Florence Jenkins Foster

Una comedia de buen gusto

 

Por Raúl Olvera Mijares

 

Durante mi más bien breve y fugaz estancia en Copacabana, uno de los barrios más exclusivos de Rio de Janeiro, última sede de los juegos olímpicos que, por sus altos edificios de la década de los 80 y los 90, en su apabullante mayoría, hay desde luego construcciones anteriores y posteriores, mucho me recordó el área de Polanco en la Ciudad de México y de Palermo en Buenos Aires, con la salvedad de que Copacabana es un espacio abierto, una deslumbrante playa del Atlántico del Sur. Por mero accidente, adentrándome entre las serpenteantes avenidas, di con un viejo cinema, el Roxy, sito en la arteria principal de la estrecha lengua de tierra, precisamente en Nossa Senhora de Copacabana 945, un viejo cine teatro de grandes ventanales, que exhibía filmes americanos ya vistos con la salvedad de un trabajo, no por cierto americano aunque sí en inglés, del británico Stephen Frears, un realizador que desde My Beautiful Laundrette (1985), sobre una historia y un libreto del escritor britano-paquistaní Hanif Kureishi, despuntara en la arena internacional. Desde luego la consagración definitiva vendría con Dangerous Liaisons (1988), basada en el drama de Choderlos de la Clos, que provocaría la reacción de Miloš Forman con Valmont (1989). El filme de Frears contaba con la actuación de tres luminarias de la pantalla, John Malkovich, Glenn Close y Michelle Pfeiffer. Más recientemente The Queen (2006) y Philomena (2013) han sido trabajos memorables. Sin duda alguna, el haber pasado por Cambridge en sus años universitarios y por los estudios de la BBC en su formación profesional, particularmente en las producciones para televisión, proverbiales por la fidelidad a los ambientes históricos, Stephen Frears (1941) es un director que casi siempre tiene algo que ofrecer al espectador, sobre todo por el sabio manejo de los actores, las tramas y los ambientes. No ajeno a los compromisos comerciales y los encargos, como se echa de ver en The Queen y todo aquel penoso y aún oscuro asunto de la muerte de la princesa Diana.

Adquirí la entrada y salí a hacer algo tiempo, ya que la película comenzaba en dos horas, y aprovechar para cenarme alguna linguiça toscana, suerte de longaniza, chorizo o salchicha, que algunas veces es posible encontrar incluso en puestos callejeros, desde luego también en restaurantes, como linguiça à mineira, servida con unas yerbas verdes al vapor parecidas a las espinacas o las acelgas, de las que Portugal y Galicia son pródigas. Había visto la cinta Marguerite (2015) de Xavier Giannoli que tiene como protagonista a la multifacética y siempre a tono actriz Catherine Frot, conocida por trabajos como La Tourneuse de pages (2006) de Denis Dercourt y Les Saveurs du palais (2013) de Christian Vincent. Una intérprete sobria y solvente, muy del gusto francés. El personaje histórico de la rica y excéntrica dama de sociedad que, a pesar de las dotes que la naturaleza y el arte le escatiman para el canto, se empeña en berrear y hacerlo a lo grande y espectacular en casas de ópera en forma de recitales de gala. Fue el teatro, quizá aún antes de la biografía, el ámbito que rescataría esta extravagante figura histórica, conocida por sus célebres grabaciones, una de las más buscadas que se hayan realizado en vivo en el Carnegie Hall, el disco Murder on the High C’s del exclusivo sello de música culta Naxos Nostalgia recoge algunas de las difíciles y desfiguradas arias de su repertorio. A partir del inicio del milenio, varios teatros en Edimburgo, Broadway y el West End londinense comenzaron a tener éxito con piezas basadas en la vida y la obra de Florence Jenkins Foster (Pensilvania, 1868-Nueva York, 1944), rica heredera aquejada de una sífilis galopante que muy pronto le frustraría su carrera como pianista, provocándole atrofia de una mano. La enfermedad como el dinero es herencia de su primer marido.

