El diletante

 

 

35 años

 

Por Daniel Espartaco Sánchez

 

No me gusta el rock en español. Y una de las cosas que más lamento de vivir en la ciudad de México es que no importa a qué lugar barato vayas a tomarte unas cervezas, tarde o temprano terminarás escuchando a Caifanes, a Maná o a Café Tacuba. Para mí son lo mismo. No importa la edad de los clientes del lugar, pueden tener cuarenta, treinta, veinte o ser adolescentes, en la ciudad de México el rock en español se quedó estancado como agua sucia en una coladera tapada con envases de plástico. Hace poco perdí como 10 seguidores en twitter tan sólo porque dije que Café Tacuba era Maná con lentes de pasta.

Sin embargo, tengo que reconocerlo, como todo muchacho confundido que se precie de serlo, alguna vez me gustó Café Tacuba e incluso una vez los vi gratis en un concierto, cuando todavía no eran tan famosos y se presentaron en el Teatro del Pueblo de la Feria de Santa Rita de Chihuahua.

Como el sistema de transporte colectivo en Chihuahua nunca fue una opción confiable y yo vivía al otro lado de la ciudad, le pedí a mi madre que me dieran un aventón en el auto. Con lo que yo no contaba era que mi madre y yo no sólo compartíamos una casa, sino también los gustos musicales, aún hoy me apena decirlo. A sus 35 años, mi madre me parecía, por supuesto, la mayor parte del tiempo, una anciana, pero el asunto es que a ella había comenzado a gustarle también Café Tacuba. Por eso, cuando me preguntó a qué iba a la feria, le dije.

—Los juegos mecánicos.

—¿Solo?

Sí, solo, a mi novia no le gustaba Café Tacuba (alguien más sabio que yo) y no pude convencerla de que me acompañara.

—¿No quieres que vaya contigo?

—No, no te preocupes. Seguro tienes algo que hacer.

Luego me contó que había leído en el periódico que iba a estar Café Tacuba en el Teatro del Pueblo.

—¿En serio? No lo sabía —le dije.

—¿Vamos?

Es una verdad universalmente reconocida que un adolescente en posesión de sus facultades mentales debe sentirse avergonzado de su madre, pero, ¿qué podía hacer? Desde que se divorció de mi padre ella y yo estábamos muy unidos, aunque peleáramos la mitad del tiempo.

La banda de Satélite. Foto tomada de Facebook Café Tacvba Oficial.

La banda de Satélite. Foto tomada de Facebook Café Tacvba Oficial.

Estacionamos el auto en el amplio terreno que eran los estacionamientos de la feria, construidos sobre el dorso de una loma cuyas faldas habían sido demolidas para que pasara por ahí la avenida Pacheco, y caminamos los metros que nos separaban de la entrada bajo el poco amigable sol de mayo. En la primera sección estaban los juegos mecánicos, las galerías de tiro, la casa de los espejos y de los espantos. Rumbo al oriente estaban los puestos de comida sureña, la cual no se acostumbraba comer en la ciudad, salvo durante la feria: quesadillas, sopes, huaraches y tortas ahogadas. En esa parte olía de manera insistente a aceite vegetal reutilizado una y otra vez, cebolla, picante y maíz frito. Caminamos rumbo al poniente y luego al sur, al Teatro del Pueblo: un escenario al aire libre rodeado de gradas de concreto.

Me encontré a Luisa, una chica de mi edad. Sus padres eran muy abiertos (estamos hablando de Chihuahua) y por eso la dejaban tener un piercing en la nariz. Tenía el cabello castaño y lacio, usaba jeans, botas de trabajo y una camisa de franela holgada. Me gustaba porque era rockera, no como mi novia. Los de Café Tacuba ya habían comenzado a afinar sus instrumentos, eran simples mortales.

—¿A poco vienes con tu hermana? —preguntó Luisa.

Miré a mi madre. Sí, tal vez no parecía tan anciana, vestida con jeans y una playera de color  magenta tornasolada.

—Sí —dije.

—Tu hermana es cool.

Ésta era una palabra que acababa de ponerse de moda entre mis amigos, gracias a MTV Latino. Éramos la generación MTV Latino.

—Yeah —dije.

—Voy a estar allá con Pepo y el Mojas.

La primera canción comenzó a sonar. Luisa se alejó y me dejó solo con mi madre, quiero decir, mi nueva hermana mayor, la cual, para colmo de males, ya estaba bailando sola, rodeada de adolescentes, de una manera totalmente ridícula, como lo hacían en sus tiempos.

Shhhhhhhhhhit”, pensé.

—Madre… —dije—, ¿te molesta si voy allá con Luisa?

—No, ve, diviértete —dijo, sin mirarme, la atención puesta en el escenario.

Pepo era mayor dos años que yo, usaba el cabello largo y suelto, y yo algún día lo llevaría así. Los padres del Mojas no eran abiertos, como los de Luisa,  por eso vestía como estudiante de derecho recién llegado del pueblo, y usaba el cabello cortado a cepillo.

—¿Esa es tu hermana? —preguntó Pepo,

—Preséntamela —dijo el Mojas.

Mojas, se bueno —dije.

Café Tacuba apenas tenía un disco en su haber y nosotros nos sabíamos todas las canciones, el concierto no debió durar mucho. Me gustaba estar ahí, tan cerca de Luisa, y procuré no voltear al lugar donde mi madre debía estar bailando sola: en parte porque me sentía culpable, en parte para no sentirme avergonzado. La música fue subiendo en intensidad. Junto al escenario la gente comenzó a hacer slam. En algún lugar alguien encendió un cigarro de marihuana. Luisa me tocaba con insistencia y yo la tocaba a ella: golpecitos infantiles en el hombro. Finalmente la abracé, y también a Pepo (al Mojas no), y cantamos a todo pulmón una de las canciones.

—Oye, qué cool es tu hermana —gritó Luisa en mi oído—, me hubiera gustado tener una hermana así.

Giré la cabeza para buscar a mi madre-hermana. Había encontrado a unos amigos de su edad, entre ellos un tipo de coleta y dos mujeres mucho menos conservadas que ella; y bailaba, se le habían subido los colores al rostro, sonreía, aún más rejuvenecida; su blusa brillaba como deben brillar las banderas en el campo de batalla con los últimos rayos de sol. Fue entonces cuando me di cuenta de que todavía era una muchacha, mi madre. Tenía la misma edad que yo tengo al escribir esto: 35 años.

 

Daniel Espartaco Sánchez (Chihuahua, 1977) es autor de los libros de relatos El error del milenio (2006), Cosmonauta (2011) y Gasolina (2012). Becario del Centro Mexicano de Escritores y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, entre otros premios literarios ha ganado el Gilberto Owen de cuento, en 2005, y el Agustín Yañez, en 2009. Su novela debut Autos Usados (2012) fue considerada por la revista Nexos como una de las mejores del año. Su libro más reciente se llama Bisontes. Síguelo en @Despartacos