Dmitri Shostakóvich: Genio y drama

Obra de un espíritu profundo y atormentado

 

Por Raúl Olvera Mijares

 

Tarde en general es que llego a la lectura de esta biografía del compositor ruso más prominente durante la segunda mitad del siglo XX ‒la primera mitad permanece, sin duda, bajo la sombra de Prokófiev y Stravinski‒ cuyo título reza Dmitri Shostakóvich. Genio y drama (FCE, 2013) de la autoría del chelista y ex industrial, ingeniero egresado del MIT, Carlos Prieto. Recuerdo que por una visión formalista en la música ‒formalista, en un sentido más bien peyorativo, va ser el calificativo con el que sus numerosos detractores, otros músicos, en connivencia con los miembros del aparato político, van a caracterizar, naturalmente en detrimento, la música de compositores de la talla de Shostakóvich, Prokófiev y Jachaturián, bajo Andréi Zhdánov al frente de la comisión soviética de cultura‒ el nombre de Dmitri Dmitrievich Shostakóvich, no figuraba como los de Olivier Messiaen, Pierre Boulez, Henri Dutilleux, Luigi Nono, Luciano Berio, Krzysztof Penderecki, Witold Lutosławski, György Ligeti, Karlheinz Stockhausen en la lista de los paladines e innovadores, la vanguardia en aquellos momentos. El rechazo que los rusos habían tenido por la Escuela expresionista vienesa (Schönberg, Berg y Webern), además de otros empeños, en particular, los de Ígor Stravinski (visto como disidente y detractor) y Béla Bartók, establecía una fractura en la evolución histórica de la música. El realismo socialista, que tanto impulso cobrara gracias a la figura de Maxim Gorki quien, al parecer, acabaría ultimado por la seguridad del Estado cuando se volvió incómodo, era la única tendencia posible en las artes a ojos de un filisteo y snob como Andréi Zhdánov, digno Goebbels de Stalin, el jefe máximo, un pelafustán que creía que podía especular no sólo acerca de materialismo histórico, sino hasta en materia de idiomas y lingüística. Iósif Stalin era georgiano de nacimiento, una lengua de la familia caucásica, además de dominar el ruso y otras expresiones de sus vecinos. Si la vergüenza de Noam Chomsky, el pseudo representante de la izquierda y el lingüista, además de su papel como oposición oficial, comprada por debajo del agua, es el de únicamente conocer y dominar el estadounidense, de manera deliberada no escribí anglosajón moderno o inglés, la patente limitación de Stalin era carecer de principios, no digamos de lógica formal, cuyo estudio también prohibió, sino ni siquiera de los conceptos fundamentales a los que habría de llegar más tarde un Louis Hjemslev dentro del Círculo lingüístico de Copenhague.

La séptima sinfonía de Shostakóvich, conocida como Leningrado, a causa de la orquestación era ampliamente celebrada. Rimski-Kórsakov y toda su descendencia, directa o indirecta, fueron consumados maestros en los colores orquestales. Cuando Stravinski oyó la primera ópera de Shostakóvich, interpretada en Estados Unidos, Lady Macbeth en el distrito de Mtsensk, dijo que acusaba en demasía la influencia de Músorgski, si bien la primera sinfonía le había agradado. Todos ellos ‒Stravinski, Músorgski y Shostakóvich‒ son deudores de Rimski-Kórsakov. Si mal no recuerdo, esa sinfonía, Leningrado, fue la primera obra de Shostakóvich que me tocó en suerte escuchar en grabación. Pude constatar que no se trataba en efecto de nueva música, en el sentido que no dejaba el sistema diatónico, además de que era demasiado grandilocuente, expansiva, incluso estruendosa. Ese carácter casi celebratorio me dejó claro el sentido negativo que la adherencia al partido, el patriotismo y la exaltación del ideal soviético podían asumir al concretarse en forma de música.


