La ciudad de los enfermos crónicos

 

 

Por J. M. Servín

 

Una declaración del Secretario de Salud del gobierno del DF, Armando Ahued, al diario Milenio, publicada el 29 de diciembre de 2011, guió mi periplo durante dos meses por algunos hospitales y clínicas de especialidades públicas. Según el funcionario los hospitales capitalinos dependientes de su secretaría atienden a 3 millones 800 mil personas cada año, pero podrían “colapsar” por la falta de médicos y enfermeras, ya que el personal prefiere irse a laborar a Estados Unidos. Según Ahued, hay una especie de tráfico de personal especializado debido a los incentivos laborales y al ofrecimiento de residencia legal sin polleros ni coyotes de por medio.

Hay decenas de hospitales y clínicas del sector salud federal y del DF en toda la ciudad y su zona conurbada. Por lo menos dos, el Hospital General de Iztapalapa y el hospital de Xoco, operan en condiciones por decirlo de algún modo, escalofriantes. Conozco bien lo que es tratar con camilleros, guardias de seguridad, trabajadoras sociales, enfermeros, médicos y agentes funerarios que rondan los patios interiores y los alrededores de esos nosocomios. Sin embargo, quiero contar mi experiencia como si fuera completamente ajeno al tema, pese a que en los últimos años he vivido en carne propia lo que significa solicitar atención médica para un amigo o un familiar. Tengo la disposición de escribir sin prejuicios surgidos de los testimonios y opiniones de quienes antes que yo y después que yo, se han visto involucrados en situaciones similares en esta ciudad.

Todo viaje en esta ciudad usualmente empieza y termina en el metro. Es septiembre de 2012 y sin saber exactamente lo que me espera, muy de madrugada me encamino al metro Balderas desde mi domicilio en Bucareli.

Al atravesar el parque de la Ciudadela tengo mi primer encuentro con un ejemplo del estado de salud física y mental de algunos de los miles de habitantes de la ciudad de México. Indigentes y vagabundos que habitan las calles del barrio.  Una facción de “La gente del abismo”, como la llamara Jack London en su reportaje del mismo título sobre la legión de miserables que poblaban el East Side de Londres a principios del siglo XX. Acampan permanentemente en el parque. A esa hora duermen luego que durante el día pasan largas jornadas alcoholizándose con aguardientes baratos a la venta en el OXXO de la esquina de Balderas y Ernesto Pugibet, inhalando pegamento PVC que compran en la tlapalería de Enrique Dondé o hurgando en los basureros, todo a menos de una calle. Muy pocos de los indigentes piden limosna. De pronto desaparecen o son recogidos tiesos, tirados en el parque a plena luz del día, por alguna camioneta del Servicio Médico Forense.

Uno de los grupos bien organizado y con un estado mental coherente, había construido una enorme carpa de lonas, plástico y maderas de desperdicio justo a la entrada de lo que ahora se conoce como La Ciudad de los Libros. Ahí vivían hasta finales de noviembre cuatro personas acompañadas de sus inseparables perros. El parque está a oscuras pues el alumbrado no funciona quién sabe desde cuándo. La batalla perdida contra la oscuridad en una ciudad que se distingue por sus cientos de obras públicas sin terminar o malhechas. Cruzar el parque alerta mis sentidos pese a que por lo general no hay riesgo de asalto o de algún otro de los delitos que atiborran diariamente la sección de los periódicos que en estos tiempos de corrección política se da en llamar “Justicia”. Huele a humo de fogata y a mariguana, a orines y basura, al rocío matutino de una ciudad contaminada y sucia.

A tan solo media calle de una estación del metro, a dos calles de la Secretaría de Gobernación y a cuatro de tres de los periódicos más importantes del país, hay un campamento de miserables que no desmerece en nada a los de los bajos fondos que Jack London recorrió durante siete semanas para escribir su mejor reportaje de largo aliento. Hay algo que no deja de inquietarme, por qué en la parroquia de nuestra Señora de Guadalupe, en Tolsá, a una calle de la Ciudadela, nadie se ocupa de brindar ayuda a estas personas y durante la noche cierra la puerta del único lugar que podría darle refugio a por lo menos algunos desamparados.

Es el año 2012 y lo más alto y lo más bajo de esta sociedad han llegado a límites sorprendentes para escapar de la desesperación y la muerte fortuita, sobre todo de forma violenta. Las grandes hazañas y crímenes de los poderosos y sus esbirros diariamente aparecen como las ocho columnas en los periódicos y son ampliamente analizadas y discutidas por las mejores mentes del país, pero con relación a los más miserables, poco o nada sabemos de su interminable bacanal de abandono. Estadísticas huecas, notas de relleno en temporada navideña. Eso son los indigentes en esta ciudad.