florence foster jenkins

Marguerite prescinde del mero dato médico y se concentra en los ambientes aristocráticos y la comicidad del personaje, el filme Florence Jenkins Foster (2016) de Stephen Frears se apega fielmente a la biografía del personaje al mismo tiempo que perfila el histrionismo de ciertos caracteres. El guión es de Nicholas Martin. El reparto es impresionante a causa de Florence (Meryl Streep), St. Clair Bayfield (Hugh Grant), el joven marido, un actor de teatro frustrado, y Cosme McMoon (Simon Helberg), pianista oscuro que por la ambición de tocar en el Carnegie Hall es capaz de apechugar con las notas falsas y los francos gritos de la improvisada intérprete. Está también la querida o amante de Bayfield, Kathleen Weatherley (Rebecca Ferguson), con quien el fiel marido mantiene otro frente. Existe un acuerdo previo con Florence de no cohabitar de manera íntima por temor al contagio. Florence, desde luego, desconoce la existencia de la concubina. Los estragos de la sífilis, esa enfermedad que consumió a tantos en el pasado, Friedrich Nietzsche y Fernando Maximiliano de Habsburgo, no los últimos por cierto. Florence se acerca ya o más bien se encuentra en medio del tercer estadio de la enfermedad. En su caso el órgano más afectado es el corazón, por lo menos no el cerebro, que le impediría interactuar, como lo hace de manera tan desembarazada. De hecho, durante el concierto que logra ofrecer en el Carnegie Hall al principio el auditorio, compuesto por tipos de toda laya, comienza a reírse y después la dejan seguir. Qué diferente de sus presentaciones ante el Club Verdi, amigos de la cantante con algunos críticos comprados. Al final terminan por reconocer la comicidad innata sin par, no buscada de antemano aunque conseguida sin lugar a disputas. Una grabación que se ha transmitido por la radio es la causa de la súbita popularidad.

Sabiamente dosificada entre los talentos histriónicos de los intérpretes, la cinta es una muestra exquisita de la comedia de época. Hugh Grant está en lo mejor de su carrera. Ya no es aquel joven universitario de aires aristocráticos, ahora alcanza notas más entrañables y humanas. Meryl Streep sabe sacar todo el provecho posible a su formación en la voz, distorsionándola, desafinando a propósito, un reto nada fácil. El actor de origen hebreo alemán Simon Helberg, además de comediante es pianista profesional, eso sin hablar del virtuosismo para imitar acentos extranjeros (particularmente el pesado deje alemán en otras cintas). La actriz sueco-británica Rebecca Ferguson tiene una actuación destacable. El filme en momentos amenaza con robárselo el afeminado y menudo Cosme (Helberg). El talento más probado de la todoterreno Streep logra mantenerse como dueño y señor de la situación.

Me parece que este filme no se ha exhibido en México con toda la amplitud que requeriría. El estreno en Estados Unidos fue apenas en agosto. Reacciones encontradas ha suscitado en el extranjero, algunos se quedan sólo en el tinte de comedia ligera y de histrionismo consumado. Otros destacan los ambientes históricos reproducidos a partir de la natal Inglaterra del director. Los planos abiertos se tomaron en Liverpool, ciertas áreas que recuerdan al Nueva York de 1944 (el tema de la guerra es crucial, Florence pretende ofrecer su último concierto en beneficio de los soldados en el frente), mientras que otros planos se realizaron en New Brighton. El toque inglés de la cinta está en el director y en el papel coprotagónico (Hugh Grant), además de los ambientes y las atmósferas. Una reflexión profunda sobre los estragos de la enfermedad está ausente en el filme, si bien salen a relucir los nocivos efectos del mal, que tanto recuerda las consabidas enfermedades incurables de nuestros días. La parodia llega al colmo en el aria de la Reina de la Noche, de La flauta encantada de Mozart. El carácter cuasi viral que tuvo la grabación refleja la creencia popular de que los cantantes de ópera no hacen otra cosa sino gritar. Nada más alejado de los verdaderos virtuosos de la voz. Sin duda alguna, una comedia de buen gusto y con un trasfondo, humano y social, que depara un rato ameno para aquellos que aprecian el género y quieren verse expuestos al trabajo de verdaderos actores.

 


>Raúl Olvera Mijares (Saltillo, 1968) cursó estudios de filosofía en Monterrey y Liechtenstein. Autor de novelas, ensayos y textos breves. Ha publicado en La Jornada Semanal, La Tempestad, Tierra Adentro, Milenio, Cuadrivio, Axiomathes de la Universidad de Trento, Anuario Filosófico de la Universidad de Navarra, La Siega de la Universidad de Barcelona, Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana, La Palabra y el Hombre de la Universidad Veracruzana, Luvina de la Universidad de Guadalajara, Armas y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Puntos cardinales (Instituto Coahuilense de Cultura, 2003), Dramaturgia de Monterrey (Universidad de Durango, 2007) y Las influencias expuestas (Calygramma, 2013) se cuentan entre sus libros. En la actualidad se encuentra al frente de Lingua Franca, agencia de servicios lingüísticos y editoriales, especializada en la traducción de alemán, inglés, francés, italiano, polaco y portugués, así como la edición y revisión de textos en castellano.

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