Más tarde, cuando conocí los Spätquartette de Beethoven, en mis tiempos como estudiante de filosofía en el mundo alemán, descubrí tres obras fundamentales, Don Giovanni de Mozart, la Mathäuspassion de Bach y el octavo y el décimo cuarteto de cuerdas de Shostakóvich. Nadie tuvo que aclararme la huella terrible de la guerra que había quedado ahí. Todo el terror, las purgas estalinianas, el exterminio de los judíos a manos de los nazis aunque no nada más, los campos de prisioneros en Siberia y el Gulag, estaban de alguna manera presentes. Más allá de tecnicismos en materia de música, lo desgarrador de los acordes, las armonías, los ataques repentinos (esos staccati y pizzicati) de las cuerdas, eran más que elocuentes. Gracias al libro de Carlos Prieto, he venido a enterarme de ciertos pormenores como aquellos de que la rúbrica musical, Dmitri Shostakóvich (DSCH; re-mi bemol-do-si natural en notación germana) aparece en repetidos momentos a lo largo de la obra. En alemán, Dmitri Schostakowitsch se translitera así: D que corresponde a la inicial del nombre y Sch al primer sonido o letra del apellido. Estas tres obras, Don Giovanni, en particular el acto final de la ópera, la Mathäuspassion y el octavo cuarteto, todas tienen que ver con el sentido trascendente de la muerte. Shostakóvich compuso esta obra a manera de réquiem anticipado, en honda consternación ante el inminente ingreso al partido comunista ruso, requisito indispensable para dirigir la sociedad musical.

Descubrir y haber escuchado con el Emerson String Quartet los 15 cuartetos de cuerdas que Shostakóvich compusiera, además de sus 15 sinfonías, es un recorrido por una de las formas musicales más íntimas y relevantes. Shostakóvich escribió además conciertos para piano, para violín y para chelo (dos para cada instrumento), sin mencionar los tríos para cuerdas y piano, sonatas para varios instrumentos, cantatas sacras y satíricas, ciclos de canciones, música para cine y para teatro (medio centenar de películas, casi todas mudas, se vieron beneficiadas con las partituras de Shostakóvich, quien desempeñaba esta actividad para procurarse medios de subsistencia). A propósito del cine, en su última película Eyes Wide Shut (1999) Stanley Kubrick usa un vals, el número dos, de la Suite de jazz, en la grabación que realizara Riccardo Chailly al frente de la Real Orquesta del Concertgebow de Ámsterdam. Al igual que Aram Jachaturián, su colega compositor y coetáneo, Dmitri Shostakóvich tendrá un afecto y admiración por cierto tipo de jazz, a pesar de que Jrushov detestaba esta música.

El chelista Carlos Prieto

El chelista Carlos Prieto

Los 24 preludios para piano que Shotakóvich compusiera en todos los tonos mayores y menores es un homenaje a Das wohltemperierte Klavier de Johann Sebastian Bach, como el cuarteto octavo, compuesto en Alemania del Este, en ocasión de una visita para conmemorar la obra del inmortal compositor nacido en Eisenach. Shostakóvich tenía el proyecto de componer para el Cuarteto Beethoven una serie de 24 cuartetos de cuerdas, de nuevo en todas las tonalidades. Los últimos cuartetos, hasta el 14, los fue dedicando a la memoria de los miembros fundadores del Cuarteto Beethoven. El décimo quinto cuarteto no lo pudo estrenar este ensamble de cuerdas, debido a la muerte de uno de los miembros. La relación de Shostakóvich con el chelista Mtislav Rostropóvich y su mujer, la soprano Galina Vishnévskaia, fue entrañable y sólida. A ambos le dedicaría varias obras, así como el violinista David Óistraj. Rostropóvich por darle alojamiento al escritor Aleksandr Solzhenitsyn, poco antes de obtener el Nobel, comenzó a perder el favor del régimen, hasta el punto que tuvo que pedir licencia para emigrar a Inglaterra. No le tocó acompañar a Shostakóvich durante sus últimos días, aquejado de una rara enfermedad de naturaleza cardiaca y nerviosa. Dmitri Shostakóvich en su vida práctica tuvo que realizar innumerables concesiones para seguir gozando de libertad, esa libertad que le permitía crear y trabajar. Las obras claramente programáticas y de compromiso van acotadas con ciertas reservas y raseros. No son todas, ninguno de los cuartetos, por ejemplo, aunque sí ciertas de las sinfonías. Shostakóvich no se ciñó al esquema de la nueva música. Sentía una gran admiración por Gustav Mahler y el cromatismo de Richard Wagner. Ese romanticismo tardío de Mahler, Bruckner y Richard Strauss tiene una continuación en el romanticismo progresivo de Shostakóvich que conoció deslices no solamente hacia el cromatismo sino hacia el dodecafonismo y la música serial, al menos, en los últimos cuartetos. Carlos Prieto establece un paralelismo entre los 16 cuartetos de Beethoven y los 15 de Shostakóvich, dividiéndolos en tempranos, medios y tardíos. Los tempranos son el primero. Los medios comprenden del segundo al sexto, mientras los tardíos serían entre el séptimo y el décimo quinto.

