La nube, las nubes

 

 

Por Orfa Alarcón

 

Aparte del mar de información que pasa todos los días frente a nuestros ojos, tenemos un sin fin de posibilidades para expresarnos. Un sin fin de abrumantes posibilidades. He tratado de reducir mi uso de redes sociales a sólo dos: Twitter y Facebook. De hecho, en algún momento, suspendí mi cuenta de Facebook quedándome sólo con la de Twitter. Claro, volví, inevitablemente volví. Dije que jamás sería tan hipster como para tener una cuenta de Instagram, pero la tengo. Tengo también una cuenta en Pinterest con muchos seguidores, y apenas hace pocas horas me puse a subirle cosas; estaba en blanco y así debía haberse quedado, pero caí. Con pena descubro que de repente me envían mensajes vía LinkedIn, pero yo entro a esa cosa algunas dos veces al año. Como el MySpace y el MetroFlog son cosas del pasado esos ya no me preocupan, pero siempre siento algo de remordimiento al no ponerle tanta atención a mi cuenta de Tumblr.

Además, nunca sé dónde dejé mis archivos: ¿en el Dropbox, en mi escritorio, en el correo? ¿Mis apuntes los tengo en Evernote o en una tradicional libreta? Sé que apunté buenas ideas para la novela que estoy escribiendo, pero no tengo ni idea de dónde están. También me sucede mucho que leo los mensajes en mi celular en cuanto llegan. Pero no contesto inmediatamente, sino horas después, y no recuerdo dónde está el mensaje que debo contestar, si lo leí en Gmail o en Facebook o por SMS o Whatsapp.

Todo es tan confuso y las líneas que dividen la ficción de la realidad se me entrecruzan: de pronto dudo de si recibí algún correo que estaba esperando, porque lo busco por todos lados y no lo encuentro.

En algún momento de mi vida escribí una novela en dos semanas. Claro, no es una novela que sea digna de publicarse, pero me asombra mi capacidad de abstraerme hasta completar 180 cuartillas escritas en sólo 15 días. Hoy me resultaría imposible. Mientras aporreo el teclado y veo como se va manchando de negro el Word, me distraigo con las ventanas que me dicen que alguien puso “me gusta” en alguno de mis status de Facebook, me distraigo viendo que el Spotify tiene canciones nuevas, me distraigo con la publicidad que recibo y que me obliga a comprar una impresora que realmente no necesito. Además, mientras sucede todo esto, recuerdo que ya es hora de cosechar las zanahorias que planté en el Miracle City, y que es urgente que construya nuevos edificios para cumplir con los retos que se me están acumulando.

Simplemente me resulta imposible concentrarme… en lo que sea. Siempre están surgiendo ventanas, avisos y alertas que me dicen que estoy atrasada en contestar correos, regresar los saludos en Facebook o los mentions de Twitter, que mi Dropbox está saturado y debo vaciarlo.

Tanta distracción me enloquece, ¿qué sería de la vida sin el Wifi? Tal vez tomaríamos más el teléfono, yo caminaría a la oficina de mi esposo para decirle alguna cosa, en lugar de mandarle un mensaje por inbox de Facebook. Tendría una vida más real y menos virtual. Tal vez ahora sí me pondría a escribir. A veces sólo quisiera tener una tarde libre para acostarme en el pasto, sin que nadie me molestara. Mirar las nubes. Tomarles fotos. Subirlas a Instagram.

 

Salvemos al mundo, pero primero... Ilustración perteneciente a la serie Marvel #Selfies. Avengers Project por Butcher Billy.

Salvemos al mundo, pero primero… Ilustración perteneciente a la serie Marvel #Selfies. Avengers Project por Butcher Billy.

 

 

 > Orfa Alarcón es escritora y editora, autora de Perra Brava (Planeta, 2010) y Bitch Doll (Ediciones B, 2013).

Twitter: @Orfa 

 

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