Esquirlas

Por Luis Panini *

 

Recibió la peor clase de noticias en el consultorio de su oncóloga durante una visita que realizó dos o tres días después de su última biopsia y análisis sanguíneos. La quimioterapia fue un rotundo fracaso. La leucemia no cedió territorio, o más bien sí lo hizo, pero en cantidad exigua. A la doctora no le restaba más que declararla como desahuciada. Paciente en fase terminal. Llegó a sugerirle, aunque con extrema prudencia, otra sesión de quimioterapia para prolongar su vida algunas semanas, quizá un par de meses. También le advirtió que de acceder, su calidad de vida en ese lapso de tiempo no sería óptima y estaría muy por debajo de lo estándares aceptables. Ni lo pensó. No estaba dispuesta a someterse de nuevo a ese tratamiento que prácticamente ya la había dejado sin vida, agonizando día y noche en la habitación de un hospital. Desde Los Ángeles consulté las condiciones atmosféricas de Arnhem tan pronto me comunicaron los pormenores de esa visita, casi seguro de encontrar mal tiempo, un vendaval, tormentas eléctricas, lluvias torrenciales, algún dato capaz de sustentar mi teoría climatológico-somática que surgió a raíz de la imposibilidad de enterarme sobre su estado en tiempo real. En la pantalla apareció el símbolo correspondiente a cielo despejado. Entonces confirmé que esa hipótesis, formulada meses antes, rayaba en lo absurdo y no poseía ninguna validez.

Generalmente los especialistas, después de diagnosticar a una persona con un tipo de enfermedad terminal, le sugieren consultar a otros expertos en la materia para obtener una segunda o tercera opinión. Ésta es una práctica habitual en el campo de la oncología, permitirle al paciente la libertad de corroborar el parecer de su médico de cabecera. Su primera reacción fue de absoluto descreimiento cuando le informaron sobre el fracaso de la quimioterapia. Después de agonizar durante varias semanas en una cama de hospital, permitiéndole el paso las 24 horas del día a sustancias tan tóxicas, ¿por qué su condición no experimentó cambio alguno? El régimen farmacológico al que estuvo sometida incluyó, de acuerdo con varios expertos, una de las combinaciones químicas más potentes prescritas para este tipo de leucemia, tan potente que es considerada por otros como bárbara y letal. El equipo médico encargado del caso resolvió que la clase de medicamentos y sus dosificaciones constituían el plan de acción más adecuado para obtener resultados favorables, pues éste era el tipo de leucemia más agresivo que algunos de sus integrantes habían visto en sus respectivas carreras. De hecho, según opinaron varios, era incurable y cualquier tratamiento para remediar su condición sería inútil y devastador porque no sólo conseguiría prolongar su agonía física —debido a la extrema toxicidad de los fármacos en cuestión— sino también la mental, pues motivaría el advenimiento de esperanzas absurdas.

Sus médicos le aconsejaron continuar en casa con un tipo de quimioterapia en cápsulas cuyos efectos secundarios resultaran, en comparación, menos draconianos. El plan de acción ya no era reducir el número de células malignas en su cuerpo, sino disminuir la rapidez con la que se multiplicaban con el fin de prolongar su vida algunas semanas o incluso meses. También sería sometida a un régimen de transfusiones sanguíneas cuya estricta periodicidad le otorgaría la energía suficiente para caminar unos cuantos pasos al día, aliviar sus necesidades fisiológicas en el baño y no en la cama, o sostener un libro o el control remoto del televisor, tareas tan simples y básicas que su imperante debilitamiento le impidió realizar en días recientes.

Aunque en un principio mantuvo una disposición bastante optimista ante el tratamiento al cual sería sometida en días venideros, el voluntarioso talante que hasta entonces la gobernó fue reemplazado por una especie de resignación que manifestó como un hastío silencioso cuando le informaron, un par de meses después, sobre su ineficacia. La única manera de curar la enfermedad que la victimizaba consistía en morir. Ella lo sabía. También que nosotros habíamos llegado a esa conclusión. Los oncólogos no se lo ocultaron. Le sugirieron guardar reposo en casa y esperar.

