El oficio de delinquir

Por Testigo Colaborador

 

En los años setentas, asaltar con un arma era sinónimo de ser un vulgar ratero. Delinquir con limpieza, sin hacerle daño a la víctima, ahorrándole inclusive el susto, era obra de verdaderos artesanos que habían adquirido la habilidad de su oficio mediante la enseñanza de un maestro y decenas de horas de práctica.

De acuerdo con los archivos de lo que fue la Dirección de Investigación y Prevención de la Delincuencia, la tan satanizada DIPD, Felipe Bustos Fuentes, el “Mano Negra”, uno de los carteristas más avezados, aprendió de niño a aplicar el “dos de bastos” practicando con un maniquí vestido de traje que le compró su padre. Tanto ensayó, que el chamaco fue capaz de extraer la cartera sin apenas mover la tela de la vestimenta. Ya mayor, Bustos Fuentes se convirtió en una leyenda por su elegancia, la astucia que empleaba para conseguir sus propósitos y una rara destreza para emplear las dos manos en la obtención de su botín.

Pero el carterista era sólo una de las especialidades de los delincuentes o, en lo que la jerga policial se denomina “artegio”, que es un “saber hacer” delictivo. Los artegios tenían dos grandes divisiones: los que estaban encaminados a robar, como el de el “Mano Negra”, y los dedicados a timar. Entre éstos últimos sobresalen los “piñeros”, que basaban su actuación en la voracidad de la gente. Fabricaban situaciones de las que aparentemente la víctima sacaría alguna ventaja, como darle unos cuantos pesos a un campesino por el billete que obtuvo el premio mayor de la Lotería u obtener un inmueble a precio de ganga. Hubo, en aquellos años, varios incautos que “compraron” por unos cuantos pesos el Palacio de Bellas Artes y la Torre Latinoamericana.

Los artegios eran muchos: cristero, paquero, tumbador, tres cuartillas, golero, guagua, nahualero, coscorronero, fardero, cornisero, retinto, boquetero, cristalero, cirujano, peregrino, chicharrero, espadero, zorrero y chinero. De todos ellos, sólo el último, que todavía se aplica en algunos barrios como La Merced y Tepito, implica un ataque físico a la víctima. Los chineros actúan en tríos en lugares concurridos, un de ellos sorprende al elegido por la espalda, le aplica una llave en el cuello hasta que se desvanece, otro se apodera de los objetos de valor y el tercero cuida que todo salga bien.

Los cambios sociales y urbanos, así como las crisis económicas que se vivieron a partir de los ochenta, transformaron también a la delincuencia y su forma de actuar. El proceso de enseñanza-aprendizaje de los artegios se rompió y la habilidad fue sustituida por una pistola o un cuchillo. Hoy en día casi todos los robos se obtienen mediante la amenaza, el improperio y el daño físico.

Cuando alguien fue despojado de su cartera y se da cuenta hasta cuando va a pagar, primero se lamenta y luego agradece que no le hayan hecho daño. Sin embargo, no hay que confiarse, si un día llega a su casa y ya no está la televisión, la computadora y las joyas, pero en el centro de la sala hay excremento, por ahí pasó un “zorrero”, que tras apoderarse de eso objetos, como ritual, antes de irse, pasó a “tirar el miedo”.

 

 

>Testigo Colaborador ha sido en los últimos años reportero de la fuente policíaca para dos diarios capitalinos. Se forjó profesionalmente a finales de los noventa, cuando el Distrito Federal registró la tasa de criminalidad más alta de todo el siglo y era la ciudad más insegura de México. Desde hace cinco años cubre narcotráfico y las secuelas de la llamada “guerra” contra el crimen organizado. Conocedor de la diferencia entre periodismo y ficción, ha dejado para esta bitácora sus elucubraciones personales, a la espera, como ocurre en las investigaciones ministeriales, de que surja un dato que un día las saque del Archivo Provisional y las convierta en una obra resuelta.

Autor: administrador

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