Donald Trump o el triunfo de la trampa

Por Marco Velázquez

 

 

I

Sin poder salir del estupor ocasionado por el espectáculo circense de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, la opinión publica internacional observa como resultó electo  un kamikase de la política en una contienda más parecida a un capítulo de la popular serie South Park que al ejercicio cívico-democrático de “la mayor potencia del mundo”. Los medios de comunicación masiva estadounidense y sus replicantes en todos los rincones del mundo, quienes forman parte del patético espectáculo, no dejan de repetir: “han fallado los pronósticos”, “la democracia está en riesgo”, “América prevalecerá…”; omitiendo que la democracia ha estado ausente en los Estados Unidos desde hace mucho tiempo, casi desde el mismo momento en el cual su clase dirigente dejó de pensar en un proyecto nacional en común para sus ciudadanos y encauso sus esfuerzo para desarrollar una estrategia de dominio imperial en todo el mundo.

Viejas historias, nuevos personajes, lo chocante de la “sorprendente” elección del neófito en política, y un poco por eso impresentable, Donald Trump sobre la “experimentada” ex secretaria de Estado, ex primera dama y probada guerrerista Hillary Clinton tiene más que ver con sus ataques al establishment, al cual le debe su holgada fortuna, y a decir en voz alta aquello que las élites sólo dicen tras las bambalinas del poder: que los Estados Unidos es gobernado por un consejo de inversionistas que despachan desde Wall Street y lo manejan desde los medios de comunicación masiva, que a sus representantes no les importa el futuro de sus ciudadanos más desprotegidos, que tienen una agenda bélica para beneficiar sus intereses y la llevan a cabo con los dineros públicos, que el endeudamiento publico y privado es una estrategia bien pensada para secuestrar el bien común y la voluntad individual. Argumentos que Bernie Sanders manejaba  desde una posición progresista, la cual fue saboteada por la cúpula del Partido Demócrata y sus intereses afines, pues les preocupó más frenar el empuje de una candidatura ganadora que el hipotético escenario de perder frente a un payaso. Las consecuencias están a la vista.

La mayor preocupación de los medios de comunicación masiva de Estados Unidos no es que Donald Trump sea racista, sexista, belicoso y visibilice un proyecto de país que en su ADN político tiene la convicción de estar llamado a dominar al mundo, pues eso de por sí es lo que siempre ha caracterizado en sus más profundas aspiraciones a la nación que “en Dios confía”. La preocupación de los intereses fácticos en los Estados Unidos no es que la mayoría de su población sea ignorante, belicosa y conservadora, sino que lo sea fuera de su dominio y sin respetar la agenda que ellos, secretamente, han pactado e implementan en todo el mundo. Expertos en construir escenarios falsos, en propagar mentiras, crearon un monstruo que los está devorando por dentro y hoy amenaza con hacer caer ese castillo de naipes, “tigre de papel” lo había llamado Mao Tse Tung, representado en el proyecto milenarista de dominación mundial elaborado, entre otros, por Samuel Huntington, George Soros y Henry Kissinger. Cómo escribió Ignacio Ramonet hace unos de días: “un mundo se derrumba, y da vértigo”.

II

En el libro Las uvas de la ira (The grapes of wrath), aparecido en 1939, Jonh Steinbeck describe una situación crítica en la historia reciente de los estadounidenses, un momento de crisis que obligó a miles de campesinos desahuciados por el Crack del 29 a emigrar a las viñas, huertos y plantaciones de California, donde se necesitaba mano de obra barata para hacer “Grande a América”. Tiempo de enormes migraciones, los habitantes de aquella “América” profunda, migrante ella misma desde sus inicios, atestiguaron un verdadero éxodo dentro del territorio norteamericano; pasaje casi bíblico que hizo rememorar al estadounidense común aquel primer momento de promesas y oportunidades cifrado en la sangrienta “Conquista del Salvaje Oeste”. Esa es la “América” a la cual Donald Trump le habla, a una que es reflejo de las crisis, la de 2008 muy fresca en la memoria de los estadounidenses defraudados por las grandes aseguradoras inmobiliarias ligadas a Wall Street.

