En mi casa mando yo

 

 

Por Antonio Ramos Revillas

 

Ramiro aborda el autobús que lo llevará a Pachuca. Resuenan en sus oídos, aún en el asiento incómodo del transporte que baja de la sierra del norte de Hidalgo, aquellas palabras que le dijo el hombre: “Muchas gracias, maestro, yo sé que usted ha hecho muchas cosas buenas por los chicos del pueblo, pero quiero decirle que en mi casa mando yo y que si insiste, pues… ¿usted sabe por qué me fui hace años del pueblo? Bueno, no me causaría problemas irme de nuevo”.

Ilustración: Sabrina Passalia.

Ilustración: Sabrina Passalia.

Ramiro no sabe si ha hecho cosas buenas, o tal vez sí. Para él, la sencillez de las cosas inicia en la imaginación, pero ¿cómo es que promover la lectura lo ha llevado a esta complejidad? De joven se había vuelto un artista del teatro. Había viajado con una compañía por toda Europa del Este y del lado occidental de la cortina de hierro. Actuaba, declamaba, era parte de una generación que quería cambiar al mundo. Pero al volver a México, al llegar como maestro a aquel pueblo en lo alto de la sierra se había visto con la otra realidad: el gobierno no apoyaba la cultura, los usos y costumbres de la comunidad estaban arraigados en la violencia y la ausencia de eso que tanto él amaba, las artes. ¿Cómo quedarse con los brazos cruzados? Y no lo hizo.

Con los alumnos de la preparatoria empezó ciclos de lectura. De los sábados en los que el alcohol y los juegos violentos hacían mella en los adolescentes empezaron a leer y a representar obras de teatro. Ramiro no vio los cambios, pero una tarde un doctor le confesó que antes, cada fin de semana, había muchos heridos entre los jóvenes, se peleaban tras las fiestas. Desde que él había empezado con la lectura todo había cambiado.

En otra ocasión, un chico al que no le gustaba la lectura había abandonado la escuela por la aberración que le causaba leer. Ramiro fue hasta su casa y le regaló un libro de sopa de letras. “Para que veas que la lectura es para divertirse”. El chico volvió a la semana. Pero todo eso era fácil. Ahora, ¿cómo le hacía ante la velada amenaza del padre de una de sus lectoras? Había empezado a trabajar con un grupo de chicas contra la violencia doméstica, con textos y ejercicios que las hicieran reflexionar que la violencia en casa no era normal. Una de ellas había empezado a tomar conciencia de su caso hasta que el padre la había detenido en seco y ahora a él con esas palabras: “Sólo quiero decirle que en mi casa mando yo”. “Sólo quiero decirle que no me molestaría irme de nuevo de la sierra, huyendo”.

Con esas palabras Ramiro se presentó en Pachuca en una capacitación de Salas de Lectura y descubrió, al escuchar a todos los compañeros, una forma de solucionarlo. Cuando volvió al pueblo decidió empezar también a trabajar con los padres de las chicas. Ir, leerles, compartirles ideas mientras sigue con los cursos de oratoria, los grupos de lectura y las obras de teatro. Es cierto que cada quién manda en su casa pero ¿cómo mandar sobre los libros? ¿Cómo no dejarse cambiar por ellos, por nosotros, por las historias que de pronto estaban ahí, para florecernos? “Sólo quiero decirle que en mi casa manda la lectura”. Tal vez pensó. Ésa habría sido una buena respuesta.

Mediador Ramiro Ramírez, Hidalgo.

 

>Antonio Ramos Revillas (Monterrey, 1977). Tiene cuatro libros de cuentos publicados: Todos los días atrás, Dejaré esta calle, Sola no puedo, Habitaciones calladas, y las novelas infantiles Los cazadores de pájaros, Reptiles bajo mi cama e Ixel. La novela El cantante de muertos (Almadía, 2011). Su más reciente libro es La Guarida de las lechuzas (Ediciones El Naranjo, 2013)

 

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