados por alguna institución. Sus lectores, presos por “n” mil motivos que van desde el secuestro, robo y asesinato, asisten de forma religiosa a ese espacio de diálogo, de historias y convivencia.

Una tarde todo cambia. Graciela observa y escucha por la televisión sobre el motín que los jóvenes han armado en el Centro penitenciario. Las imágenes son dantescas, el humo y el fuego todo lo abrazan. Las imágenes traen hasta la sala de su casa la estampa de un árbol quemándose al centro del patio.

Lo primero que Graciela piensa es en sus muchachos y después en sus libros. Imaginen una biblioteca incendiada o su biblioteca incendiada y sabrán. ¡Ya me quemaron mis libros!

Cuando a las semanas les permiten el reingreso al Centro, Graciela camina sobre cenizas y anímicamente sobre cristales. ¿Qué le queda? Continuar. Volver a comprar libros. Buscar títulos incendiados. Acomodar estanterías.

Al caminar por el espacio descubre los cubículos alumbrados, el rastro de la violencia contenida en muros ahumados y ventanales tuertos. Sube por la escalera a su sala y lo que descubre la deja atónita: sus libros se encuentran intactos, los libreros en su sitio, los carteles de promoción de la lectura no han sido acariciados por el fuego.

Pronto se entera: sus lectores, esos muchachos que cualquiera etiquetaría como culpables de todo y en muchos casos puede que lo sean, se apostaron en las escaleras y defendieron su espacio del fuego, de la violencia de los otros, del llamado a la destrucción. A puñetazo limpio, a patada certera, impidieron que los chicos que llevaban el fuego alcanzaran sus libros. Mientras allá afuera la destrucción administraba su dominio en donde habitan los libros se sostenía la esperanza.

Eso nos cuenta Graciela. ¿Y qué fue de los otros chicos, los amotinados?, le pregunto muchos días después de conocer esta historia. Entonces le brillan los ojos a ella y a Eliud, su nuevo compañero de promoción de lectura. Eso también te lo debo contar, dice.

 

>Antonio Ramos Revillas (Monterrey, 1977). Tiene cuatro libros de cuentos publicados: Todos los días atrás, Dejaré esta calle, Sola no puedo, Habitaciones calladas, y las novelas infantiles Los cazadores de pájaros, Reptiles bajo mi cama e Ixel. La novela El cantante de muertos (Almadía, 2011). Su más reciente libro es La Guarida de las lechuzas (Ediciones El Naranjo, 2013)

 

Autor: administrador

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Comentarios

  1. jorgeanaya dice:

    Conmovedor relato. Al autor le vendría bien, sin embargo, repasar algunas reglas básicas de redacción.