El lavador

 

 

Por Testigo Colaborador

 

En la calle nadie daría un peso por él. Menudo, chaparro, moreno, de cabello lacio engominado, peinado tercamente de lado, de ojillos pequeños, de sonrisa tímida y actitud de completo extravío. Pasa por cualquier oficinista que con desgano llena formatos o pone sellos en los atiborrados juzgados administrativos. Originario de la sierra de Oaxaca, este personaje, rozando ya los 50 años, estudió contaduría en la capital de su estado y sus primeros empleos los consiguió en despachos que le llevaban las cuentas a mercerías y otros pequeños negocios del Centro de la ciudad.

Intuitivo como es, pronto entendió que el quid de su profesión es cómo engañar al fisco para que sus clientes paguen cada vez menos impuestos. Nadie quiere regalar la riqueza que genera. Entonces comenzó a realizar pequeñas triquiñuelas que con el tiempo se fueron perfeccionando hasta que su fama de prestidigitador se extendió y primero políticos locales, después nacionales y más tarde grandes empresarios lo buscaron para que les ayudara a esconder de la hacienda los cuantiosos ingresos que obtenían.

Ilustración por Emanuel Wiemans (publicada originalmente en la versión holandesa de Quote Magazine).

Ilustración por Emanuel Wiemans (publicada originalmente en la versión holandesa de Quote Magazine).

Hábil en la búsqueda de los recovecos del sistema tributario, este contador siempre tiene una salida maestra para cada cambio en las tasas impositivas y, además de ocultar los ingresos a los ojos del recaudador, convierte el dinero malo en bueno, lavando estratosféricas cantidades. Uno de sus mayores inventos fue crear una decena de cooperativas fantasma, a través de las cuales simulaba préstamos de una a otra para ir ocultando el dinero de algún cliente. Los recursos recorrían todas las cooperativas y cuando el SAT llegaba a la última de ellas, el tiempo límite para cobrar el adeudo fiscal ya había expirado.

Los pocos que lo conocen dicen que el hombre ha acumulado una fortuna incalculable. Tiene dinero ahorrado en los mayores paraísos fiscales del planeta. En Argentina, donde pasa la mayor parte del tiempo, se da vida de jeque y se permite las mayores excentricidades, como cerrar el mejor restaurante de Buenos Aires para que él y 20 de sus mancebos puedan cenar a gusto entre demostraciones obscenas de cariño en la mesa. Cuando visita México no se permite nada que no se ajuste a la máxima juarista de la justa medianía, porque le gusta recordar que nació en piso de tierra. “Nada sería peor que negar el origen”, responde a quien le pregunta por su austeridad en cielo patrio. Por eso, quien se lo cruza en la calle no daría un peso por él y a él tampoco le importa, porque si de su fortuna repartiera como peaje un peso a todos los que encuentra en la calle podría dar cientos de vueltas por el país.

 

 

>Testigo Colaborador ha sido en los últimos años reportero de la fuente policíaca para dos diarios capitalinos. Se forjó profesionalmente a finales de los noventa, cuando el Distrito Federal registró la tasa de criminalidad más alta de todo el siglo y era la ciudad más insegura de México. Desde hace cinco años cubre narcotráfico y las secuelas de la llamada “guerra” contra el crimen organizado. Conocedor de la diferencia entre periodismo y ficción, ha dejado para esta bitácora sus elucubraciones personales, a la espera, como ocurre en las investigaciones ministeriales, de que surja un dato que un día las saque del Archivo Provisional y las convierta en una obra resuelta.

 

Autor: administrador

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