La cotidianidad del mal

Entrevista a Imanol Caneyada

Por Iván Farías

 

Imanol Caneyada vino de Sonora, lugar donde vive y se alimenta de desierto, para presentar en medios su más reciente novela Hotel de arraigo, editada por Suma de Letras. Nos vimos un día antes para platicar de novela negra y echar tragos. Eso hacen los amigos. A la mañana siguiente debíamos entrar en personaje. La cita fue en un hotel de Álvaro Obregón, me esperaba afuera fumando mientras gastaba su saldo hablando con su madre en España. Se nota que hace ejercicio. Es un hombre alto, que ya pinta canas y que nunca rehúye la mirada.

Entramos al restaurante del hotel y el ruido de las pláticas perdidas y el lento servicio nos dieron la bienvenida. Nos salimos un poco de personaje. Comentamos algunos detalles de la “literatura nacional” y sobre la policía. Entonces, en un silencio prendo la grabadora y asesto la primera pregunta.

-¿Qué significa ser un escritor perdido en el desierto?

(Suelta una gran carcajada) Significa ser un escritor que está lejos de los centros del poder cultural en México. Vivir en Sonora no tiene ninguna trascendencia en el panorama nacional literario, que ni siquiera existe para los intelectuales de élite, para los críticos, los reseñistas, para los conductores de programas de alto nivel intelectual. Significa estar muy desconectado de todo esto. Laura Lara y Jorge Solís (editores en Suma de Letras) le apostaron a un autor que está alejado de estos centros. Ellos creyeron en mi literatura y eso es muy halagador. No tengo ni ascendencia ni un grupo de poder que me respalde. Por eso les agradezco a ellos en el libro porque es difícil confiar en alguien así.

-¿En tus novelas, el desierto está muy presente?

Es fundamental, como atmósfera, como paisaje, el clima, el calor es fundamental. Vivir en un clima extremo sí condiciona las conductas sociales, los comportamientos, la visión que tienes del mundo, entonces es ineludible. Si tú ubicas una historia en el norte árido no puedes escaparte de esa brutal realidad con sus silencios, sus extensiones, su sequedad y el calor que puede llegar a los 47 grados.

El escritor Imanol Caneyada. Foto: Facebook.

El escritor Imanol Caneyada. Foto: Facebook.

-En Sonora, curiosamente, hay como una camada de buenos escritores.

Sí, se están haciendo muchas cosas. Alfonso Corral López; las mujeres Eve Gil, Maria Antonieta Mendivil, Cristina Rascón, Sylvia Aguilar Zéleny. Sonora está muy aislado del resto del país. Todos han tenido que salir del estado para buscar que su literatura tuviera repercusión. Hay muchos otros que viven ahí y que son leídos, pero que en otras circunstancias estarían aportando cosas interesantes a la literatura con mayor repercusión, con esta visión dura del desierto del norte. Hay un centralismo muy grande en México. Es muy difícil que una editorial grande volteé a verlos. En mi caso tuve una suerte muy grande. Vivo en Sonora, me muevo en Sonora, mañana me regreso a Sonora. Lo cual es muy interesante porque dejas de ser “el autor” y vuelves a ser el pinche güey que vive ahí. Porque en Sonora no les importa si escribes o no.

Pero sí hay literatura y hay mucha consciencia de modernidad, de alimentarse del canon universal sin dejar de lado las propias condiciones geopolíticas y cotidianas de allá. A diferencia de hace unos años donde se hacía esta literatura ramplona, costumbrista y provinciana. Ahora ya no, desde hace veinte años hay literatura muy actual.

-¿La Ciudad sin nombre que mencionas en tus historias anteriores llega a su fin con ésta?

Con esta novela cierro un ciclo en el que dejo esta ciudad. Hago un paréntesis, e incluso estoy escribiendo un proyecto que no tiene nada que ver con novela negra. No abandono el noir, más adelante retornaré a él. Uno de los problemas que tenemos en México es que siempre creemos que la violencia está focalizada. La violencia siempre está surgiendo en otra parte, nos decimos. Nos repetimos: en México no hay mujeres desaparecidas, sólo en Ciudad Juarez; en México no hay miles de desaparecidos, sólo los 43 de Ayotzinapa. Siempre sucede en otras partes. Por eso esta Ciudad sin nombre podría ser Tijuana, Nogales, Juárez, con la idea de no focalizar los problemas en un solo sitio.

-En Las paredes desnudas, tu novela anterior, había un par de personajes metidos a héroes debido a las circunstancias. En Hotel de arraigo no hay ni un héroe. Incluso, los dos personajes principales te caen muy mal al principio.

Es una novela mucho más cotidiana en ese sentido. Al principio te caen mal, pero luego enternecen. Eso me han dicho los pocos lectores que han tenido la novela hasta este momento, que es una de sus virtudes. Gabriel, el muchacho, y Arnulfo Lizárraga, el policía corrupto, empiezan causando mucho rechazo porque representan dos tipos de monstruos sociales: el mirrey y el policía corrupto. A medida que evoluciona la trama, el lector comienza a tener sentimientos encontrados porque de pronto siente compasión por ellos, lástima y hay momentos en que se vuelven bellos, desde el punto de vista humanos.