Nadie más cruza el parque a esas horas de la madrugada. Los escasos peatones de camino al metro prefieren rodearlo por sus orillas hasta llegar a Balderas, donde la luz amarillenta del alumbrado público hace aún más deprimente el estrecho andador que conduce al metro entre lonas amarillas y rojas, y armazones metálicos de puestos ambulantes. Le llaman el “pasaje de los libros”, debido a la actividad principal de las decenas de puestos dedicados a la venta principalmente, de libros usados, de saldo y piratas. De pronto cruza el andador hacia una coladera una rata bien cebada, quizá hasta culta de tanto roer entre la mercancía que ahí se comercia.

Cruzo la calle hacia el oriente para seguir mi camino por Arcos de Belén. Voy a la Clínica de Especialidades número 5 que se encuentra a la salida del metro Salto del Agua. La ruta de tres largas calles por la avenida no cambia mucho en su lobreguez. De pronto salta entre la penumbra y los puestos callejeros metálicos uno que otro desarrapado que siempre resulta sospechoso a esas horas.

Son las seis de la mañana y casi al llegar a la clínica del gobierno del DF tengo que reconocer que no sé nada sobre los trámites para darse de alta como usuario. Los mexicanos primero nos enfermamos y después, cuando ya no nos queda de otra, nos enteramos de lo tedioso y tardado de tramitar un servicio médico.

Unas treinta personas esperan a que comience la atención al público a las 7:30 am. Las puertas de la clínica aún están cerradas y no hay nadie que dé informes. Tomo mi lugar como el último de una fila que casi llega a la calle de Buen Tono, hedionda de basura y del pollo en canal que ahí se comercia durante el día en Aranda, la calle siguiente. Los armazones y lonas de los puestos ambulantes que a todas horas obstruyen el paso y la vista de quien circule por la avenida y busque la clínica, se amontonan cercanos al basurero a las afueras del mercado San Juan, sobre Arcos de Belén.

Gente muy humilde, desmañanada y hambrienta hace fila mientras sus familiares y acompañantes compran gelatinas en un puesto callejero frente a la clínica, o tamales a la entrada del metro. De pronto resulta difícil saber quién viene a consulta y quién a acompañar al enfermo. Una estadística de la Secretaría de Salud del gobierno del DF, que cubre del 2000 al 2010, indica que la causa número 20 de mortalidad general en esta ciudad se debe a enfermedades gastrointestinales. La primera, padecimientos cardiovasculares, de ahí hacia abajo predominan las enfermedades degenerativas: diabetes, obesidad, hepáticas. En el lugar 11 de la lista aparece una causa que yo esperaba más arriba de la lista: homicidios. No hay una sola ligada directamente a las adicciones.

Mujeres de todas edades, de rebozo cubriéndose medio rostro, en ropa deportiva, con gruesas chamarras de equipos de futbol americano profesional. Los hombres por el estilo. Gestos sombríos y pocas ganas de conversar con el de al lado. Nadie se queja por la larga espera, todos parecen acostumbrados a este tipo de penalidades.

Empiezo a deprimirme. ¿Qué voy a decir una vez que me reciban en trabajo social? No tengo Seguro Popular ni ningún otro. Como la mayoría de los habitantes de esta ciudad, ando a la buena de dios, confiando en que nunca necesitaré atención médica. Desconozco qué tipo de documentos necesito para tramitar mi Seguro Popular, y al menos en mi propio autodiagnóstico cotidiano al verme al espejo mientras me lavo los dientes,  no estoy enfermo, no debo enfermarme. No me lo había planteado y me aterra pensar en ello. Decido regresar más tarde, una vez que haya desayunado y dado un regaderazo que me quite esa sensación de tragedia y suciedad que me fue envolviendo desde que salí de mi domicilio hace casi dos horas.

No sé por qué se me ocurre dejar apartado mi lugar con un señor de edad avanzada, delante de mí. Viste una gorra roja de béisbol con un diablito bordado y una gruesa chamarra de lana a cuadros, innecesaria a mi manera de ver en el templado clima del final del verano.

-Nomás no se tarde porque la fila avanza rápido- me advierte amablemente con voz cansada.

No le creo. De cualquier manera ese día ya no regresaré.

 

 

Autor: administrador

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