 

Esquirlas_Luis_Panini

 

La primera vez que la visité, después de recibir el diagnóstico oficial cuatro meses antes —Leucemia mieloide aguda sin maduración (LMA-M1)—, una de sus hermanas pasó a recogerme a Schipol, el aeropuerto internacional de Ámsterdam que no está precisamente en la capital, sino en Haarlemmermeer, una municipalidad ubicada al suroeste. Debido a una nevada nos tomó casi dos horas realizar el trayecto hasta la ciudad de Arnhem. Cuando llegué, su hermano ya estaba ahí, también sus tres hermanas. Viajaron desde dos ciudades holandesas, una provincia española y la costa oeste de los Estados Unidos para acompañarla e impedir que su ánimo decayera hasta hundirla en un profundo estado de depresión al identificarse como paciente en fase terminal. Apenas entré a la casa escuché su voz mientras colgaba mi abrigo de un gancho. Me pidió esperar un par de minutos antes de pasar a verla. Distinguí ansiedad en su voz, el tono era casi suplicante. Me retiré el calzado en el vestíbulo y lo sacudí sobre un tapete para deshacerme de la poca nieve aún adherida a las suelas. Otros familiares me dieron la bienvenida con sus característicos tres besos holandeses y en voz baja me informaron que se sentía un poco nerviosa. Su aspecto físico le provocaba vergüenza y no deseaba perturbarme. Haberla visto tan sólo días antes por medio de videoconferencias, siempre lejos de ventanas o amparada por atenuadores lumínicos, no consiguió prepararme para contemplar su apariencia cadavérica a plena luz del día. Su semblante experimentó cambios drásticos y eran difícil de ignorar. Su tez, ahora casi transparente, se antojaba albina, como si su espesor hubiera adelgazado para evidenciar el implacable trastorno cuya marcha feroz la fulminaba en cámara lenta. No era necesario adivinar los caprichosos dobleces de las venas y las arterias, bastaba con ver sus piernas para quedar perplejo ante la forma en la que los derroteros de la sangre quedaban ilustrados. Su cuerpo semejaba un gráfico impreso en una de las páginas de un tratado anatómico para estudiantes. También podían distinguirse a simple vista los caminos sinuosos de algunos vasos sanguíneos sobre las sienes, cerca del cuello y la mandíbula. El alto contraste entre la prominencia de sus pómulos y el hundimiento de las mejillas evidenciaba la fisonomía craneal. Los globos oculares, de irises opacos, retrocedieron en las cuencas. Ocultaba la pérdida total de su cabello mediante una boina de color celeste. No tenía pestañas, tampoco cejas, por eso me pidió esperar un momento, para dibujarse un par. Cuando me aproximé temí saludarla con un beso en la mejilla. Pensaba en el incalculable número de gérmenes asidos de mi piel y vestimenta después de un vuelo trasatlántico plagado de pasajeros con resfriados, además de otros padecimientos contagiosos, que podrían ser letales para una persona cuyo sistema inmunológico se encuentra en extremo agotado luego de someterse a un tratamiento tan tóxico cuyo objetivo es el de envenenar al cuerpo lo suficiente para erradicar el mal que lo gobierna, mientras que le permite mantenerse con apenas la suficiente vitalidad para llevar a cabo las tareas más básicas y primitivas de la fisiología humana. Me pidió que me acercara para darle un beso y un abrazo. Le comuniqué mi angustia sobre la posibilidad de transmitirle uno de los tantos microbios de los que seguramente ya era huésped. “De todas formas voy a morir pronto”, insistió. Después de saludarnos le dije, pues sabía que ella deseaba escucharlo, que no parecía estar enferma. Su aspecto me causaba, más bien, el mismo tipo de impresión que experimento al ver a un conocido cuando cambia su corte de cabello o estilo de vestir. Se interesó por conocer las condiciones de mi viaje. Aquella pregunta no pudo ocurrir en mejor momento, me permitió pretextar, luego de un largo vuelo con escala de tres horas en la ciudad de Chicago, la necesidad de acudir al baño de visitas en donde permanecí encerrado el tiempo suficiente para motivar sospechas.

