La calle de la amargura

Por José Manuel Arriaga

 

El icónico director del cine nacional Arturo Ripstein, mayormente aclamado en Europa que en su país, estrena su reciente película La calle de la amargura. Este vigésimo noveno largometraje reitera su necesidad como narrador por encuadrar -a través de una deambulante y sigilosa cámara- la crónica de un crimen basado en hechos reales dentro de una vecindad citadina.

Dos luchadores enmascarados y enanos son presas de un robo tramado por un par de prostitutas. A ambas la edad les resta remuneración en el oficio y les suma desconsuelos. Una de ellas, Zema (Arcelia Ramírez), exhibe la desatención hacia su hija adolescente y a la par permite la promiscuidad de su marido con otro hombre; la otra, Adela (Patricia Reyes Spíndola), obliga a una anciana a mendigar, la patea para hacerla dormir en el suelo, la maltrata para que se calle, enseguida la abraza, la besa, la ama. Los aciertos del guión –escrito por Paz Alicia Garciadiego- provienen en mostrar esas relaciones afectivas tan ruines como las deterioradas y húmedas paredes de sus barrios marginales. De ahí el desencadenamiento de todos los conflictos y problemáticas de las protagonistas y los personajes secundarios; la marginación sobrepasa el ámbito económico, la verdadera miseria proviene de sus desesperanzas e impotencias.

Ripstein emplea una tétrica penumbra que en todo momento, transmitiendo una austeridad precaria como lúgubre atmósfera que custodia los destinos de los personajes; opta por una fotografía en blanco y negro, así fue como comencé a comprender la realidad y a mi país, aseguró el autor sobre el cine en blanco y negro al presentar su cinta.

La calle de la amargura

 

La  virtud de Ripstein consiste en mostrar la identidad de una parte de la  sociedad a través de sus historias, llevando la cámara a las calles, conociendo su idiosincrasia, desmenuzando sus conflictos habituales, atestiguando los espacios exteriores que dialogan con las vidas de estos personajes,  todo esto conjunta parte de su prosa cinematográfica que retoma ciertos paralelismos con la tradición más cruda del neorrealismo italiano. Sin embrago, hay elementos innaturales, la luz artificial siempre por encima de sus cabezas recalca la rostricidad de carácteres y ambientes agraviados por la pobreza; el alto contraste acentúa aquel requisito primordial de Robert Bresson por develar el rostro expresivo del actor: la menor arruga aumentada por la lupa. Simultáneamente los diálogos entretejen de manera gradual la trama y composición de estos personajes cuyas circunstancias las hará regresar al robo de poca monta para conseguir unos pocos billetes debido a que sus cuerpos marchitos ya sólo son un cúmulo de anécdotas y memorias amasadas dentro fláccidos escotes y astutas minifaldas entalladas de intensiones predispuestas a las peores consecuencias. El par de mujeres seducen a los enanos hasta hacerlos terminar media botella de tequila dentro de una habitación de un hotel de paso, enseguida vierten unas gotas que harán dormir a los enmascarados enanos. La dosis se excede y la noticia despierta un morbo que exige la persecución de las prostitutas. Entonces el melodrama del mediático crimen consuma todas las discretas tragedias cotidianas de los habitantes de estas vecindades, cuya marginación siempre es mejor evadir con unos buenos tragos de tequila, aunque éste se sirva mortalmente adulterado.

 

 

 

>José Manuel Arriaga. Psicólogo de profesión e insubordinado de vocación, escribe novelas mientras observa clínicamente el mundo a su alrededor. Actualmente dirige un largometraje documental e incursiona en la poesía y el teatro.

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