El fantasma bondadoso

Por Raúl Olvera Mijares

 

Ya desde el título en francés Dans l’ombre il y a (2015), filme de Nathan Nicholovitch, se produce un misterio, una expectativa, una pregunta: Il y a quoi? “En la sombra hay…”, se insertan los ociosos puntos suspensivos, algo démodés, cada vez menos en boga, en el caso del título de una obra, para indicar que no se conoce lo que está detrás, lo que hay ahí o se halla en lo obscuro. Este segundo largometraje, tras Casa nostra (2012), cinta en blanco y negro sobre tres hermanos que pasan por Lyon, Marsella y Roma, en un reencuentro en busca de sus padres, sus orígenes (casa nostra, cosa nostra, lo atemporal de la película relaciona todos los tiempos y todos los temas en Italia), este trabajo contaba ya con la participación de Clo Mercier, estrecha colaboradora y quizá algo más del realizador. Tuve ocasión de conocerlos en persona a ambos, al salir de la première de su última cinta, en el marco del Rio Festival de Gênero & Sexualidade no Cinema en Rio de Janeiro, llevado a cabo durante julio de 2016. Único filme del festival que en mi rápido paso por Rio tuve oportunidad de ver. En un antiguo cine teatro, por fortuna aún en funciones, en el centro de la ciudad, que incluso debe ser el que da nombre a esa zona y la plaza comercial, conocida como Cinelândia, precisamente el Odeon, sito en Praça Floriano 7, la misma plaza que del otro lado encuadra el Teatro Municipal (la ópera), Bellas Artes (museo de pintura y escultura) y la Biblioteca Nacional, un lugar plagado de ecos de dom Pedro II de Bragança y el sueño del Brasil decimonónico, vago reflejo de las cortes europeas.

Algo confuso por el supuesto título original de la cinta en inglés, Where There is Shade, habiendo hojeado de prisa sinopsis de varias películas en la taquilla, pensé que se trataba de un filme anglosajón. El título de la cinta me sacó del engaño, Dans l’ombre il y a (Nathan Nicholovitch, 2015), pude leer con claridad. La primera imagen es la del Sudeste asiático, una ciudad principal aunque muy decadente y primitiva. Pienso en Vietnam, Tailandia, Indochina, Conchinchina, Kampuchea, Camboya. Esas antiguas colonias en Asia, principalmente en manos de los franceses, que tantos problemas y codicia despertaran, sobre todo entre los dos grandes bloques de poder, los Estados Unidos por un lado, los mayores culpables, y la antigua URSS, China y más tarde el Vietnam comunista, por otro lado. En el apoyo a los Jermeres rojos (Khmers rouges en francés), un grupo camboyano radical de inspiración maoísta, las simpatías de los socialistas se fueron dividiendo, no siempre la URSS y Vietnam soslayaron las atrocidades cometidas como se vio forzada a hacerlo, casi hasta el final, China. La cámara enfoca un cuerpo en posición sedente con las piernas abiertas y una cabeza rubia, casi a rape enfrente de él, que se mueve acompasadamente. Se trata de una furtiva felación que un travesti blanco y delgado, osudo pero musculoso, le está practicando a un diminuto oriental, extraña ironía. Claro, el nombre del festival lo decía todo. Me dispuse para confrontarme con escenas crudas de ese jaez, con la ramplonería y carácter repetitivo que le son casi connaturales. El travesti francés de nombre Mirinda (que pronunciado a la francesa suena más como Miranda), personaje a cargo del sorprendente actor David D’Ingéo, premio en el Geneva International Film Festival Tous Écrans, como más tarde habría de enterarme, además de Cannes y otros foros internacionales. David D’Ingéo, junto con Nathan Nicholovitch y Clo Mercier, trabajaron sobre el guión. Es un filme hecho a la medida para este peculiar intérprete. Su personaje sufre una transmutación, casi una transubstanciación, no es una hipérbole usar este término. Donde menos se espera la pureza y la bondad más acendradas, en el ser en apariencia más abyecto y despreciable, ahí justamente se hallan. La crítica ha destacado la inspiración del inmortal filme Gloria (1980) de John Cassavetes, con Gena Rowlands como protagonista gangsteril y ángel protector de un niño de color.

 

De l'ombre il y a

 

Mirinda sobrevive vendiéndose, y a veces prodigándose por puro amor al arte, como hace con Viri (Viri Sen Summang), un esbelto camboyano casi siempre ebrio que tiene tratos con el bajo mundo de la droga (Mirinda es heroinómana) y, por supuesto, la prostitución en todos sus variados ramos. Un día, al llegar de sus duras y entretenidas faenas, Mirinda encuentra el cuartucho donde vive, más bien una pocilga, por lo reducido del espacio y el desorden, eso sin hablar de las endebles paredes, atestado de menores. Sin muchos miramientos los echa fuera. Uno de los infantes es una nena de unos cinco o seis años, Panna (Panna Nat), quien se rezaga por ahí en un rincón y logra pasar la noche desapercibida. A la mañana siguiente, Mirinda recibe la trágica noticia de que debe trasladarse al anfiteatro a identificar el cuerpo de Viri, éste es el precio que raras veces llegan a pagar quienes comercian con niños. La compungida amante, con todo cuidado, dobla una tela para amortajar el cadáver. Mirinda paga el austero servicio fúnebre, la cremación y esparce las cenizas en el río. Phnom Penh es el nombre de la ciudad. A pesar del empeño de Mirinda por alejar a Panna, ella aguanta todas las vejaciones y siempre vuelve. Sólo muy a regañadientes, el travesti parece aceptar este nuevo papel de madre-padre.

