El Perrodiablo sale de cacería

 

 

Por Antonio Ortuño

 

En el cielo puse el grito

Y si no está escrito, lo escribo yo

“Chazarreta”

 

 

En medio del naufragio espantoso, irreparable quizá, del rock en español ―un género abotagado, incapaz de evolucionar y, desde hace mucho, carente de un mínimo de inteligencia en sus propuestas―, El Perrodiablo es una isla de pura roca.

Estos tipos de La Plata, Argentina, no vienen de ninguna de las corrientes principales de ese emputecido rock en español que pretende incorporarse al folclor y acoplarse, mansamente, al pop latinoamericano. No son un grupo que juegue con las modas: las ignora o pasa de largo ante ellas. No juega ese partidito onanista de los que amanecen post rock, a mediodía fusionan y por la noche se afanan en tomarse la foto con alguna reliquia de la música popular, bajo la premisa de que lo contrario es esnob (y no, chicos: los esnobs, los que fingen, son ustedes).

Nada: El Perrodiablo es puro rock ruidoso, rock que se ha puesto a cavar cada vez más hondo en su parcela. Si comenzó como una banda de punk (de lo que dan buen testimonio sus primeros discos, La bomba sucia y ese monumento que es Orgía políticamente correcta), a partir de El Espíritu (2012) hay una búsqueda radical (en el sentido etimológico directo: lo que va a las raíces) y ha dejado al descubierto varias y buenas vetas de blues y hard rock.

El Perrodiablo. Foto: Lita Pascual.

El Perrodiablo. Foto: Lita Pascual.

La banda acaba de sacar a la luz una nueva apuesta, Cacería (editado por el sello Oui Oui Récords de Buenos Aires, y que puede oírse entera en bandcamp), y le ha dado otro sonoro garrotazo a la piñata vana, arribista y mentirosa del rock en español.

Alguien ha descrito ya a Cacería como una ametralladora. Lo aplaudo pero pienso que es, en realidad, como un tanque. No sólo acribilla; aplasta. Es rock ruidoso, irritado, enérgico, ejecutado con una convicción que rebasa las dicotomías de virtuosismo/instinto o finura/rudeza. Y donde el rock en español, ese pobre payaso apaleado por este texto, pero sobre todo por la realidad, no ofrece sino soniditos hiperproducidos y palabras zonzas, letras ingenuas, torpísimas, que imitan sin talento las rimas de todos los estilos que van de la cumbia al tango, El Perrodiablo se las arregla para encontrar en su rabia punk y en su talento blusero los puentes para arrojarnos a la cara un puñado de frases afiladas, certeras, que no se pretenden poesía pero la consiguen.

Es difícil elegir unos pocos temas para el escaparate porque todos funcionan. Al gusto de quien escribe, “Chazarreta”, “Puente dinamitado”, “Medicina” o “La guerra psicológica” son obras maestras, huracanes, una suerte de encuentro de AC/DC y Sabbath con los Stooges pasado todo por el cedazo de esa madre oscura que es la provincia latinoamericana.

No sé si El Perrodiablo llegará a ser un fenómeno mundial, y me parece que no me importa, pero sé que no acabará haciendo versiones sinfónicas de sus canciones. Estos tipos suenan como obreros enojados. Son mi banda de rock favorita en el mundo.

 

 

 

>Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976). Autor de las novelas Ánima, El buscador de cabezas y Recursos Humanos, con la que fue finalista del Premio Herralde 2007. Es autor del volumen de cuentos El jardín japonés y La Señora RojoLa fila india es su novela más reciente. @AntonioOrtugno

 

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