Joyas y amarguras del Mundial

 

 

Por Antonio Ortuño

 

El primer partido de un Mundial que recuerdo con claridad es un Alemania-Francia, semifinal en el  82. Lo ganó Alemania, luego de ir abajo en tiempo extra por dos goles y empatar (el del 3-3 lo metió de chilena Klaus Fischer y me provocó de manera inexplicable, porque ambos equipos me eran del todo indiferentes, el primer llanto futbolero de la vida); lo ganó luego de fallar el tercer lanzamiento de la tanda decisiva (incluso al camarógrafo le dio tanta pena la cara de Stielike que se quedó tomándolo y el posterior error de su rival francés ya no lo vimos). Desde ese día quedé convencido de que el futbol era trágico y heroico y la cosa más importante del mundo.

En esa clave, de dar pasto a la memoria, Brasil 2014 no quedó a deber. Deja buenas historias para retomarse en el futuro. Como, por ejemplo, el colapso del equipo local, que pretendía su sexta corona y por medio de su arrogante entrenador se llenó la boca de proclamarse candidato natural a ella, pero que se derrumbó con un estruendo de resonancias bíblicas, como la estatua del sueño de Nabucodonosor (esa con pies de barro del refrán). Llegó a la semifinal, sí, con un juego medroso y torpe (y violento con los contrincantes), y en el juego definitivo le metieron siete goles y tres más en la “final de consolación”. Total, que lo que se esperaba como una ruta triunfal quedó reducido a un crudelísimo gang-bang.

Ilustración: David Flanagan.

Ilustración: David Flanagan.

Con menos pretensiones pero con orden y carácter, Argentina alcanzó el subcampeonato. Messi, su estrella, no apareció como se hubiera esperado, pero quizá es lógico que un artista no destaque en un equipo de espartanos. Alguien publicó la estadística de que a lo largo de la copa, Messi corrió 20 kilómetros menos que su contraparte alemana Tony Kroos, a quien sin embargo superó en asistencias, pases completos y tiros al arco. Pocos repararon en que hacer más con menor esfuerzo no resulta particularmente criticable. Como sea, en Argentina destacó más Mascherano, representación ideal del héroe que se deja comer el hígado antes que rendirse: su ya famosa frase de “me rompí el ano” no hace sino confirmar la literalidad de su sacrificio.

México, por su lado, fue ejemplarmente México: ganó cuando no se esperaba, sorprendió empatándole a Brasil a cero (resultado que se festejó como un triunfo histórico, pero que quizá se destiñó demasiado aprisa por el posterior colapso brasileño) y cayó en los octavos de final, como ha hecho puntualmente desde hace veinte años, pero con “honor”. El holandés Robben, que fingió aparatosamente la falta que se le cobró como penalti a México y que nos costó la eliminación, pasó a ser el nuevo villano sentimental mundialista. Hace cuarenta años que cierto sector de la afición mexicana vive enamorado de Holanda, en su calidad de campeón sin corona y de eterno equipo que juega bien y pierde mal: ahora todo se fue al traste por el vuelo de Robben y el curioso incidente de twitter en que la línea aérea KLM osó mofarse, así fuera bajito, de nuestra derrota. Ahora y quién sabe por cuántos años, Holanda es el enemigo.

"Clavado" de Robben.

“Clavado” de Robben.

Otro que fue la mejor versión de su yo arquetípico fue el campeón Alemania: arrasó cuando pudo, salió adelante cuando le complicaron la vida y terminó adueñándose de la Copa. No es un ganador que emocione a nadie que no sea alemán, francamente, pero hay que admirarle la constancia. Desde 1966 ha llegado a siete finales y ganado tres y no ha bajado del octavo lugar.

Otros ganadores colectivos e individuales fueron Colombia –victimado por un Brasil al que los árbitros llevaban a hombros, pero que ofreció el juego más vistoso del torneo y su estrella James, que metió el mejor gol a juicio de la FIFA (y mío, la verdad) y terminó como el goleador y contratado multimillonariamente por el antipatiquísimo Real Madrid.

Del lado de los perdedores, los hay muchos y variados. El campeón anterior, España, pagó finalmente las secuelas de su paseo triunfal de los años recientes (dos Eurocopas y el Mundial de Sudáfrica 2010 no son mala cosecha) y se vio como un equipo agotado y sin ganas. Holanda y Chile pasaron por encima de un conjunto con muchos galardones pero que jamás compareció. Apenas ante Australia y con más de medio equipo renovado pudo dejar algunos detalles. Otros fiascos fueron Italia, Inglaterra y Portugal, selecciones con más nombre que actualidad y que no justificaron las alargadas sombras que insistían en colgarles los aficionados y los comentaristas (mucho se habló del genial toque de Pirlo, que ni hizo nada de notar ni pasó de primera ronda). Finalmente y aunque logró clasificar a octavos de final, Uruguay será más recordado por el mordisco de Luis Suárez a un defensa italiano que por su juego. Suárez, por cierto, fue objeto de un castigo asombroso de cuatro meses, que no le permite casi ni jugar al FIFA 2014 pero que sí le permitió ser traspasado al Barcelona. Hubo, en contraste, otros golpazos memorables que quedaron impunes: la lesión de columna de Neymar, la fractura de Héctor Moreno o la espeluznante ruptura de tibia y peroné del nigeriano Onazi por una entrada del francés Matuidi que nomás quedó en tarjeta amarilla y era de cárcel.

Los árbitros tuvieron momentos bajísimos. Pese al sistema electrónico para detectar si los balones entraban o no a la portería, la FIFA no consiguió espantar los fantasmas del arbitraje tendencioso e inepto. Al local lo dejaron patear como si se tratara de un Mundial de Tae-Kwon-Do (como ya sé quién me va a negar que Brasil sea un equipo sucísimo, queda el dato de que nadie cometió tantas faltas ni recibió tantas tarjetas; y eso que se quedaron cortos). Reglas en apariencia sencillas, como el fuera de lugar, fueron aplicadas con criterios diferentes todo el tiempo. Las anulaciones erróneas de goles estuvieron a la orden del día. Milagro que ningún silbante terminara linchado por los aficionados.

El saldo final es, como siempre, paradójico. En el llamado “Mundial de los porteros” (título un poco ridículo para un torneo en que se metieron casi 2.6 goles por juego) se vieron muchas goleadas, muchos errores, muchos equipos desfondados, mucha inestabilidad. El modelo español que predominó entre 2008 y 2013 inspiró en parte a los triunfantes alemanes (control de balón, toque de primera intención, cientos de pases) pero no con claridad determinante. También quedaron espacios para el juego ultradefensivo y al contragolpe que, si los delanteros argentinos hubieran estado acertados en la final, podría incluso haberse llevado la corona.

¿Incidirá lo que se vio en Brasil en el juego por venir? Es dudoso. No fue un Mundial de innovaciones tácticas. Fue, eso sí, una muestra terminante de capitalismo salvaje, de comercialización a ultranza, de autoritarismo fascista de la FIFA. En esos elementos inquietantes y no en lo que pasa con el balón parece, ay, estar cifrado el futuro.

 

 

>Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976). Autor de las novelas Ánima, El buscador de cabezas y Recursos Humanos, con la que fue finalista del Premio Herralde 2007. Es autor del volumen de cuentos El jardín japonés y La Señora Rojo. La fila india es su novela más reciente. @AntonioOrtugno

 

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