Ciertas alusiones surgen en torno del legendario Pol Pot, a quien todos creen muerto, al menos ésa es la versión oficial, pero está vivo, ya muy anciano, es el padre de uno de los muchos clientes de Mirinda. La sordidez de los Khmers rouges, sus crímenes de guerra, la limpieza racial y étnica a la que sometieron a buena parte de la población con el genocidio de millones de víctimas (entre mestizos, vietnamitas, camboyanos oposicionistas) se confunde con una poderosa red de prostitución infantil, tras cuya pista anda la periodista investigadora Judith (Clo Mercier). Panna, entrenada ya en las sutiles técnicas de la satisfacción a los adultos, busca llevar un poco de dinero extra a la casa. Mirinda no quiere que se siga prostituyendo y la reprende con dureza. En cierta ocasión, cuando está a punto de echarla, la niña, tras haber prestado un furtivo servicio a un mayor, se encierra en el baño y se corta con un pedazo de vidrio entre sus partes pudendas. Hasta el hospital va a dar. Entonces Mirinda, conmovida, decide irla a entregar con sus padres a su aldea de nacimiento, cerca de la frontera vietnamita. Hacen el viaje en moto. Antes de llegar a la casa, la niña le entrega todo el dinero que ha ganado, a fin de recompensarla por sus desvelos. La madre los recibe bien pero el padre es un truhan y un borracho. En la noche llegan todos golpeados, Panna y un hermanillo suyo menor. De nuevo se vieron obligados a emprender la fuga de casa. Es obvio que el padre, además de maltratarlos, era el mismo que los vendía a terceros, para que éstos a su vez trafiquen con ellos.

Es muy difícil juzgar todas estas situaciones límite que se confunden con las duras condiciones impuestas por la guerra, las costumbres tradicionales de los orientales, particularmente en el hinduismo, que admitía las bodas con infantes. La explotación inmisericorde de que han sido objeto esos países vistos como débiles e insignificantes por parte de las superpotencias. Mirinda, en un gesto verdaderamente sublime, decide marcharse de un país en el que ha encontrado suerte de dicha pasajera que es posible para ella, naturalmente sin dar parte a las autoridades, y llevarse de contrabando a los niños. Abordan una primitiva barcaza, como la mayor parte de los inmigrantes ilegales que se dirigen a Europa. Quizá se dirige de vuelta a Francia y anhela, sobre todo para ellos, un futuro mejor. Al final la voz que guardaba riguroso voto de silencio de Panna (el trauma tiene un precio), se oye en off recitar un poema narración que habla de la historia de una niña, su hermano y un fantasma bondadoso, también su padre, que los salva. En este clímax de poesía sin par concluye el filme, una obra que logra la difícil kátharsis del espectador, la purificación anímica, el destino de Panna y muchos otros inocentes es el destino de un héroe trágico. La escena de la automutilación da una idea somera acerca de las secuelas psicológicas que provoca esta práctica nefanda en las criaturas, que se culpan a sí mismas, a pesar de haber sido víctimas. La prostitución infantil se persigue de oficio en todo el Sudeste asiático. La policía y el régimen, especialmente en los países más pobres, no tienen la fuerza suficiente o la integridad requerida para llevar a cabo esa labor de vigilancia y auxilio de una manera eficaz. Es un cáncer social más extendido, que no sólo es común en Asia, sino en todos lados. Huelga decir que, además de no entrar en esas redes inmundas, hace falta emprender algo en concreto para desintegrarlas. Lo que cada quien pueda hacer. Pero decir ya no.

 

 

 

>Raúl Olvera Mijares (Saltillo, 1968) cursó estudios de filosofía en Monterrey y Liechtenstein. Autor de novelas, ensayos y textos breves. Ha publicado en La Jornada Semanal, La Tempestad, Tierra Adentro, Milenio, Cuadrivio, Axiomathes de la Universidad de Trento, Anuario Filosófico de la Universidad de Navarra, La Siega de la Universidad de Barcelona, Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana, La Palabra y el Hombre de la Universidad Veracruzana, Luvina de la Universidad de Guadalajara, Armas y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Puntos cardinales (Instituto Coahuilense de Cultura, 2003), Dramaturgia de Monterrey (Universidad de Durango, 2007) y Las influencias expuestas (Calygramma, 2013) se cuentan entre sus libros. En la actualidad se encuentra al frente de Lingua Franca, agencia de servicios lingüísticos y editoriales, especializada en la traducción de alemán, inglés, francés, italiano, polaco y portugués, así como la edición y revisión de textos en castellano.

Autor: administrador

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