Un libro que no sólo es una biografía musical sino un recorrido por la accidentada historia de lo que fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. A Shostakóvich le tocó nacer en tiempos del último zar, Nicolás II, crecer en época de Lenin, padecer a Stalin (primero como dictador, luego el salvador de Rusia en la Segunda guerra), los años algo más llevaderos de Jrushov y el llamado deshielo con Brézhnev. Con admiración y respeto se pasa revista a la historia de la URSS, no sin cierta nostalgia ante la extinción de aquel mundo y tampoco sin soslayar el terreno alto desde donde se atisba esa historia. El socialismo real tuvo todos los defectos que se quiera. El nivel de las artes y de las ciencias, a pesar de las restricciones y cánones prescritos por el aparato estatal, se mantuvo. Hay, en este respecto, una continuidad entre la Rusia de los Románov y la URSS de los comunistas. La etapa del comunismo real jamás se alcanzó pero eso no debe obnubilar el hecho de que el marxismo-leninismo comprendía una visión humanista también. Ese sueño de un futuro mejor para todos y ese entusiasmo de emprender una serie de acciones concretas para lograrlo. En cuanto a los métodos reales, los totalitarismos tienen mucho en común, sin importar que sean de derechas o de izquierdas. En el arte, sin ir más lejos. Así como los nazis, bajo el ministro Goebbels, prohibieron casi toda innovación en las artes (en particular en la música y la pintura pero también las letras), de igual modo los soviéticos exaltaban el ideal del realismo social. Una posibilidad que dio para unas cuantas obras para agotarse sin remedio muy pronto. Unos y otros veían con malos ojos la dodecafonía y la música serial. Mero ruido, enajenante, disturbador y no constructivo.

Dos músicos rusos muy diversos, que vivieron en mundos aparte, Shostakóvich y Rajmáninov jamás abandonarían el viejo sistema diatónico, no por entero al menos. Rajmáninov era un hombre de mundo que mesmerizaba a las multitudes burguesas, con sus dotes de inigualable pianista y, sobre todo, con su propuesta neorromántica, que se cotizaba bastante bien en Norteamérica y Europa occidental. Rajmáninov tocaba incluso en lugares pequeños y sin importancia con el propósito de allegarse los recursos necesarios para sostener el tren de vida bastante costoso al que se había habituado. Shostakóvich vivió una vida austera, modesta, hasta pobre en ciertas épocas. Gozó también del relativo reconocimiento popular. Una de las razones de que Stalin prohibiese Lady Macbeth fue el éxito que tenía la ópera con la gente. Con una propuesta estética como la de Shostakóvich, con todo lo desigual que se antoje, de compromiso en ciertas obras pero en otras, son tantas, donde aflora la auténtica melancolía y desazón ante los tiempos de los que le tocó ser testigo, no deja de admirar y sorprender que su pueblo y su público, en la antigua Unión Soviética, no le hayan vuelto la espalda. Toda una pléyade de compositores más jóvenes habría de abrirse camino, inspirados en su ejemplo, no los últimos, Alfred Schnittke, muerto en Alemania, y Arvo Pärt. Hoy la música de Dmitri Dmitrievich Shostakóvich cobra otra perspectiva. Las obras de hondura sin par quedan ahí con todo ese carácter oscuro, desolador y auténtico. La obra de un espíritu profundo y atormentado, no ajena a los momentos de gracia, ironía y celebración.

Dimitri

 

 

>Raúl Olvera Mijares (Saltillo, 1968) cursó estudios de filosofía en Monterrey y Liechtenstein. Autor de novelas, ensayos y textos breves. Ha publicado en La Jornada Semanal, La Tempestad, Tierra Adentro, Milenio, Cuadrivio, Axiomathes de la Universidad de Trento, Anuario Filosófico de la Universidad de Navarra, La Siega de la Universidad de Barcelona, Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana, La Palabra y el Hombre de la Universidad Veracruzana, Luvina de la Universidad de Guadalajara, Armas y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Puntos cardinales (Instituto Coahuilense de Cultura, 2003), Dramaturgia de Monterrey (Universidad de Durango, 2007) y Las influencias expuestas (Calygramma, 2013) se cuentan entre sus libros. En la actualidad se encuentra al frente de Lingua Franca, agencia de servicios lingüísticos y editoriales, especializada en la traducción de alemán, inglés, francés, italiano, polaco y portugués, así como la edición y revisión de textos en castellano.

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