La espada es la única libertad posible

 

 

Por Antonio Ortuño

 

Pocas decepciones comparables a las de recorrer las páginas de una preceptiva literaria sin encontrar referencia alguna a Robert E. Howard, gloria literaria y ciudadano principalísimo del poblacho de Cross Plains, Texas.

Todorov, Foucalt, Harold Bloom, lo ignoraron en sus obras y se condenaron con ello a que ningún niño de trece años los tome en serio. Sin embargo, los niños de trece años se toman muy en serio a Howard y a su criatura más aclamada: Conan el bárbaro, mercenario y bandolero que dedicó sus días a la ineludible tarea de hacer lo que cualquier hombre libre desearía: eviscerar monstruos, ayuntarse con doncellas y demoler brujos y tiranos.

Conan de Cimmeria (1934)

Conan de Cimmeria (1934)

Alguien se apresurará a deplorar la calidad literaria de un sujeto que vendía sus relatos a revistas de aficionados. Alguien más apuntará que todas las historias de Conan se parecen; que de hecho todas las de Howard se parecen y no sólo entre ellas sino también a los cientos de miles garrapateadas por imitadores. Quien así opine, quien deplore la prosa de Howard por carecer de flujos de conciencia o contrapuntos rítmicos y exhibir, en cambio, las taras propias de la literatura que sobrelleva sus ineptitudes bajo el mote de “popular” (sobreadjetivación, planteamientos manidos, lenguaje esclerótico), apenas merecerá que se le espete alguno de los insultos favoritos del bárbaro cimmerio: ¡Hijo de cien padres! ¡Eunuco! ¡Perro de Hyrkanya!

El desprecio por Conan puede ser inevitable a cierta edad, que generalmente coincide con la de quien logra conseguir una novia por primera vez (¿15 años, quizá?). Porque para gustar de sus andanzas hay que tener más testosterona que una manada de búfalos en brama. Hay que sentir vértigo por el entrevisto escote de una sacerdotisa —o la abierta desnudez de una esclava que se baña en el río— e hiperventilar con el desmembramiento de un enemigo (un ojo que bota de una cuenca como una palomita, una mano cercenada que acabará en las fauces de un pulpo con gestos y peinado de Rigo Tovar…). Lo principal, desde luego, es no tener más de trece años y entregarse a la lectura de Conan como quien se entrega a las borracheras con coolers o el onanismo.

El investigador e ilustrador estadunidense Mark Schultz ha logrado lo inaudito: rescatar y ordenar  en cuatro tomos las 22 historias originales del bárbaro de entre el nutrido basurero de imitaciones, pastiches, guiones de cómic o cine y abiertas porquerías (el “continuador” Robert Jordan, por ejemplo, publicó las novelas “inspiradas en originales” Conan el invencible, Conan el invicto y Conan el victorioso, como para dejar en claro por donde iba el asunto de la originalidad). Estos volúmenes, editados en nuestra lengua por la casa española Timun Más, permiten constatar que Robert E. Howard jamás alcanzará las preceptivas literarias ni hará convertirse a su lodoso culto a los entusiastas de Proust, pero que su lectura debería ser prescrita por psicólogos y pedagogos a cada púber que caiga en sus garras.

Olviden el pretexto del “amor por las aventuras” esgrimido por los aficionados a Salgari o Dumas. En Conan más que la aventura priva la sangre (bien llamada moronga por los escolapios nacionales), su derramamiento a una velocidad que sólo podría ser ambicionada por un seguidor del más estruendoso death metal. A su lado, iconos de la matazón como Rambo son machitos de barriada. Nadie, además, ha despachado tantos monstruos, ni tan feos, como Conan. Cada vez que algún villano —un dios loco, usurpador cruel o hechicera despechada— se las ingenia para arrastrar al cimmerio ante las fauces de una bestia descomunal, toda dientes y babas, bastan cinco párrafos de prosa alarmada para que la espada del bárbaro dé cuenta de él. Un rival común no le llevará más de cuatro líneas y, si amaneció de buenas, en ese lapso puede acabar con todo un piquete de matones que agiten mazas de piedra con aire indócil de porros de la UNAM.

Otra oculta delicia de estos relatos es la toponimia del mundo de Hiboria, en que Conan vive y mata: inevitable hartarse de leer sobre el Periférico o el Viaducto y ambicionar, por tanto, lugares con evocadores nombres como Aquilonia, Vanaheim, Estigia, Kitai o Zamora (homónima de la localidad michoacana, pero con monstruos de superior calaña).

Llevemos el símil, si la sangre nos ha abierto el apetito, a los terrenos de la cocina: cada autor es un chef y su obra es un platillo; así, los relatos de Conan el bárbaro vienen a ser como las Papas del Alacrán, es decir, puro y escandaloso condimento. Y sin embargo, cuan preferibles resultan esas chatarras a tanto insípido y farragoso guiso posmo, que nos soplamos como la Biblia antes de darnos cuenta de que ni llenan ni satisfacen el paladar. Para eso, mejor papitas y mejor Conan, aunque acabemos batidos en algo que nunca sabremos si es cátsup o moronga.

 

>Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976). Autor de las novelas “El buscador de cabezas” y “Recursos Humanos”, con la que fue finalista del Premio Herralde 2007. Es autor del volumen de cuentos “El jardín japonés” y “La Señora Rojo”. “Ánima” es su novela más reciente. @AntonioOrtugno

 

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