Ese mismo año, John Fante publicaría otro memorable libro: Pregúntale al polvo (Ask the dust),  en el cual hace patente la miserable situación de los marginados de aquella época. En una visión autobiográfica Fante se narra como un subalterno inadaptado (posiblemente por eso el apellido de su alter ego, Bandini), y nos permite otra aproximación para desentrañar el nudo gordiano con el cual se ata hoy nuestro presente. Donald Trump, sin conocer puntualmente estas historias, aunque es posible que las haya escuchado en algunas conversaciones por provenir de una familia  migrante, se erigió en representante de esa “América” profunda y desató un cisma en la sociedad estadounidense basado en la demagogia. Nada nuevo en el horizonte, por ser la demagogia el vehículo histórico de los tiranos, ahí donde, nuevamente, los medios de comunicación masiva  llevan décadas recetando esa medicina a todo el mundo.

Con este breve ejercicio de memoria literaria pretendo entender y explicar, sin justificar, la base social que sostuvo, ante viento y marea, y convirtió en presidente electo a Donald Trump hace unos días. Uno de los grandes problemas del “análisis crítico” es su propensión a refugiarse en sus propios sofismas, “tendencias” y “sondeos” en la nomenclatura mediática, para tratar de explicarse, ensimismada, las dimensiones de un problema históricamente dialéctico. Es urgente entender a los otros, despectivamente catalogados como rednecks, a los cuales el establishment estadounidense les negó propiedad, antes de que lleguen a convertirse en Frankenstein sociales.

En el recuento de los daños, una parte del análisis de izquierda sale debiendo, sobre todo porque le sigue prestando demasiada atención a los medios de comunicación masiva voceros de intereses ligados al sistema, como el New York Times, Washington Post, Financial Times y El País, por citar sólo algunos ejemplos escritos ahí donde abundan los televisivos, los cuales intentaron imponerle al electorado estadounidense y a la opinión pública internacional a su candidata predilecta, como si con la llegada de Hillary Clinton a la presidencia de los Estados Unidos se lograra la Panacea democrática, obviando la agenda bélica implementada en Oriente Medio por ella cuando se desempeñaba como Secretaria de Estado.

III

Hace unos meses escribía en unos “apuntes del fin del mundo”: “Llamados a participar en una democracia globalmente virtual, hipnótica (“convocados” a optar por el autoritarismo “suave” a la Hillary Clinton o el dantesco neofacismo de Donald Trump), somos sentenciados a convertirnos en víctimas propiciatorias del terrorismo, por ser mexicanos, latinos, inmigrantes; “diferentes”. Para quien no se haya dado cuenta, en los apuntes de este fin del mundo, se ha escrito un guión macabro en el cual los muros, los odios y las simulaciones se han impuesto a los discursos históricamente racionales. Enhorabuena, estamos solos, también esta es una oportunidad para ser valientes, por lo menos para escribir nuestros propio epitafio.” (30/07/2016).

Ahora vemos como Donald Trump, erigido en justiciero, le arrebató el descontento a una sociedad cansada, hastiada  de los Realy Shows de si misma, y se manifestó, en ese maestro del espectáculo inquisitivo. Las propuestas del ventrílocuo nacido en Nueva York incendiaron las soledades ignoradas del estadounidense común, haciendo que ese meme pretérito se convirtiera en elector definitivo y representara a la cultura WASP en una contienda caracterizada por los escándalos, las traiciones, delaciones y un largo etcétera que evidenció, como nunca, un sistema electoral arcaico, antidemocrático y falto de los elementos necesarios para dar respuesta a las necesidades de una sociedad multicultural y diversa, como la estadounidense de la actualidad.

Las elecciones del pasado 8 de noviembre hicieron patente la existencia de una sociedad estadounidense profundamente enfrentada. Primero, evidenció la división entre los que creen en el sistema electoral y quienes desconfían de ese proceso, pues las elecciones estadounidenses son unas de las menos representativas (En esta ocasión votó el 56.9% de los electores), y porque el voto popular no define al candidato ganador. Segundo, entre quienes votaron a Donald Trump y quienes lo hicieron por Hillary Clinton, ecuación divisoria expresada en filiación partidocrática de Republicanos y Demócratas, sin que esto represente un contenido ideológico bien definido. Entre estas grandes divisiones, debemos reconocer la existencia de un mundo combativo y antisistémico expresado en organizaciones de bases que se esfuerzan todos los días por cambiar los fundamentos del expansionismo petulante del sistema político estadounidense, e intentan construir un mundo socialmente justo, políticamente responsable y éticamente viable.

