El diletante

 

 

El paraíso del metal

Por Daniel Espartaco Sánchez

 

Los años noventa fueron una época nada fácil para los muchachos de la clase trabajadora que intentábamos escuchar rock. Un disco compacto podía costarte más de la mitad del sueldo de una semana, si trabajabas, como yo, como acomodador de cine y más tarde como empleado de un laboratorio fotográfico, el empleo peor pagado de la ciudad. Por fortuna en la avenida Niños Héroes (estoy hablando de la ciudad de Chihuahua) había un local en cuya negra fachada alguien había pintado un enorme signo de radioactivo de color amarillo. Ahí se vendían camisetas de banda metaleras, había dos mostradores llenos de memorabilia, parches, adhesivos, pins, y podías llevar un casete en blanco y pagar una cantidad accesible para que te grabaran cualquiera de los discos del grueso catalogo de la tienda.

Mi relación con los metaleros siempre fue de respeto. Eran tipos delgados, de cabello largo, altos, de una edad indefinida entre los 20 y 35 años. Formaban parte de una cofradía en la que era necesario siempre escepticismo y entusiasmo: escepticismo hacia todos los que no pertenecían a la cofradía, y entusiasmo para mantener ese escepticismo. Frente al catálogo de los discos compactos había una chica metalera con piercings y sombras en los ojos, y una actitud que entonces me parecía agresiva.

—¿Puedo ver el catálogo?

Busqué en el libro sagrado algo que pudiera reconocer entre tantos títulos apócrifos y la gran variedad de bandas con nombres que involucraban violencia, cadáveres supurantes y sexo anal… posiblemente con cadáveres supurantes. La chica era pequeña y un poco rellenita, llevaba una camiseta que decía Eaten back to life; el cabello quebrado e imposible de peinar caía sobre sus hombros.

—¿Qué vas a querer? —me preguntó.

Yo tenía un bulto en mi pantalón: una casete virgen de mala calidad, fabricación nacional, comprado en el supermercado.

—Este —dije, poniendo mi dedo sobre una hoja del catálogo, salida de una impresora de puntos.

—¿Simon and Garfunkel? —dijo la muchacha—, niño, necesitas que alguien te oriente.

Metallica, la materia que Daniel se vió obligado a aprender. En la imagen, Hammet en la última visita del grupo a México. Foto: Tanya Guerrero.

Metallica, la materia que Daniel se vio obligado a aprender. En la imagen, Hammet en la última visita del grupo a México. Foto: Especial.

Sí, necesitaba orientación en muchas cosas, es la edad en la que uno necesita un guía espiritual, y qué mejor si es una muchacha de largos cabellos quebrados en donde pueden anidar las golondrinas. La verdadera pregunta, hoy, casi dos décadas después, es: ¿qué hacía Simon and Garfunkel en el catálogo?

—Necesitas empezar con algo básico —dijo ella, reflexionando, como si hubiera un preescolar del metal—. Ride the Lightning, Metallica.

La muchacha apuntó en la libreta el nombre del disco. ¿Comenzaba a ver un atisbo de aceptación a pesar del tropiezo con Simon and Garfunkel? Quitó el celofán al casete y frunció el entrecejo:

—Para la próxima necesitas un casete de cromo —me dijo—, así se escucha mejor.

Colocó la tarjeta con el nombre del disco y mi nombre dentro del casete. Cortó la hoja de la libreta y me la dio: era mi recibo.

—Vuelve en una semana —me dijo.

Cuando recibí el casete tuve que fingir que Ride the Lightning me había gustado y, peor aún, escucharlo muchas veces y aprenderme de memoria las letras de las canciones. Al día de hoy, todavía me gustan algunas canciones de Simon and Garfunkel, pero ninguna de Metallica. Ella no estaría orgullosa de mí.

—¿Y ahora qué, sensei? —le dije otro día, cuando regresé con un casete de cromo en el bolsillo del pantalón.

—Más Metallica —dijo ella—. Sigues en la unidad 1. Pero el álbum negro no, es muy comercial.

