La Impulsora

Aquí reina el caos.

Visita a una de las colonias más peligrosas del país

 

Toirac a mis ojos sólo tenía un valor, porque allí creí amar y sólo eso es importante.

Yves Bonnefoy – El territorio interior

 

Por Jorge Alonso Espiritu 

 

Despertamos dos, tres o cinco veces con el altoparlante anunciando -entre el temblor de los aviones rompiendo el cielo y la cantaleta de los vendedores de frutas- las noticias que en las páginas de la nota roja colocaban a la colonia como protagonista de relatos infames: “¡Aparece encobijado en la Impulsora! ¡Estaba tirado y envuelto en el Herradero cuando pasaron las señoras a comprar la leche!”. Así, en voz alta y distorsionada, lo escuchamos mientras las mujeres se persignaban y alguien en un altar ponía flores a la Santa Muerte.

Recuerdo los servicios de limpieza borrando la sangre de las escaleras del metro. Cultura salvaje, y a buscar otra salida. La colonia Impulsora Popular Avícola. Según el Programa Nacional de Prevención Social de la Violencia y la Delincuencia, hablamos de una de las colonias más peligrosas del país. Una de las diez seleccionadas por el municipio de Neza para articular estrategias de prevención del delito. El lugar donde viví por más de tres años.

La recorro una vez más. Compro algo para comer que me sirva para mantenerme en silencio. Compro silencio, ese imposible en el lugar ruidoso donde todo se compra: alimentos, juguetes, zapatos, hierba, pastillas, alucinaciones. Y olores: masa frita, chorizo, salsa, basura húmeda, la esquina que siempre huele a marihuana, la planta de reciclaje y el Bordo de Xochiaca.

Aquí reina el desorden. La ropa en el piso y libros entre herramientas oxidadas y cabezas de muñecas. Las aceras son ornamentales y los automovilistas protestan: “¿para qué están las banquetas?”, preguntan molestos y uno se pregunta algo parecido, pero camina entre el flujo vial compuesto en su mayoría por bicitaxis y sus conductores rápidos y furiosos. “Pero te vas rápido”, condiciona la señora obesa al abordar uno y después se arrepiente, cuando la carroza  está a punto de volcar en una esquina.

Pese a todo, nadie choca. No hay accidentes. El caos tiene sus propias dinámicas y todos compartimos suelo. Autos, carriolas, gente a pie, bicicletas modificadas de formas insólitas,  carritos de comida y motonetas con cuatro o cinco pasajeros. El circo urbano y sus acrobacias sin elementos de protección. No redes. No cascos, ni rodilleras. La vida en juego y el alma en una apuesta: vivir, convivir, sobrevivir. Un grupo de jóvenes botea “para el funeral de un carnalito” que, dicen, fue asesinado el día de ayer. “Tenía como tu edad”, refieren.

Del suelo recojo algunos libros infantiles por cinco pesos cada uno. Cada portada luce adhesivos escolares. “Eran de mi nieta”, dice sin pudor una mujer rolliza desde un banco instalado en la acera. La calle principal es la postal de un extraño reino del sobrepeso. Jóvenes delgadas y mujeres obesas. Pongo en sus manos algunas monedas y paso los dedos por la etiqueta. ¿Cuál de esas mil niñas entre uno y 80 años será su nieta?

Etiquetas escolares y el presunto asesinato de un joven. La noche que se aproxima con sus motonetas y maquillajes de colores chillones. Escotes y pantalones entubados. Armas de fuego y armas blancas. Grasas saturadas. Escuelas y, según el reporte, ausencia de espacios públicos. La imaginación encerrada en las casas abandonadas y una niña en clases, hace algunos años, dando un ejemplo de un comportamiento ético: “no tirar muertitos al Río de los Remedios”.

Es un alivio, opina un trabajador en un comedor popular, que exista este lugar; sin embargo, nadie cambiará demasiado la vida de esta gente, ni los partidos políticos, ni la universidad, ni el gobierno municipal -todos con sedes en la colonia o aledañas a ella- porque a nadie le importa. Porque le temen. Porque aquí no hay nada más que desorden. Ni parques, ni bibliotecas, ni auditorios, ni casas de cultura, ni vigilancia policial. Hay, es cierto, miedo. Y un auto con altavoz que repite el relato de las muertes.

Pero esta no es una crónica de la violencia en el lugar que me recibió mientras practicaba una huida. Es apenas un recuento que a la manera de una fotografía delata lo evidente: la piel lastimada de un cuerpo enfermo. No seré quien maquille la postal. Sí, quien sonría por lo que no se cuenta: historias sencillas de los que resisten a la barbarie.

 

 

>Jorge Alonso Espiritu. Estudió la Licenciatura en Comunicación y Periodismo en la UNAM, de la que está a punto de titularse con la crónica “Cada ciudad es un cuerpo: crónica de un viaje a Medellín”, donde recoge su experiencia como becario en Colombia. Originario de la ciudad de Puebla, radica en la Ciudad de México. Como reportero independiente ha publicado notas, crónicas, entrevistas, reseñas y relatos sobre la ciudad, sus personajes y dinámicas en diversos medios de comunicación. Actualmente labora como monitor y profesor en escuelas del Distrito Federal.

Autor: administrador

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