La tarde

 

 

Por Orfa Alarcón

 

Cuando trabajaba en una oficina la belleza de las tardes dominicales me ahogaba. Siempre me invitaba a llorar y yo a veces cedía. Pensar en encerrarme durante una semana entera, saliendo de ahí sólo por breves y oscuros intervalos de tiempo, me hacía odiar mi vida. Todos los días, mientras me duchaba, cantaba I never wanna die, I never wanna die… pero era mentira. Todos los días quería lanzarme del piso más alto de cualquiera que fuera el edificio que me mantuviera encerrada. La vida de Godínez no es para mí. Necesito que todos los días me dé el sol. Cuando sea vieja sólo pediré eso, que pongan mi silla de ruedas en cualquier lado donde no haya niños y donde me dé el sol.

La belleza de las tardes dominicales, esa daga de felicidad amarga, me oprimía el pecho, me tomaba del mentón y me obligaba a mirar el rosa y el morado de su atardecer.

Ahora no es así. La belleza es una daga que se expande dentro de mí, se pavonea frente a mis ojos, la observo voluntariamente y me dice: “todos los días podrás mirarme”. Conduzco para perseguir la belleza de la tarde. Un rato voy junto a una granadera pero no me da miedo porque mis placas chilangas muestran que soy un ser inofensivo. De quienes debo cuidarme es de los tránsitos, cualquier pequeño error que cometa, como pasar un semáforo en amarillo, me haría ser blanco de multas, pues ni sacando lo más regio de mi acento los oficiales creerían que aunque mis placas son chilangas, yo no lo soy.

Conduzco y en mi mente voy componiendo narcocorridos. Tratan de la imposibilidad del amor entre un narco y una chica que no está a su altura porque apenas es una halconcilla. Por supuesto, la actitud del chico es soberbia, pero al final de la canción le da una pequeña esperanza a la chica. Chico conoce a chica, chica se enamora, chico no cede pero no está negado a ceder. Me gustan las tardes dominicales y sus historias. Incluso las tardes del lunes me encantan. Mis lunes son mis días libres de entrar, salir, pasear a mi antojo. De hecho los demás días también, pero quiero decirme que no, que toda la semana soy muy responsable y trabajo mucho, que el lunes merezco no hacer nada.

Soy un ser nocturno y para mí el atardecer es el amanecer. Atardece y comienza mi día, escribo, leo, trabajo. Quedo exhausta y duermo toda la mañana. Ya nadie me impone un horario. La belleza de las tardes es una realidad que habita todos mis días.

 

El sueño de una mujer. Ilustración: "A girls dream" de Steffen Remter.

El sueño de una mujer. Ilustración: “A girls dream” de Steffen Remter.

 

 

 

 > Orfa Alarcón es escritora y editora, autora de Perra Brava (Planeta, 2010) y Bitch Doll (Ediciones B, 2013).

Twitter: @Orfa 

 

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