Tenía que invitarla a salir antes de tener que escuchar la discografía completa de los dioses del metal. También había ahí, detrás del mostrador, un tipo que la tocaba con demasiada insistencia, era casi rubio, y ella le sonreía, además. Llevaba pantalones de mezclilla y una camisa negra con la mascota de Iron Maiden: Eddie. Entre tanto cadáver supurante pronto descubrí que Eddie era un ser entrañable.

Kill´em all y Master of Puppets, aún no estás listo para And Justice for All —opinó él, viendo mi casete—, te cabe uno en cada lado, pero sólo te vamos a cobrar uno.

Shhhhhhhhhhit”, pensé. Yo pertenecía a la generación que comenzaba a pensar con malas palabras en inglés.

—¿Sabes qué? —le dijo el tipo a la muchacha, yo era el alumno de ella y no quería entrometerse demasiado en mi educación metalera—, tal vez debe de empezar con lo clásico —era un clasicista, un purista, podía verse—, algo como Iron Maiden.

Iron Maiden en vivo. En la escenografía, la infaltable imagen de Eddie. Foto: ironmaiden.com

Iron Maiden en vivo. En la escenografía, la infaltable imagen de Eddie. Foto: ironmaiden.com

La muchacha era más joven, tenía menos tatuajes y tuvo que ceder mi tutoría a su compañero. Aún hoy me sigue gustando Iron Maiden, aunque no conozco su discografía completa, ni me interesa. Mi pecado es que siempre voy a ser un diletante, incapaz de profundizar en nada, ni siquiera en la discografía de una banda.

Un muchacho confundido, también de mi edad, entró a la tienda y preguntó:

—¿Tiene playeras de Nirvana?

El metalero y la muchacha se miraron, había tristeza en sus ojos. El mundo estaba cambiando y ellos no podían hacer nada al respecto, entregados a un culto condenado a desparecer. Eran Adan y Eva en un paraíso metalero condenado a la destrucción por los bulldozers del grunge garage. ¿En dónde había quedado el arte?

—No —contestó ella, fastidiada.

—¿Pearl Jam? —preguntó el muchacho confundido.

El metalero con la camiseta de Eddie negó con la cabeza. ¿Para qué gastar saliva con esa gentuza?

—Ah, ok —dijo el muchacho—, pensé que aquí eran rockeros…

En la pared, junto a él, estaban colgadas todas esas playeras llenas de cuerpos putrefactos: Anthrax, Megadeath, el amigable Eddie. El muchacho las examinó con detenimiento.

—¿Nine Inch Nails?

—No nos hagas perder el tiempo —dijo ella—: puto maricón.

El metalero puso la mano en el hombro de ella como diciendo: “cálmate”. Un metalero tiene que poner la otra mejilla algunas veces. Ser metalero era como ser amish.

—Chinguen a su madre —dijo el muchacho confundido, hizo la señal respectiva con el dedo corazón y salió corriendo.

Después de que yo me fui de Chihuahua la tienda siguió existiendo; por supuesto, la pintura negra se volvió un poco más descolorida y cada que paso por ahí me pregunto qué habrá sido la chica metalera. ¿Se habrá casado con un metalero? ¿Tendrá hijos metaleros? Hace poco, en el cumpleaños de una amiga, en la Antigua Paz (una de las cantinas más tradicionales de Chihuahua), me encontré con un amigo y éste me platicó que poco después de que yo fuera un cliente regular de aquella tienda, había comprado ahí Bleach de Nirvana, la edición de Sub Pop (es posiblemente el disco que más me gusta de Nirvana). Un final triste para esta historia, el paraíso del metal tuvo que sucumbir a los bulldozers del garage.

 

Daniel Espartaco Sánchez (Chihuahua, 1977) es autor de los libros de relatos El error del milenio (2006), Cosmonauta (2011) y Gasolina (2012). Becario del Centro Mexicano de Escritores y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, entre otros premios literarios ha ganado el Gilberto Owen de cuento, en 2005, y el Agustín Yañez, en 2009. Su novela debut Autos Usados (2012) fue considerada por la revista Nexos como una de las mejores del año. Su libro más reciente se llama Bisontes. Síguelo en @Despartacos

 

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