Algunos días antes de mi llegada a los Países Bajos en el mes de febrero, una de sus hermanas acudió a una librería en la ciudad de Hillegom para escuchar a un famoso médium durante la presentación y firma de su nueva obra. Al final del evento la hermana consiguió inmiscuirse entre la multitud, pretextando el deseo de obtener un ejemplar firmado, pero sobre todo impulsada por la necesidad de conversar con él acerca de su hermana menor. El médium, quien desde hace años es todo un fenómeno televisivo a nivel nacional, le facilitó su correo electrónico para que ella lo contactara si lo creía pertinente, además de extenderle una invitación por si tenía interés en presentarse a la grabación de uno de sus programas el próximo octubre.

 

Febrero 11, 2009

Estimado D.,[1]

Soy una joven de 34 años de edad diagnosticada con leucemia incurable. Los médicos han suspendido mi tratamiento y sólo cuento con pocas semanas de vida, quizás algunos meses.

Durante años he visto tu programa de televisión con gran admiración e interés. Mi hermana conversó contigo durante una firma de libros en Hillegom, en la cual le facilitaste tu correo electrónico y extendiste una invitación para que acuda a uno de tus programas en octubre. Muchas gracias por el ofrecimiento, pero por desgracia y debido al poco tiempo que me han dado es muy poco probable que pueda asistir.

La agonía mental que padezco es indescriptible, tengo mucho miedo de morir. Para mí sería un gran consuelo y me ayudaría a aceptar mi situación si supiera que existe la vida después la muerte y la posibilidad de reunirme con mis familiares fallecidos. Como no cuento con tiempo para estar en uno de tus programas en octubre, ¿existe alguna manera de que me concedas una lectura personal? Te estaré eternamente agradecida si pudieras hacer que esto suceda.

Esperaré y rezaré para que me contactes pronto.

Janine Cremers

 

El médium, después de leer el mensaje, accedió a visitarla en su domicilio tres o cuatro días después, sin esperar compensación económica a cambio. El novio, las tres hermanas y el hermano estuvieron presentes durante la consulta, aunque se le pidió al primero retirarse porque las lecturas más acertadas, según él, tendían a ser aquellas que sólo contaban con asistentes ligados por el parentesco sanguíneo debido a la similitud de las energías y a los muertos en común. Comenzó por deslumbrarlos al pronunciar una serie de particularidades sobre algunos familiares difuntos y con vida que incluso logró enganchar la atención de los más escépticos. Era imposible, me informaron unas horas después de mi arribo, que un extraño conociera detalles tan específicos sobre una familia. Luego de establecer cierto grado de credulidad mediante sus primeras deducciones, el médium respondió la pregunta que ella le hizo en su misiva. En efecto, existe vida después de la muerte, le aseguró el hombre. Ella deseó conocer más sobre las condiciones básicas de esa existencia. ¿En dónde estaba situado ese espacio? ¿A qué se dedicaba la gente en ese lugar? ¿Qué tipo de esparcimiento favorecían sus moradores? Quedó decepcionada al escuchar las respuestas  del médium, quien urdió una serie de comentarios sobre seres flotantes compuestos de energía blanca que deambulaban sin cesar y estaban rodeados por una sensación de paz y bienestar todo el tiempo. Me dijo con tono angustiado: “No leen libros, Luis, no ven películas, no se alimentan. Flotan de un lado a otro y no necesitan hacer nada más para ser felices”. Las carcajadas nos impidieron continuar la conversación cuando los dos fracasamos el intento de imaginar una versión más apática del Paraíso.

[1] Traducción del autor.

 

Luis_Panini_foto

 

 

> Luis Panini (Monterrey, 1978) es escritor, arquitecto y artista visual. Es egresado de la Licenciatura en Arquitectura de la UANL y realizó estudios de posgrado en Estados Unidos y Alemania. Autor de Terrible anatómica (Conarte, 2009; Premio Nuevo León de Literatura 2008) y Mala fe sensacional (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010). Fue incluido en Cuentos desde el Cerro de la Silla. Antología de narradores regiomontanos (Anagrama/UANL, 2010) y Lados B 2012: Narrativa de alto riesgo (Nitro Press, 2012). Actualmente reside en la ciudad de Los Ángeles. Esquirlas es su primera novela.

*Fragmento de la novela Esquirlas (27 Editores, 2014). Agradecemos a la editorial las facilidades otorgadas para su publicación.

Autor: administrador

Comparte esta publicación en