Itinerario del asco y la erección

Por Alfredo Padilla

 

Entré a Meteored, busqué el clima para Puerto Vallarta en los siguientes tres días: 36º de intenso calor, con una sensación térmica del demonio. Desee viajar entonces a la región rusa de Siberia y sus -93º, que no le caerían nada mal a mi par de bolas calientes. Pero la “huida familiar” estaba preescrita para la Riviera Nayarit, en Nuevo Vallarta, sobre las estropeadas aguas del océano Pacífico, en uno de esos hoteles de cinco estrellas para gringos fofos y canadienses obesas. Hoteles de pulserita, de todo incluido, para encerrarte en una mazmorra de servicio insincero y fanfarrón, para tragar comida azteca elástica e ingerir bebidas ridículas rebajadas; un parador ramplón, tosco, de esos que abundan en las playas cutres de México.

Arrojé un desdichado montón de ropa en una maleta, un par de garras viejas como playeras y unos trajes de baño que había saqueado de Sears; metí también un disco de NOFX, uno de Fugazi y el último de Juan Cirerol. Al final sólo pude escuchar la música irritada de los hoteles, pseudo armonías para hacer menar el culo de las gringas más párvulas y enclenques.

Subí al autobús junto con todos esos rostros insignificantes que suspiraban mar y omisión, que habían dejado en sus agencias el trabajo acumulado de jornadas, y habían puesto en sus ojos la inmensidad del océano, queriéndose hundir en sus oleajes picados para no salir nunca jamás de él. Me sentí melancólico, como si fuera un oficinista que quisiera ahogarme también en medio de la vergüenza y el degenere. Las carreteras estaban echas un basca, para mí parecía que todo estaba saliendo a la perfección: autos, gasolineras, tiendas de servicio y florestas incendiadas. Narcobloqueos perpetrados por grupos del crimen organizado en Jalisco, pirotecnia por todos lados, morbo y cabecillas asomándose por las ventanas. El chofer del ómnibus pidió calma y precaución, pero en ese momento un helicóptero oficial fue derribado como a un kilómetro de distancia de ahí; fuegos artificiales, más conmoción, chillidos y desasosiego. Parecía que, en realidad, para mí todo estaba saliendo a la perfección. Ese era el tipo de viajes que me gustaba realizar, si es que, en verdad, viajar para mí representaba algo. Yo prefiero enclaustrar el culo en un cubo de cuatro metros cuadrados para terminar de conocerme mejor.

Unos cuantos metros adelante el transporte de audio de una agrupación pop había sido siniestrado también, como una gentileza del cártel Jalisco Nueva Generación. Sin ánimos de ofender a nadie, no me hubiera importado nada que incineraran igualmente a Mario Domm para dejar de escuchar una y otra vez esas canciones cursis que se posicionan en la radio gracias a la payola.

Había gente de todo tipo en el transporte, dementes, imbéciles, chiflados, rencorosos, sádicos y futuros suicidas, como yo; la sociedad moderna había creado su propia especie y la había enfrentado entre sí en los pasillos de ese camión. Después de las deflagraciones y las refriegas, algunos de ellos se echaron a roncar, otros a rumiar comida como cerdos en aislamiento, sus masticadas me punzaban el tímpano. Yo me propuse a leer Fóllame, de la mamacita Virginie Despentes. No lo logré, me arrojé a soñar.

Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente, solía decir el autor de Capitán Tormenta, y yo era el mayor de todos los intransigentes, así que las consecuencias serían fatales si no me destruía en alcohol lo más pronto posible. Acto seguido de registrarme en aquella fila de burocracia cosmopolita, vi los primeros atisbos de juventud extranjera: estadounidenses, quebequenses y algunas tokiotas de sonrisas múltiples y pechos pequeños. Nada mal para comenzar el día, mi cosa empezó a elevarse, y eso que aún no las distinguía en bikini. Me dirigí al bar más cercano y pedí mi primer Manantial del Diablo (Vodka Devil´s Spring), un aguardiente que presume tener 80 por ciento de alcohol, y que se utiliza para preparar distintos cócteles con cítricos como lavanda, té de hierbas, chiles, rábanos y frutos secos.

