De la estupidez a la locura

Renazco, renazco en 1940

 

Por Umberto Eco*

 

La vida no es más que una lenta rememoración de la infancia. De acuerdo. Pero lo que convierte en dulce ese recuerdo es que desde la lejanía de la nostalgia nos parecen bellos hasta los momentos que entonces nos resultaban dolorosos, incluso cuando resbalabas en la acequia, te dislocabas un pie y tenías que quedarte quince días en casa enyesado con gasa empapada en clara de huevo. Recuerdo con ternura las noches pasadas en el refugio antiaéreo; nos despertaban en medio del sueño más profundo y nos arrastraban vestidos con pijama y abrigo hasta un subterráneo húmedo, hecho de hormigón armado e iluminado por bombillas de luz mortecina, donde jugábamos a perseguirnos mientras sobre nuestras cabezas se oían ruidos amortiguados de explosiones que no sabíamos si procedían de la artillería antiaérea o de las bombas. Nuestras madres temblaban de frío y de miedo, pero para nosotros era una extraña aventura. Así es la nostalgia. Estamos dispuestos a aceptar todo lo que nos recuerde los horribles años cuarenta, y ese es el tributo que pagamos por nuestra vejez.

¿Cómo eran las ciudades en aquella época? Tenebrosas de noche, cuando la oscuridad obligaba a los escasos transeúntes a utilizar lamparitas no de pilas sino de dinamo, como el faro de la bicicleta que se cargaba por fricción, accionando espasmódicamente con la mano una especie de gatillo. Más tarde se impuso el toque de queda y ya no se podía andar por la calle.

De día recorrían la ciudad unidades del ejército, al menos hasta 1943, mientras en ella estuvo acuartelado el Ejército Real, y con mayor intensidad en tiempos de la República de Salò, cuando circulaban continuamente por las ciudades manípulos y patrullas de marinos de la San Marco o de las Brigadas Negras, y por los pueblos más bien grupos de partisanos, armados unos y otros hasta los dientes. En esta ciudad militarizada en ciertas ocasiones se prohibían las reuniones, no obstante pululaban grupos de Balillas, Pequeñas Italianas de uniforme y escolares con delantales negros que salían de la escuela al mediodía, mientras las madres iban a comprar lo poco que se podía encontrar en las tiendas de alimentación; y si querías comer pan, no digo blanco sino que no fuera repugnante y hecho de serrín, tenías que pagar sumas considerables en el mercado negro. En casa la luz era débil, por no hablar de la calefacción, limitada a la cocina. Por la noche dormíamos con un ladrillo caliente en la cama y recuerdo con ternura hasta los sabañones. Hoy no puedo decir que todo esto haya regresado, desde luego no de manera íntegra. Pero comienzo a percibir su perfume. Para empezar, hay fascistas en el gobierno. No solo ellos: no son exactamente fascistas, pero qué más da, ya se sabe que la historia se repite dos veces, la primera en forma de tragedia y la segunda en forma de farsa. En aquellos tiempos aparecían en los muros manifiestos en los que se veía a un negro estadounidense repugnante (y ebrio) que tendía su mano ganchuda hacia una blanca Venus de Milo. Hoy veo por televisión rostros amenazantes de negros enflaquecidos que están invadiendo a miles nuestras tierras y, francamente, la gente a mi alrededor está más asustada que entonces.

Está volviendo el delantal negro en las escuelas, y no tengo nada en su contra, es mejor que la camiseta con la firma de algún pretencioso, pero empiezo a percibir un sabor a magdalena embebida en tila y, como Gozzano, tengo ganas de decir «renazco, renazco, en 1940». Acabo de leer en un periódico que el alcalde de Novara, de la Liga Norte, ha prohibido que de noche se reúnan en el parque más de tres personas. Estoy a la espera, con un estremecimiento proustiano, del retorno del toque de queda. Nuestros soldados están peleando en Asia (por desgracia, ya no en África) contra rebeldes de rostro coloreado más o menos orientales. Pero también veo unidades del ejército bien armadas y con camuflaje en las aceras de nuestras ciudades. El ejército, como entonces, no combate solo en las fronteras, sino que desempeña tareas policiales. Tengo la impresión de estar de nuevo en Roma ciudad abierta. Leo artículos y escucho discursos bastante similares a aquellos que leía entonces en La Difesa della Razza, que atacaban no solo a los judíos sino también a los gitanos, marroquíes y extranjeros en general. El pan está cada vez más caro. Nos advierten de que deberemos ahorrar en petróleo, limitar el derroche de energía, apagar los escaparates de noche. Disminuyen los automóviles y reaparecen los Ladrones de bicicletas. Como toque de originalidad, en breve el agua será racionada. Todavía no tenemos un gobierno en el Sur y otro en el Norte, pero hay quien está trabajando en esa dirección. Me falta un capo que abrace y bese castamente en la mejilla a las esplendorosas esposas campesinas, pero cada uno tiene sus gustos.

[2008]

Eco

 

 

 

*Fragmento del libro “De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera”, de Umberto Eco (Lumen, 2016). Agradecemos a la editorial por las facilidades para su publicación.

Autor: administrador

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