También hace algunos días, Noam Chomsky analizaba el escenario de las elecciones en Estados Unidos y comentaba que eran el resultado de “una sociedad ‘quebrada’ por el neoliberalismo”, agregando: “Las personas se sienten aisladas, desamparadas y víctimas de fuerzas más poderosas, a las que no entienden ni pueden influenciar”. Si a lo anterior sumamos el hecho de que una parte de los estadounidenses no podía soportar ver en la presidencia de su país a una mujer -una muy poco presentable, por cierto- después de ser encabezada durante ocho años por un afrodescendiente; y es que al miedo a los dueños de Wall Street se sumaron los viejos prejuicios y creencias de un ciudadanos estadounidense bastante “limitado”, el cual considera, junto con su candidato electo, que “el cambio climático es un invento Chino”, entre otras “joyas” de     la imaginería trumpista de nuestros aciagos días.

Trump

IV

Por último, menciono dos textos, los cuales pueden ayudar a comprender la problemática que se nos presenta con la elección del tóxico Donald Trump. En el primero, Jorge Durand explica el complejo fenómeno de la migración histórica entre estos “Vecinos distantes”, en la clásica descripción de Alan Riding; titulado Clandestinos. Migración México-Estados Unidos en los albores del Siglo XXI, describe la relación en la “frontera más transitada del mundo”, caracterizada por la “historicidad, vecindad y masividad”, lo cual da como resultado el flujo migratorio posiblemente más antiguo y constante en todo el mundo. Fenómeno centenario inaugurado tras perder México la guerra frente a Estados Unidos, ha ido aumentando en tamaño y complejidad hasta alcanzar las proporciones multitudinarias conocidas en la actualidad.

La visión apocalíptica manejada por el candidato republicano y repetida hasta el hartazgo por los medios de comunicación, sin dejar de ser preocupante, no puede producirse tal como la propagaron, pues la deportación masiva de más de diez millones de mexicanos (y otro tanto de latinos sin papeles de residencia legal en el vecino del norte), terminaría por dejar sin la mano de obra barata necesaria para que la industria maquiladora, el campo y el sector de servicios estadounidense mantenga las grandes cuotas de ganancia que en los últimos años han caracterizado al capitalismo neoliberal en aquel país. Tampoco es posible obviar la multimillonaria relación comercial que mantienen los dos país, donde la economía mexicana resulta dependiente de la estadounidense y la estadounidense complementaria para la mexicana.

En segundo lugar, recomiendo la lectura del libro La Guerra del 47 y la resistencia popular a la ocupación, de Gilberto López y Rivas, con el cual se puede dimensionar el tamaño del reto y la catástrofe que ha significado para México tener como vecino a los Estados Unidos. De cuna no tan memorable, la frase “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, sigue representando un diagnóstico de la relación conflictiva que mexicanos y latinos sostenemos con nuestros vecinos más al norte. Gilberto López y Rivas nos hace recordar la enorme deuda que el Estado mexicano tiene con los mexicanos descendientes de quienes sufrieron desprecio, persecución y muerte por defender una causa tan grande y amorfa como lo es la nación mexicana. Sin dejar de representar una oportunidad, en su mayor parte la interacción con los Estados Unidos le ha ocasionado a México perdidas considerables, y una fuga permanente de recursos y materias primas que nuestros país no ha dejado de tributar, primero a la monarquía española y después al imperio estadounidense gracias a que, como nos comenta Bolivar Echeverría, las burguesías latinoamericanas aceptaron su papel anclar frente al gran capital.

Sabemos que “Nación Chicana” ha acumulado agravios, mismos que comparte con millones latinos e inmigrantes de las distintas naciones avecindados en aquel país. Hablar desde ahí, desde la resistencia de lo nacional popular, no desde la nostalgia intrascendente, se presenta como antídoto al discurso tóxico del miedo; la memoria tiene el poder de establecer la diferencia y cambiar ese destino manifiesto impuesto desde el país del norte. Los votantes estadounidenses han hablado, ahora es tiempo de hacernos escuchar y contar nuestra versión de la realidad.

 

Autor: administrador

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