El gran Fitzgerald

 

 

Por J. M. Servín

 

Se debe ser muy pretencioso para llevar al cine una quinta versión de El gran Gatsby y suponer que al contrario de las sucesoras, se saldrá adelante adaptando una de las grandes novelas del siglo XX. La apuesta más reciente del director australiano Baz Luhrman no sería mala en sí misma si no flotara un tufo a narcisismo que no corresponde ni al autor de una de las historias más bellas jamás escrita, Scott Fitzgerald (como si hiciera falta mencionar su nombre), ni de su entrañable personaje, Jay Gatsby.

Luhrman en sí mismo parece un personaje de Fitzgerald, quizá tan chocante como el propio Tom Buchanan, el rival de amores de Gatsby; desde una suite del lujoso hotel Plaza en Nueva York y con ese tonito de voz que distingue a la gente privilegiada por su origen y dinero, declara a los medios previo al estreno de su película: “Iba a juntarme con mi mujer (la diseñadora de atuendos Catherine Martin) en París para el nacimiento de nuestra hija y pensé ´Voy a ir en el Transiberiano…´ mientras atravesaba Rusia me serví una copa de vino y comencé a escuchar el audiolibro de El gran Gatsby”. La consecuencia de ese fastuoso viaje por alguien a quien no le gusta leer, parece extraído de una historia de Fitzgerald para llenarle el ojo a millones de cinéfilos poco exigentes en todo el mundo para disfrutar el gran estreno de temporada.

La película es un tanto chocante no sólo por su exhibición de mal gusto ostentoso e involuntario que quiere pasar por metáfora de una época de excesos y lujos, sino por la continua intromisión de Luhrman con delirios visuales como de un Walt Disney montado en ácido y diciéndole al espectador “¿a poco no soy un genio del cine pop?”. Sin embargo, justo es decirlo, la adaptación es bastante lograda en su parte literaria, muy fiel a la novela y con un acertado fondo musical que samplea el jazz de los roaring twenties con el hip hop a la Jay-Z (una especie de Gatsby negro en la industria de la música).º

Resulta difícil no apasionarse con un escritor como Fitzgerald, una leyenda a la que pareciera que el tiempo se ha encargado de escribir su obra. Fitzgerald representa mucho para mí, hace ya casi veinte años aprendí inglés leyendo The Great Gatsby mientras estudiaba literatura inglesa en Norwalk, Connecticut, en una escuela técnica para estudiantes de bajos ingresos y rendimiento académico entre los que había cientos de indocumentados como yo. La novela me permitió un entendimiento lúdico de mi realidad como despachador de gasolinera en un suburbio para millonarios de la costa este de Estados Unidos. Fitzgerald: genio malogrado, dipsómano y casado con Zelda, una especie de musa perversa y descocada  que en sí misma es digna de una novela. Gatsby fue el alter ego de un escritor cuyo poderoso encanto a través de los tiempos se debe a su entereza de héroe trágico decidido a triunfar y estar a la altura del gran sueño americano.

El escritor F. Scott Fitzgerald

El escritor F. Scott Fitzgerald.

El gran Gatsby es la obra maestra de quien se identificó con su vida al grado de convertirla en tema de su obra: el hombre de genio arruinado por una mujer egoísta y trepadora (Zelda-Daisy: atractivas, temerarias, exhibicionistas y dipsómanas), el héroe que busca la destrucción con apenas esbozos de conciencia masoquista que ocultan sus ideales (Fitzgerald-Gatsby). Daisy es la proyección literaria de Zelda, completamente opuesta a él, un puritano en cuestiones sexuales. Por cierto, una de las aseveraciones de Daisy hablando de su pequeña hija, parece dirigida a las abundantes divas de las publicaciones amarillistas y de sociales: “Espero que sea tonta, lo mejor en este mundo para una chica es ser guapa y tonta.”

De hecho en la película de Luhrman el narrador de la historia, Nick Carraway, comienza a escribir el relato como terapia en un hospital psiquiátrico donde está internado debido a su dipsomanía. Lo que parece un atrevimiento moralino del director, en realidad es un guiño a la vida de Fitzgerald, pues Zelda murió durante el incendio en el hospital psiquiátrico donde estaba internada. Es curioso que la primer crisis nerviosa de Zelda coincida con el año del crack (financiero, no el derivado de la cocaína) en 1929. Así mismo inicia la caída de Fitzgerald luego de algunos años de esplendor literario y económico que sólo el tiempo, en lo primero, le ha podido regresar con justicia.

El gran Gatsby publicada por primera vez en 1925, exaltaría la despilfarradora “era del jazz” en Estados Unidos. Ninguna otra novela refleja tan bien el espíritu de esa época tendiendo un nexo con la actual, donde los ricos le dan la espalda a lo que ocurre afuera de las bardas de sus mansiones. Quizá lo más valioso de toda la obra de Fitzgerald es hacer del fracaso un escenario, un drama multicolor digno de una pasarela de teatro donde las ilusiones e ideales son un continuo combate perdido contra las convenciones y la hipocresía.

Gatsby es un ángel caído al igual que Fitzgerald, quizá el primer escritor convertido en celebridad de alfombra roja, es el cronista más conspicuo de su época y el primer escritor que reconoció la influencia decisiva de Ring Lardner en su obra. Es conocida la admiración de John Doss Passos y Hemingway sobre el gran cronista de la Prohibición. Dipsómanos los cuatro, Lardner fue el mentor que necesitaban para darle algo de humor e ironía a su obra en una época que disfrutaron enormemente pero que sabían efímera. Gracias a la influencia de Lardner, Fitz tenía frases acordes con su estilo de vida: “Muy pocas cosas resisten el análisis de las tres de la mañana”.

De todos ellos, Fitzgerald fue quien mejor asimiló para su obra la frivolidad y la amargura escondida en una época de deriva existencial. La publicidad, el culto a la personalidad, la farándula y los deportes como industrias multimillonarias surgieron en la misma década en que Fitzgerald y su obra se volvieran célebres. Hemingway envidiaba el encanto y talento de Fitz y pese a que fueron amigos durante muchos años, el autor de El viejo y el mar no perdió ocasión de denostarlo.

Si El gran Gatsby es una lectura que dialoga con el presente y puede llevarse al cine sin ningún riesgo de fracaso comercial, es porque tanto el autor como su personaje son contemporáneos del aislamiento individual, del enajenamiento por lo nuevo y el lujo superficial, representan la apuesta colectiva por la incomunicación y el hedonismo trágico a la manera de cualquier contrabandista, pero sin el glamour de Gatsby, quien hasta el día de hoy representa el viaje vertiginoso hacia la nada que conduce a una sociedad hacia el aislamiento, la culpa y la barbarie.

Pero bueno, Fitzgerald seguirá teniendo lectores además de todo, por su actitud ante la vida que invita a beber y vivir intensamente, de hacer de la estulticia, la traición y la zafiedad más llevaderas y divertidas si se tiene un buen trago a la mano en compañía de los verdaderos amigos. Antes de él, escribir y leer no había sido un oficio tan delicioso y tan melancólicamente solitario.

 

 

> J. M. Servín (Ciudad de México, 1962) es narrador, periodista y editor de publicaciones periféricas. Entre sus obras destacan las novelas Cuartos para gente sola, Por amor al dólar, Al final del vacío y DF Confidencial, crónicas de delincuentes, vagos y demás gente sin futuro. Su más reciente libro es Del duro oficio de vivir, beber y escribir desde el caos.

 

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