En los hoteles recreativos llanos nada pasa en realidad, navegan en un contexto de plástico y prosperidad. Algunas bermejas nalgonas surcan el aire con flashazos de entrepierna y culo, separando las fauces de algunos cuantos juerguistas, pero nada más. Es sólo tumbarse al sol a ver el desfile de bañadores internacionales de todos los matices posibles, y dejar que tu aparato enhiesto se glorifique a condiciones máximas mientras tragas más de ese vodka poseído. Esperaba algo enternecedor, que alguien se ahogara en el mar para amenizar la tarde, que un pensamiento retorcido revolcara en alguna de aquellas ontarianas y promoviera así el deprave, una orgia, una francachela saturnal, una bacanal puerca. La vida debería ser un lujurioso pasar de bacanales y orgías, pero pareciera que para las turistas las orgías son demasiado solidarias, buscan más el placer del colectivo que el de las individualidades que lo componen y eso les resta eficacia. Piensan que son más interesantes de contar que de vivir, seguramente han leído a Valérie de Tasso, seguramente no, pero son unas aburridas, una verdadera decepción. Viajan kilómetros y kilómetros para tumbarse en un camastro a leer a Sidney Sheldon, y dejar que su piel resplandezca tanto como la de un camarón. El turismo es una contrariedad, un viaje de mil millas comienza con el primer paso, y ellas aún no han dado ninguno.

Trotar con una erección, reclamar tu bebida con una erección, cenar comida oriental con una erección; excretar con una erección, sacar la conversación con una erección, bucear con una erección, mirar la pelea de box con una erección. A veces pienso de verdad que algunos tipos aún creen que una erección es para mear por encima de una pared alta, como diría Mark Renton en Trainspotting. Las paseantes serán glaciales, pero tienen unos cuerpos perversos, las madres están gordas como vacas en cuaresma, pero sus hijas son una escultura de Brunelleschi moviéndose por todas partes. Es triste, no tienen conmiseración por la vista del hombre frágil, todos esos shorts, hot pants, tops y culottes que entristecen la vida del individuo acoplado. El resto del “viaje” lo pasé en el bar, un sports bar pequeñísimo con tres mesas de billar completamente deshabitadas, algo apesadumbrado. Dejé por fin el vodka y me concentré en el whisky. Demasiado de algo es malo, pero demasiado de un buen whisky es apenas suficiente, me lo decía otra vez el creador de Capitán Tormenta. Apenas y pude dormir con todos estos traseros dándome vueltas por la cabeza, ese vaivén de carne fresca ondulándome de oreja a oreja. Por la mañana había que salir, yo había dormido con una rigidez inalterable, y un asco superior al de Poe cuando murió en su propio vómito. No tenía ánimos de nada, si veía un culo más en cacheteros moriría de una alzamiento fatal.

Subí de nuevo al autobús, los rostros insignificantes no habían perdido su insignificancia, únicamente estaban quemados de la piel como pollos dorados al carbón; ellos parecían presumirlo. Me deprimí otra vez, ninguno se había ahogado, y más de diez regresarían a sus trabajos mediocres la mañana siguiente. La policía aún seguía resguardando las carreteras. Más helicópteros, más patrullas y rondas temerosas, se sentía el miedo de los uniformados, kilómetros y kilómetros de autopista carbonizada. Abrí el libro de la zorrita Despentes; comencé a leer: “¿Por qué no te vas a la cocina? Tengo ganas de masturbarme delante de la tele, estoy harta de hacerlo siempre en la habitación. Aunque si quieres quedarte…”. Mis ánimos comenzaron a mermar, regresaría a casa, a mi cubo de cuatro por cuatro, no dejaría que ninguna otra párvula hiciera levantar mi cosa si no es para manipularla. Los viajes y las turistas no son para mí, las escapatorias son para gente que quiere conocer a otra gente, y yo sólo quiero saber un poco más de mí, de mi propia mierda y mi propia frustración. Lo demás es asunto de las agencias de viajes.

 

 

Ilustración: “Summertime” por Putri Febriana

>Alfredo Padilla es narrador, periodista cultural y orgulloso papá de André. Estudió comunicación en San Luis Potosí. Escribe sobre literatura, música y cine para varias revistas y periódicos del país. Ganador del Premio Manuel José Othón de Narrativa 2014. Twitter: @_PadillaAlfredo

Autor: administrador

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