Esta novela parte de lo cotidiano, a diferencia de Las paredes desnudas, donde el planteamiento y los personajes son extraordinarios, acá no. Son dos familias que viven sus circunstancias diarias en este país lleno de corrupción, de violencia e impunidad. Viven día a día tratando de escapar de eso y de aprovecharse de lo mismo. La idea es darnos cuenta que con los actos cotidianos vamos creando un monstruo de violencia. Esto no es un fenómeno que se está dando en otra parte o que ciertas personas lo provocan. Todos, con nuestros actos diarios, estamos alimentando al monstruo.

-En un momento dado Arnulfo, el policía, se enamora de Maricela, una mujer implicada en un robo, del cual ella es inocente. Esta es una de las artes más logradas de la novela. ¿Ya lo tenías pensado o surge con el crecimiento del personaje?

El personaje de Maricela sí iba a estar presente. Lo del enamoramiento surge de improviso. Quería darle una dimensión más compleja al personaje. Lo que quería era darle una dimensión humana a un personaje que tenemos deshumanizado. Y es que si son humanos. Si tú platicas con ex judiciales que están encarcelados, normalmente su justificación de por qué eran corruptos es: lo hacía por mi familia, le quería dar a mis hijos algo mejor, porque quería tener una casa para mi mamá. No lo hacen por ser malos. Mi personaje, incluso es un cornudo. Es un ser humano que reacciona como muchos de nosotros lo haríamos ante determinas circunstancias. Es una historia de la violencia desde los actos diarios.

-La historia de Gabriel es también real. El personaje va cambiando.

Quería explorar la vida de un mirrey, sometido a una situación como la del secuestro donde pierde el poder que tiene, donde cada segundo de su vida está en manos de otra persona. Me dije, ¿qué pasaba si uno de estos jóvenes estuviera en esa circunstancia? Y lo cambia. Incluso hay un atisbo de piedad. No quiero contar mucho pero vuelve a ser el mismo al sentirse traicionado.

-También es una radiografía de la justicia en México, la cual es muy precaria.

Muy precaria y muy burda. Todo está lleno de podredumbre. No hay un atisbo de dignidad. Son seres repudiados por la sociedad. Nunca hay suficiente presupuesto. Anuncian mayor presupuesto para la seguridad pública, mejores armas, uniformes; pero es parte de la demagogia, no es así. Entiendo que la policía federal busca nuevos elementos y tiene mejor tecnología, pero en los estados es terrible. La policía estatal, que es la que investiga. Es decir, la ministerial o investigadora, en cada lugar le llaman diferente, siguen trabajando a través de la tortura. Esto no me lo estoy inventando. Planteo en la novela un caso real, que es el de Maricela, y los otros casos de tortura que menciono están basados en testimonios de ex reos que te cuentan cómo les sacaron la confesión. Es una realidad, en este momento en los separos de alguna policía estatal hay alguien que está siendo torturado. Sea inocente o no, debemos de tener cuidado con eso, porque si alguien es culpable tampoco merece ser torturado.

-Imanol se apasiona. El mesero trae el desayuno. Platicamos de otras cosas. Sobre lo mal que le fue en México al sueco Jens Lapidus con Trilogía negra de Estocolmo, de la cual Imanol es gran fan.

La sociedad sueca está alimentada de inmigrantes de todas partes del mundo. La obra de Lapidus es un análisis sobre como conviven todas estas razas en un modelo que todos consideramos perfecto. Lapidus hace un retrato de como en Estocolmo trabajan las mafias. El autor es abogado, así que conoce el crimen perfectamente. Me parece fantástico como aborda esta situación, siempre desde el punto de vista del delincuente.

Acabamos de comer e Imanol pide ir a fumar. Lo acompaño afuera. Prende su cigarro y veo como la tranquilidad de la nicotina entra en él. Un hombre pasa junto a nosotros y nos dice: ¿Ya vieron el sol? Levantamos la vista y el astro rey tiene un halo de cristales de hielo que lo rodea. Va a caer un tormentón, me dice muy seguro. Con un abrazo nos despedimos.

Hotel de arraigo

 

>Iván Farías (Ciudad de México, 1976) es narrador y crítico de cine. Ha publicado dos libros de cuentos y dos de ensayo. Con el libro Entropía se hizo acreedor al Premio Beatriz Espejo de cuento en el 2003 y fue considerado por el periódico Reforma como uno de los mejores de ese año. Ha sido antologado en El cuerpo remendadoLados B y Bella y Brutal Urbe. Ha publicado cuentos y artículos en diferentes revistas y periódicos de circulación nacional en México como Reforma, La Jornada, Complot, Replicante, Gótica, Generación y Playboy. Es articulista de La Jornada de Oriente y crítico de cine para Playboy.com.mx.

Autor: administrador

Comparte esta publicación en